Archivos del Mes para Marzo, 2010

hic sunt dracones

Al cabo de tres noches sucede otra de esas cosas que me empujan a. Se trata de una advertencia, una demostración de lo que me depara el camino.

Sopla un fuerte viento que zarandea el toldo del balcón. Se me ha hecho tarde y ya no tengo ni fuerzas para leer en la cama. Me caigo de sueño.

Vuelvo al salón con el cepillo de dientes en la boca. Allí me dedico a cambiar de canal, hasta que encuentro la escena de una película en la que un pobre caballero tiene que devolver la espada al lago porque se lo ha pedido su rey, que agoniza en un mar de sangre que a mí me sabe a menta. Es el ocaso, pero el caballero, de cuya lealtad no duda nadie, se resiste a obedecer. Alberga la esperanza de que si desobedece el monarca se repondrá y las cosas volverán a ser como en el mejor de los tiempos. Esa espada, ese trozo de hierro, simboliza algo.

El rey insiste en que debe desprenderse de ella. Pero el caballero duda.

De pronto estalla un ruido de mil demonios. Cristales rotos, y no es como en las películas, sino mucho más fuerte. Procede del dormitorio. Es tarde, el estruendo es tal que parece que se haya derrumbado toda la pared.

La hoja móvil de la ventana de guillotina ha podido con los topes que la sujetaban y se ha precipitado al vacío sobre su eje hasta golpear la otra, la fija. La fuerza del impacto ha roto el vidrio. Aún hay restos en el marco, pero la mayoría ha ido a caer sobre la cabecera de la cama. Cristales, algunos pequeños, otros grandes, dentados, cortantes, ahí, en el lugar donde debía estar mi cabeza. Es la duda de un personaje de ficción lo que me ha salvado la vida.

mapa glatissantClara llama para interesarse por mí. Respondo que estoy perfectamente, pero ella no me cree. Pregunta qué me han dicho los otros. Resopla cuando le cuento lo de Ángel. La comida con él, y la frase que encuentro pintada al poco de salir de su casa, me mueven en otra dirección. Aún no estoy convencido, y prefiero esperar a que el sueño deje de repetirse, porque no deja de hacerlo: Cada noche acabo arrastrando a mi amiga la escultora hacia un lugar que ya no puedo encontrar, mientras los ladridos suenan cada vez más cerca. Dibujo un trazado del territorio qué conozco. ¿Qué habrá más allá? ¿Otras ventanas mortíferas? ¿Los dragones de cuya presencia advertían los mapas antiguos? ¿Cuántas trampas me aguardan?

Si logro dormir del tirón, sin correr en sueños a ningún lado, quizá pueda pensar con claridad.

Clara me recuerda que aún tengo pendiente recabar una opinión.

Es irónico que los argumentos racionales de Ángel carezcan de solidez, pero el amigo que se empeña en disuadirte de soñar no te quiere bien. Debe creer que dar consejos es fácil, y lo es excepto cuando duelen, porque entonces se paga un precio. Con nosotros mismos. Con los demás. Ni siquiera llegamos a imaginar lo que cuestan las palabras.

Hay noches en que despierto bañado en sudor, convencido de haberme adentrado en el bosque sin darme cuenta, seguro de haber logrado atravesar la frontera que separa ambos mundos. Puede que sea más fácil de lo que nadie imagina.

Quizá me equivoque.

Es en la duda que gotean los días.

antropónimos, topónimos

Iba a escurrir el bulto con una entrada muy apañada sobre gules o sinoples, que ya toca volver a visitar esas tierras no vaya a ser que me despiste, pero al final he optado por ser valiente y seguir el plan original, que consistía en explicar por qué cuando hablamos de Gawain, Galván, Gauvain o Galvanus no nos referimos a cuatro hermanos que participan en un torneo, sino que hablamos de la misma persona.

La dama de ShalottEn la entrada sobre las tramas del ciclo artúrico ya mencioné que distintas culturas o tradiciones se apropiaron de según qué partes de la leyenda. Pues bien: cada una de ellas adaptó los nombres de los personajes y los lugares (antropónimos y topónimos) para que los lectores pudiesen aprehenderlos con mayor facilidad, hacerlos más familiares, asimilarlos. Y no sólo eso, también las traducciones antiguas impusieron en su época sus propios criterios.

En los esfuerzos de traducción de las principales obras del ciclo artúrico destacan algunos nombres propios. Por criterios de unificación, algunos optaron por mantener los nombres en el original, traduciendo, eso sí, los más conocidos (el rey Arturo y la reina Ginebra nunca son Arthur y Guinevere, aunque en ciertos casos Arturo sea llamado rey Artús). Otros se inclinaron por castellanizarlos.

Carlos Alvar tradujo La Vulgata (hablamos de la versión francesa del asunto) en la década de 1980. El criterio que empleó lo resume la siguiente frase que cito a continuación, incluida en la introducción de Lanzarote del Lago, La reina del gran sufrimiento, primer volumen de los 7 que componen la edición de Alianza del Lanzarote en prosa:

En general he mantenido los nombres propios, unificando las grafías, de acuerdo con la forma original, aunque he castellanizado los más conocidos.

Más adelante, en su introducción de La muerte de Arturo, obra con la que concluye La Vulgata, dice Alvar:

Por lo general he castellanizado los nombres propios cuando aparecen con cierta frecuencia; en caso contrario, los he mantenido con la forma francesa original.

Veo que existe un matiz entre ambas explicaciones, y es que Alvar fue acercándose más al 2º criterio que al primero.

Otros traductores/investigadores han sido más fieles con el texto original: Victoria Cirlot menciona por ejemplo a Gauvain o Lancelot en su extraordinario Figuras del destino, mitos y símbolos de la Europa medieval, publicado por Siruela. Por su parte, Francisco Torres Oliver mantuvo en su momento los nombres originales, castellanizando únicamente los más conocidos, cuando tuvo que trasladar del inglés (y hago hincapié en lo de inglés) La muerte de Arturo, de sir Thomas Malory.

Para Glatissant también he tenido que tomar una decisión que no gustará a todo el mundo. Sin embargo, soy consciente de que es imposible satisfacer todos los gustos. Podría ser fiel al original y, de paso, a Google, lo cual me ayudaría a indexar mejor el blog (la gente tiende a buscar Lancelot en lugar de Lanzarote, y si hacéis una búsqueda en el motor mencionado veréis por qué). Ésa sería sin duda la opción más sencilla, lo cual no tiene nada de malo.

Pero a mí me gusta la complejidad, y este blog es un viaje de descubrimiento. De momento recurriré a la versión más conocida de antropónimos y topónimos para las etiquetas, pero en el texto de las entradas optaré por la opción alvariana (siempre y cuando sea capaz de dar con ella, porque a veces hay que indagar mucho). Poco a poco nos iremos familiarizando con las distintas versiones, y si menciono una realmente rebuscada procuraré aclararla entre paréntesis o a pie de entrada.

bosques son laberintos

en mitad…A Clara sólo le he hablado del bosque. No he compartido con ella todo lo demás, de modo que su información es muy parcial, incompleta. No es que no quiera contarlo, pero me cuesta pensar que sea posible extraer una conclusión; considerarlo de manera científica, lógica, pensar que pueda reducirlo a una serie de elementos cuya relación mutua dé un resultado concreto.

Es confuso, como todos los sueños, y como todos los sueños está poblado por daimones.

Mi visita se produce al cabo de un par de días. Le hablo del bosque y la persecución, de la angustia y de los ladridos, pero omito el resto: lo que sucedió antes de buscar la orilla, y también lo que pasó después. Clara ha estado tomando notas. Por último, dice:

Intuyo la necesidad de un cambio, es como si te empujaras a ti mismo a deconstruir aquello en lo que te has convertido. En latín persona es el disfraz, la máscara, y no lo que entendemos ahora. La tuya sufre un asedio, se siente acosada.

Clara guarda silencio unos instantes. Pestañea y, antes de continuar, se muerde el labio, pensativa:

Pero para ello debes aceptar el desafío que te propones. Tu bosque es un laberinto, y no sólo tienes que dar con la entrada, sino tomar parte en el juego que te ha planteado tu propio subconsciente. Seguir el recorrido, buscar quizá el hilo que te lleve a la salida.

La miro con poca fe. Hay algo en mi cara que la empuja a ponerse a la defensiva. Lo noto por la postura que adopta. Pregunto:

¿Es como si me estuviera tendiendo una trampa a mí mismo?

No me pongas esa cara de vinagre: Eres tú quien busca ese cambio. Qué gracia que utilices la palabra «trampa». No sería la primera vez. ¡No, no! (se apresura a

la bestia aulladora

añadir al verme entre enfadado y confundido). No lo digo por ti. Me refiero a que eso, tendernos trampas, es algo que todos hacemos a menudo.

A su lado el bebé se pone a llorar, y no hay manera de conversar hasta que se calma al cabo de unos minutos, momento que aprovecho para decir:

La idea de adentrarme en ese bosque, siempre y cuando sea capaz de dar con él, no me seduce nada. ¿Qué pasa si no hago caso?

Clara ríe. Me gusta verla feliz.

Si haces como que esto no va contigo, quizá el sueño se vuelva más intenso. Si finges no oír esa voz apremiante, se repetirá. Hay quienes son capaces de gritar el nombre de quien duerme al lado para que los despierte de una pesadilla.

Y añade:

Pero no debes tomarlo en sentido literal. Me refiero a que no debes buscar un bosque y meterte en él. Insisto: el bosque es la representación simbólica de tu subconsciente.

Clara, a mí todo esto me suena a palabrería barata.

Suena el teléfono y atiende la llamada. Por suerte para mí, el timbre ha estrangulado la última palabra. Cuando cuelga, me mira muy seria, y dice:

Conque palabrería, ¿eh? Te haré una propuesta: Háblalo con los demás. Pregúntales qué opinan.

Con la chaqueta puesta, me cuelgo la bolsa a la espalda. Clara apoya la mano en mi hombro y me da un beso en la mejilla. Hay en su mirada algo indescifrable. Me cruza por la mente la sensación (¿el temor?) de que se despide de mí.

Y por último, mientras abre la puerta, me dice:

Sabes qué aguarda en mitad del laberinto, ¿verdad?

…del laberinto

aubrey beardsley

La dama del lago recupera Excalibur

De niño fue músico prodigio, pero por suerte acabó dedicando seis años, los últimos de su corta vida, a la ilustración. Aubrey Beardsley nació en 1872 y murió de tuberculosis en 1898, después de convertirse al catolicismo y de mucho perseguir a su editor para que retirase aquellas de sus obras que consideraba menos recatadas. (Digo yo que la práctica totalidad.)

En cuanto al estilo, puestos a poner etiquetas, podemos considerarlo adscrito al movimiento Art Noveau. Quizá entre sus obras más famosas se cuenten las ilustraciones para la obra Salomé, escrita por Oscar Wilde. Hizo incluso caricaturas de corte político, faceta esta que no es muy conocida.

The Yellow BookColaboró en prensa. Dirigió por ejemplo la parte artística de The Yellow Book, la publicación literario-cultural más influyente de la última década del siglo XIX, que entre otras contó con colaboraciones de un futuro premio Nobel como el poeta W.B. Yeats, el novelista H.G. Wells y el crítico y narrador Henry James. Beardsley colaboró durante cuatro números, hasta que en 1895 el escándalo que llevó a Wilde a la cárcel lo salpicó por asociación —ni siquiera eran amigos—, y el editor lo puso de patitas en la calle.

En su estilo, caracterizado por la influencia del dibujo japonés y el contraste entre imponentes manchas de blanco y negro (la mayoría de sus ilustraciones son en tinta negra), destaca el trazo erotizante (pongámonos en situación: hablamos de la época victoriana). En cuanto a la elección de temas se movió principalmente en el terreno de la mitología y la fantasía, y sirvió de influencia para los grandes cartelistas de finales del siglo XIX, los simbolistas franceses y el resto de los artistas del Art Noveau. Junto a Arthur Rackham está considerado el ilustrador más importante de su época.

Aubrey BeardsleySu presencia en Glatissant la debemos al primer encargo de calado que recibió, una serie de ilustraciones para una edición publicada en 1893 de La muerte de Arturo, de sir Thomas Malory, último corpus principal del ciclo artúrico antes de que podamos hablar de obras mucho más modernas. Beardsley estuvo completamente volcado en esta labor, a la que dedicó nada menos que dieciocho meses de trabajo.

Aquí Siruela publicó en español una versión (http://tinyurl NULL.com/yeap9ks) para jóvenes de este clásico, escrita por Roger Lancelyn Green, que incluye como valor añadido las ilustraciones artúricas de Aubrey Beardsley, de quien os pido que no os olvidéis puesto que no será la última vez que lo veamos por aquí.

verde agua

No sé qué hacemos ahí, pero es bonito estar con ella. Otra vez. Cuando me alcanza el mal olor del agua estancada me arrimo a su cabello. Me gusta cuando deja ese olor en la almohada. Cuando se marcha duermo abrazado a ella,

y es su olor lo que me envuelve los sueños.

alfa El agua tiene el color del amor. Echa la vista atrás y me invita a dar un paseo. Cogidos de la mano, a veces me adelanto y la ayudo a saltar un obstáculo, pero no porque sea débil: Una vez me salvó la vida después de bajar una pendiente que de pronto se volvió muy pronunciada; me bastó con verla tan dispuesta a ayudar para comprender que no era para tanto. Y entonces

subí hasta donde estaba ella y de nuevo me puse en pie.

Cuando dejamos atrás el lago penetramos en la espesura de un bosque que lo es todo. Al principio no es tan denso como para que las copas de los árboles enfríen el ambiente. Paramos un rato y nos sentamos a descansar, pero se levanta el aire y ella me dice:

Volvamos. Allí hay más luz.

Después de mucho andar no logramos dar con la orilla que baña el agua, ni con el fondo que es verde y opaco, un fondo opaco del que nada distinguiríamos si estuviéramos allí.

Entonces la luz bosteza. Somnolienta.

Atardece.

Me asalta el pensamiento de que nuestro extravío debe de ser como el amor. Si por algo se caracteriza es por ser frágil. Su sustento lo es, lo son los hilos que se parten sin hacer ruido, y lo son los recuerdos que lo envuelven. Todas esas personas que olvidan. Todas esas personas que olvidas. Y los olores y las cosas. Los besos robados. Los otros. Los dados.

Los besos que te dieron. Los que te robaron.

Hay un punto en la distancia donde el agua titila tras los arbustos y las cañas. Más allá del viento que nos hiere entre las hojas y la copas de los árboles, cada vez más espesas, el sol apenas nos consuela del frío. Mi amiga la escultora ha moldeado formas hermosas; ha cortado la madera con toda clase de sierras; ha limado superficies con paciencia y tesón. Ha creado en su vida muchas cosas con las manos, y ahora las tiene cubiertas de arañazos.

Tropieza y cae. La bruma nos envuelve cuando la alcanzo. No sé por qué me he separado de ella. Me dice:

Ayúdame a llegar.

omegaMe rodea los hombros con el brazo y apoya parte del peso en mí. Doy por sentado que se ha hecho daño al caer, pero no pregunto. El tobillo, supongo. No lo sé. Nuestra andadura pierde fuerzas mientras me pregunto adónde se supone que vamos. Tengo que concentrarme y recordar. Recordar, sin ir más lejos, qué hacemos ahí.

Personas que olvidan. Personas que olvidas.

Pero los ladridos no ayudan. Cada vez están más cerca. Ensordecedores. Crispa la mano en mi hombro y se vuelve hacia mí con un ruego en la voz:

La orilla.

Seguimos adelante mientras susurra una y otra vez lo mismo, pero por mucho que insiste no sé en qué dirección está

l a  o r i l l a

la orilla

la orilla…

tramas del ciclo artúrico

Existen diversas versiones de la leyenda artúrica. A menudo proceden de tradiciones culturales distintas, por lo que cuesta dar una imagen unitaria de las partes que componen el ciclo. No hay prisa: empezaré por un sencillo resumen, y en sucesivas entradas profundizaré un poco en todos estos aspectos, comentando también, en la medida de lo posible, las diversas variantes.

Vayamos punto por punto, a grandes trazos.

  • Arturo es un rey joven que unifica el reino de Bretaña, ayudado por los consejos de un sabio adivino llamado Merlín, a quien la magia no resulta ajena. Merlín proporciona una serie de ayudas providenciales a Arturo y le hace las veces de tutor. Tras la boda del rey con la reina Ginebra y la institución de la orden de la Tabla Redonda, y a pesar de las amenazas interiores y exteriores (conspiraciones diversas, presión de las tribus del norte, incursiones sajonas…), Bretaña deviene el marco ideal de toda suerte de andanzas caballerescas. Es la edad de oro de la caballería.

sir Galahad

  • Uno de los mejores caballeros de Arturo es Lanzarote del Lago. Llegado a Bretaña procedente de la Gaula (en/o Francia), se enamora de la reina Ginebra, sentimiento que es correspondido. A pesar del esfuerzo de ambos por evitarlo, acabarán consumando su amor, lo que con el tiempo desembocará en el fin del reino. Esta relación introduce un motivo clásico de la literatura medieval: el del amor cortés.
  • Otra importante historia de amor, también con final trágico, es la de Tristán de Leonís e Iseo la Rubia, esposa del rey Marco de Cornualles, nada menos que tío de Tristán. De todas las tramas principales ésta es quizá la que se antoja más engastada en el ciclo artúrico. Su popularidad bastó para incorporarla en el ciclo, a pesar de que en sus inicios fue un relato independiente.
  • La demanda del santo Grial, el cáliz que recogió la sangre de Jesucristo en la cruz, constituye otro de los grandes temas: Se trata de una búsqueda espiritual, que tan sólo los caballeros más puros podrán coronar con éxito. Muchos la emprenden, pero son tres quienes lo alcanzan en mayor o menos grado: Boores, Perceval y Galaz, este último hijo ilegítimo de Lanzarote y una dama llamada Amite, quien le dio un bebedizo para que la tomara por Ginebra. El hallazgo del santo cáliz restaña muchas de las heridas que afligen al reino, pero…
  • En esta fase crepuscular, Mordred (hijo ilegítimo del rey Arturo y su propia hermanastra, la reina Morcadés, aunque según donde se atribuye a Morgana la maternidad, por aquello de simplificar y porque también es hermanastra de Arturo) conspira con parte del clan de Orcania (Galván y sus hermanos, hijos de Morcadés y el rey Lot, sobrinos todos de Arturo) para destapar la relación de Lanzarote y Ginebra. Al rey Arturo se le cae la venda de los ojos y el reino se viene abajo entre batallas, conflictos y retiros a conventos. A estas alturas ni siquiera puede salvarlo Merlín, que ha desaparecido ya de la historia, tras ser engañado por una de las damas del Lago, deseosa de hacerse con todos sus conocimientos arcanos.

Ya veis que entre incestos, relaciones amorosas, desafíos caballerescos, batallas, mortíferos engaños, búsquedas espirituales, profecías, magias y conspiraciones, es fácil entender que los relatos que componen el ciclo artúrico aún sean objeto de lectura y estudio. Es el renacimiento de la prosa europea, tras las bases sentadas por los clásicos griegos y latinos.

Un mar de palabras, aventuras y poderosas imágenes en que sumergirse.

pedid lo imposible

Está claro que todo suma. Todo contribuye a. Lo de la ventana; lo del asta que descansa apoyada en un rincón del salón. Muchas otras cosas. El rostro de Merlín (sin ir más lejos); el inquietante sueño (yendo lejos, o más bien yendo hondo), y, por último quizá, el otro sueño, si cabe más inquietante (y por supuesto mucho más lejano, o más bien mucho más hondo).

Me refiero al sueño que todo lo define porque cambia las cosas hasta el punto de que nada vuelve a ser igual. A ese sueño. Pero es después del primero que busco ayuda en la opinión de quienes me rodean, como Ángel, por ejemplo:

Eso era lo que hacías de pequeño, soñar. Y sigues igual. ¿No crees que ya va siendo hora?

La vida lo ha ido tratando con justicia, mientras él tenía el juicio necesario para respetar las normas, reconocía qué caminos debía tomar, y, por qué no decirlo, la suerte lo acompañaba durante el recorrido. Las personas como Ángel sustentan su existencia en pilares de bruma y viento (como hacemos todos), pero han obtenido la recompensa del éxito. Su mayor engaño consiste en el convencimiento de que esfuerzo y tesón conducen al mismo lugar adonde ellos han llegado. Qué importará: al final todos sin excepción vamos pasando por la amoladera. Entonces se oye el agudo chirrido del metal sobre la piedra.

Y no es bonito.

Tienes que ser realista (insiste mi anfitrión). Con los años te va a resultar más difícil poner los pies en el suelo.

Ángel tiene varios críos y trabaja incansablemente. Sara pasa mucho tiempo fuera, de modo que una chica que no es de aquí se encarga de los niños casi todo el día. Cuando los lleva al colegio, o de vuelta a casa, tira de ellos como quien hace volar un manojo de cometas.

Saboreo el estofado. No tengo gran cosa que decir después de que hayamos hablado de su trabajo, de su familia y sus hijos. Aprendí a no hablar mucho cuando caí en la cuenta de que siempre, invariablemente, me escuchaba con mirada vidriosa. La educación lo empuja a preguntar, pero hay un punto, al inicio de cada respuesta, en el que evade la conciencia a un lugar que nadie vislumbra.

Nos despedimos con eternas promesas de quedar algún fin de semana. Antes de cerrarme una puerta que por lo menos alcanza los dos metros y medio de altura, me repite:

Ah… Y sé realista.

De camino a casa no me pregunto por qué lo aprecio —el amor no tiene por qué ser recíproco—, pero sí por qué insiste en hacer algo (quedar con nosotros tres) que a todas luces parece suponerle un esfuerzo. Hace tiempo que dejó de entristecernos la distancia. Con el paso de los años a todos se nos escurren muchas cosas entre los dedos. O se quedan donde estaban. Tan malo parece lo uno como lo otro cuando es otra cosa lo que tendría que suceder. No sé muy bien qué. Después de todo, es muy posible que esto sea lo que la gente considera normal.

A pesar de que es invierno y no tardará en anochecer, vuelvo a casa andando. En la valla de un local encuentro la respuesta a los ángeles que revolotean en torno a quienes no tememos ver en el prójimo la prueba fehaciente de nuestras propias carencias.

Y los ángeles nos miran con ojos de vidrio y hacen oídos sordos.

sed realistas

escudo, blasón

Dice Juan Eduardo Cirlot en su extraordinario e inspirador Diccionario de símbolos:

… el escudo exhibe; por esto ya desde la Antigüedad fue el lugar donde el guerrero disponía el emblema que juzgaba serle característico y que, entre los siglos XI y XIII, se convirtió en blasón heráldico, hereditario.

Acudo al diccionario de la RAE para aclarar tres de los términos introducidos en la cita de JEC, y expongo mi recorrido paso a paso para que veáis que soy honesto con esto que escribo:

escudo de armas.

m. Heráld. Campo, superficie o espacio de distintas formas en que se representan los blasones de un Estado, población, familia, corporación, etc.

Perfectamente claro. El escudo de armas es el espacio. El lienzo.

emblema.
(Del lat. emblēma, y este del gr. ἔμβλημα, adorno superpuesto.)

  1. m. Jeroglífico, símbolo o empresa en que se representa alguna figura, al pie de la cual se escribe algún verso o lema que declara el concepto o moralidad que encierra. U. t. c. f.
  2. m. Cosa que es representación simbólica de otra.

Me quedo con la segunda acepción. Aunque la primera…

blasón.
(Del fr. blason).

  1. m. Arte de explicar y describir los escudos de armas de cada linaje, ciudad o persona.
  2. m. Cada figura, señal o pieza de las que se ponen en un escudo.

De modo que «blasón» es tanto el arte de explicar y describir los escudos de armas, como cada figura, señal o pieza que lo componen.

Es fácil llegar a la conclusión de que el blasón heráldico es una de las primeras muestras de lo que actualmente conocemos por «imagen de marca», un logotipo, un distintivo, en este caso formado únicamente por imágenes (aunque a veces se incluyeran lemas), útil para distinguir al caballero, separarlo de los demás, y que asimismo puede identificar otras ideas y entidades.

Lanzarote (campo de plata con bandas de gules) riñe con Tristán (campo de sinople con león rampante de oro)

Pienso que es importante que aprendamos a movernos entre los escudos de armas de los compañeros de la Tabla Redonda, puesto que haré mención de ellos a menudo, así que empezaré por algo sencillo. No será necesario profundizar mucho, pues nos alejaríamos de la demanda de este espacio, pero en futuras entradas de Heráldica en Artúrica iremos viendo uno por uno los colores y metales, así como otros detalles, hasta familiarizarnos con el lenguaje, o, al menos, hasta que dispongamos de una serie de enlaces adonde recurrir.

Cinco son los colores principales (llamados esmaltes) que hallamos en el arte heráldico:

  • gules, sinople, azur, púrpura, sable

Y dos son los llamados metales que complementan a los esmaltes:

  • plata, oro

A continuación listo los enlaces internos de los metales y esmaltes completados hasta la fecha: sinople, azur,

En la imagen, Lanzarote del Lago se enfrenta a Tristán de Leonís: En el escudo del primero tenemos bandas de gules sobre campo de plata, mientras que en el de su adversario figura un león rampante en oro sobre campo de sinople.

lo que falta

Ante la disyuntiva de escoger entre caminos, uno fácil, el otro difícil, tomé el difícil porque el otro podía recorrerlo cualquiera. Ése soy yo. De los que nunca toman el camino fácil.

Lo aprendí de mi padre, que jamás ha escogido el camino fácil. Tampoco toma ascensores. A menos que se esté impedido para andar, dice, un hombre jamás debería permitirse el lujo de tomar un ascensor. Mi madre no es tan radical en este aspecto. Ha dedicado la vida al canto (principalmente lieds, pero también ha formado parte de grupos corales y cosas así).

En el momento de escribir esto ambos están de crucero. No un crucero vulgar, de esos que haces cuando te retiras. Es un viaje especial que les ha regalado el Gobierno porque se lo han ganado. Han planeado bajarse en alguno de los lugares donde hagan escala y no volver a subir a bordo. Eso me lo cuentan durante la cena. Se ríen. Vaya si se ríen. Mi padre dice que dejarse llevar por ahí de un lado a otro es lo que hacen los demás —en esto no puede negarse cierta coherencia con la opinión que le merecen los ascensores—. Mi madre no está muy convencida, pero ha accedido a cambio de ser ella quien escoja el lugar del desembarco. Mis padres son míticos. Esos son mis padres. De los que nunca toman el camino fácil.

Con los postres hablamos de Julia, mi hermana, que no ha podido venir porque tiene guardia en el hospital. Luego, puesta la cafetera al fuego, me preparo para aguantar la monserga del viaje. El vamos a hacer esto y aquello. Pero no: Se ponen ambos muy serios y me entregan una caja de zapatos, de cuyo interior asoma un montón de fotografías de cuando éramos pequeños.

Tenías razón. (Esto lo dice mi padre, que se coge de manos sobre la mesa y me parece inquieto.) La encontramos, pero el muñeco…

No era un muñeco. (Mi madre lo interrumpe porque es de esas personas que no pueden convivir con la palabra incorrecta.) Era un peluche o algo parecido.

Rebusco en la caja. Es de las primeras. Hace unos días les pedí mis fotos de pequeño, y ya entonces les adelanté que no encontraría exactamente lo que buscaba. Todo viene a raíz de ese cúmulo de cosas que me han ido sucediendo, pero sobre todo debido al primero de los sueños (en el momento de celebrarse esta cena aún ignoro que habrá un segundo sueño, mucho más profundo y estremecedor).

Miro a mis padres por el borde de la fotografía. Ellos a su vez no pierden detalle de mi reacción, sin comprender por qué esa imagen de cuando era niño es tan importante para mí.

No se trata de lo que hay en ella, sino de lo que falta.

el parque del terror

En la foto estamos Golfo y yo. Golfo era mi mascota guardiana. Con el tiempo se convirtió en un león, le cambié el nombre y no creo que lo encajara muy bien. Sé que cuidó de mí, tal como atestigua la imagen: clava sus ojos saltones en la figura situada a mi izquierda, parte de la silueta de la Bestia Aulladora convertida en ilusión fantasmagórica, ausente pero presente, desaparecida pero percibida. Ese niño que fui yo se aferra a la red del parque infantil con una fuerza que nace de la desesperación. Me pregunto si implora ayuda a quien lo mira al otro lado de la lente. Más allá de la superficie del papel fotográfico.

Tampoco era precisamente un peluche.

He recuperado cosas que había olvidado. Recuerdo que se hacía un hondo silencio cuando mi madre me dejaba a solas a la hora del desayuno y la bestia, después de comerse las galletas, se bebía la leche. También recuerdo su olor a tierra húmeda, el tacto gélido de la piel escamosa que le surcaba el cuello de sierpe. Le acompañaban a todas partes los ladridos, que parecían salirle de dentro, ladridos como de dos veces treinta perros. El torso manchado, como la piel de un leopardo. Los ojos crueles, capaces de infundir desaliento en los corazones limpios como el mío. ¿En qué agujero profundo se habrá ocultado mi memoria de esa época?

Ésa fue la primera vez que Glatissant, la fabulosa Bestia Aulladora, se cruzó en mi camino. Y si mi empresa tiene éxito, no será la última.