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oídos que no atienden

El silencio es la superficie sobre la que se escribe esta historia, y en él habita un anciano pescador que no vive muy lejos de las aguas de un río. Cerca, sentado en el suelo, se encuentra el joven extraviado. Y también están el bosque que los envuelve, el fuego que les proporciona calor en la noche y el cielo estrellado en lo alto. Debajo, la tierra húmeda.

—Veo que mis palabras no te sorprenden.

Pero el joven extraviado no habla.

—Todo tiene que terminar —asegura el anciano pescador con tono resignado, mientras señala con la pipa el firmamento—. Incluso esas luces que parecen eternas se apagan tarde o temprano.

Pero el joven extraviado no contesta.

—Tal vez ha llegado el momento de que afrontes la verdad.

Pero el joven extraviado, a quien el anciano acaba de revelar que está muerto, se levanta, se sacude del calzón la hojarasca y la tierra, y se aleja por el sendero que lleva a la cabaña antes de que las explicaciones puedan abrirle los ojos a una verdad que no quiere ver. Aún es pronto y empieza a recordar lo que le supuso la locura y la muerte. Lo hace poco a poco.

El anciano, distraído, sacude la cazoleta antes de llenarla de nuevo, lo que en él precede siempre a una nueva revelación. Por tanto no le oye alejarse. Tose e introduce la mano en el saquito donde guarda el tabaco. Y dice:

—Ha habido un cambio de tiempo. Lo que fue pasado se ha convertido en presente. La muerte no repara en tiempos verbales.

Pero está solo. Nadie le escucha.

El silencio es el lienzo sobre el que se escribe esta historia, y en su superficie se extienden las palabras que pronuncia el anciano. No aparta la vista del cielo e ignora que está a solas. Sigue hablando y contando cosas que nadie atiende. Habla, por ejemplo, de las estrellas y las constelaciones. De su razón de ser. Las enumera, las describe, las fragmenta mediante palabras hasta que toda su luz lejana adquiere la calidez de un millar de soles.

—Puesto que eso es lo que son —dice tras exhalar una nube de humo blanco que se abre como una flor.

Pero nadie escucha sus historias. No existen más allá de él.

No nos alcanzan.

tránsitos

Sueña que sueña que sueña. Es tarde y apenas ha entrado en calor después de que el anciano pescador lo rescatara frente a la puerta del cobertizo. El joven extraviado no da explicaciones, pero el anciano cree entender lo sucedido. No todo, por supuesto. Una parte.

Después del rato que pasa junto al anciano ante el fuego, se tumba a dormir y una lluvia de chispas caída del cielo anuncia la llegada del sueño. Es un sueño dentro del sueño dentro del sueño, como cuando se vio una vez en un espejo, en Otro Lugar, y su reflejo se multiplicó al verse reflejado a su vez en otra superficie cristalina.

Y así su imagen se convirtió en miniatura.

Sueña que sueña. En el sueño se suceden las escenas, episodios de un cuento compartido alrededor del fuego. Reflejo de un arte secuencial, su sueño es un retablo de imágenes yuxtapuestas cuyo orden de lectura no obedece a una única dimensión. No sigue un único sentido. En ese retablo de onírica, lo extraño se convierte en objeto de estudio.

Sueña.

En el sueño. Dentro de él. Visto desde fuera. Por debajo, de través. Situado en un punto ideal, inmóvil, sin que el correr del tiempo, el viento, los huracanes, lo muevan un ápice de su posición. Es espectador y a veces parte.

La ve entre una y otra lluvia de rayos gamma. La contempla mientras se mueve en su prisión de aluminio. Unos brazos la separan de sus escamas, distancia que cubre sobre dos ruedas entre gruñidos y chirridos, entre el eco fantasma de los gemidos que ambos alumbraron a la sombra del amor.

Y el sueño se rompe. Y cuando regresa es de día. En el sueño.

O en la realidad.

saltopyle

El anciano ha encendido la pipa de barro. El aroma del tabaco perdura en el ambiente y alivia el corazón. Lo impregna todo de tal modo que el frío abandona al joven extraviado.

—Verás —revela el anciano con tono conciliador tras un rato de silencio—. El problema es que has muerto.

la locura y la muerte

Me preguntas a qué me refiero cuando digo que morirás. Antes de explicártelo recuerda que en esta casa hacemos lo posible por ser felices. Tal vez le demos la espalda a la realidad. Vivimos aislados, sin normas o leyes, y procuramos que nuestros invitados adopten nuestra manera de hacer las cosas.

Vamos, no pongas esa cara. A ti no te costado mucho.

Cuando acabe tendrás que decidir qué haces. No volveremos a cruzar una palabra al respecto. Insisto: será como si la puerta, incluso el pasillo que conduce a ella, desaparecieran. No hablo de una desaparición intelectual, sino física. Después de tu decisión, entres o no ahí, la puerta dejará de existir. No para nosotras, que vivimos en la casa, sino para ti.

(Alex me señala uno de los sofás y toma asiento en su sillón favorito. Sólo hay silencio.)

parte luz, parte oscuridad

Llegué con una pareja, amigos de Andrea. Pasaron unos días antes de que preguntaran por la puerta. Andrea explicó que al comprar la casa fue lo último de lo que se ocuparon. Que fue como si la hubieran olvidado. Ya sabes que Max pasa todo el tiempo que puede fuera, en el terreno. Cuando no está cortando leña, tala pinos para prevenir los incendios en verano.

No dieron crédito. ¿Cómo era posible olvidar una puerta? ¿Se refería Andrea a que nunca habían entrado en la habitación, en la sala o en lo que sea que hubiera al otro lado? Max respondió que nunca habían sentido la necesidad de averiguarlo. La mujer preguntó si no les preocupaba que pudiese haber un nido de ratas… o algo parecido.

(Alex se rebulle en el sillón y estira el brazo largo, negro, en busca del cenicero que hay en la mesilla, a su lado.)

Andrea respondió que las únicas ratas de las que había que preocuparse habían quedado atrás, al otro lado de la verja. El tema quedó… ¿zanjado? No. Días después oímos gritos en la casa. Estábamos fuera, en el porche, descansando en las tumbonas. Entramos. La vimos tendida en ese mismo sofá donde estás tú ahora. Parecía ida. Dijo que su marido ya no estaba. No que se había marchado, ni que había desaparecido.

Sólo que ya no estaba.

Cuando preguntamos qué quería decir con eso se limitó a mirar en dirección al pasillo que lleva a la puerta, que encontramos cerrada. De su marido no se ha vuelto a tener noticia.

(Enciende el cigarrillo y da una larga chupada antes de continuar. Luego me habla de los demás. Un largo desfile de nombres. Cada uno de los casos es más exagerado que el anterior. Los hay incluso que rozan el ridículo.)

La experiencia demuestra que abrir la puerta conduce a la desaparición, y también que ninguna de las conversaciones que tuvimos con los invitados que se interesaron por ella sirvieron de nada. La gente no es más que eso, gente. Curiosa y frágil.

(Y mientras la nube de humo le enturbia la mirada, me pregunto si vale la pena hacerlo. Querría contar con el consejo de propios y extraños, escuchar los pros y los contras de hacer caso, o de desoír, las advertencias de quienes habitan la finca, auténticos guardianes de un portal que me había propuesto franquear hasta verme ante él y cobrar conciencia de que tal vez sea verdad que más allá me esperan la locura y la muerte.)