Archivos del Mes para Febrero, 2010

n.c. wyeth

N.C. Wyeth en su estudio, 1904

[N.C. Wyeth at work], 1904/unidentified photographer. Photographic print: 1 item: sepia; 14×9 cm. Allen Tupper True and True family papers, 1841-1987. Archives of American Art [www.aaa.si.edu (http://www NULL.aaa NULL.si NULL.edu)].

El hombre que nos mira con expresión burlona desde esta fotografía es Newell Convers Wyeth, uno de los principales ilustradores norteamericanos de la primera mitad del siglo XX. La imagen resulta curiosa: parece enfocada a la altura de la cintura, quizá porque Wyeth era un tipo bajito. El artista sostiene una paleta que es mayor que su pecho, y detrás del lienzo asoma un piano de pared. Por último, el modelo que utiliza —un hombre disfrazado de vaquero— está sentado en una silla de montar, puesta a su vez sobre un potro de madera.

Si suele considerarse que Howard Pyle, con sus fuertes influencias prerrafaelistas y su extraordinaria atención por el detalle, fue el padre de la ilustración estadounidense, N.C. Wyeth no tardaría en erigirse en aventajado discípulo y recoger el testigo cuando Pyle falleció en 1911. Wyeth, convertido en su alumno en 1902, se había desmarcado pronto de su maestro para desarrollar un estilo propio, caracterizado por trazos más expresivos y una atención particular a la creación de atmósferas que dotaban al conjunto de mayor importancia que cualquiera de las figuras que lo conformaban.

Destacó en el terreno de la ilustración de prensa (lo encontramos en algunas de las publicaciones más importantes de la época: Harper’s Monthly, Scribner’s Magazine, etc.), y aunque al principio, como vemos en la fotografía, inspiró su obra casi exclusivamente en la épica norteamericana del salvaje oeste, pronto amplió horizontes y su pincel abarcó otros ámbitos, entre ellos la ilustración de clásicos de la literatura, desde Robinson Crusoe hasta La isla del tesoro, pasando por obras de Joseph Conrad o El último mohicano, así como la ilustración publicitaria (carteles para Coca-cola y Lucky Strike).

El rey Arturo, según WyethPero que N.C. Wyeth figure por mérito propio en Glatissant se debe a una obra titulada The Boy’s King Arthur (algo así como El rey Arturo para jóvenes), escrita por Sidney Lanier, que no ha dejado de reeditarse desde su primera edición de 1880. Debemos parte del mérito al hecho de que en 1917 Wyeth realizó catorce preciosas láminas a color que desde entonces han iluminado el interior de sus páginas.

Y es esta parte de su obra la que reaparecerá en futuras entradas de Arte en Artúrica.

la zanahoria imaginaria

luz parrish

Soy consciente de los parajes que recorre el hilo de una narración. Sé que lo cotidiano es el punto de partida del viaje del héroe. De principio a fin, no necesariamente por ese orden, mi periplo también es la confirmación del cambio, única constante de la vida. De quien fui a quien soy y a quien seré. De quienes fuimos, a quienes somos y a quienes seremos.

Me muevo aún en la linde del bosque, así que debo empezar por el principio y poner en antecedentes al lector. Hablar, se supone, de lo común, de lo ordinario.

Lo sé. No revelo ningún misterio. Basta con mirar a nuestro alrededor. Hagámoslo una sola vez, ya que el exceso podría llevarnos a intuir el otro lado y aún es pronto para eso.

Parte de lo cotidiano es aquello que nos impide avanzar a donde nos propusimos ir. Es el lodo. El cenagal. El terreno que hay en torno al baúl lleno de luces que planeamos encender en un futuro que no existe. Lo cerramos con candado, convencidos de que llegará el momento de abrirlo, el momento de aparcar lo habitual. Y así seguimos adelante tras la zanahoria imaginaria, en pos de algo cuyo significado a menudo se desdibuja con el tiempo y las circunstancias. Cierro el párrafo como lo abrí, es decir, lo acabo como lo empecé, haciendo honor y mención a lo cotidiano.

Me pregunto qué sucede si aparto la vista de la zanahoria siquiera un instante. Supongo que se alejará aún más de mí. ¿Acaso no es ése el miedo que tenemos todos? Miradla. Allá va. Pero si recupero fuerzas y me permito el lujo de mirar a mi alrededor, quizá sea yo quien acabe yendo por delante de ella. De todos modos, bajo la incómoda égida de la realidad me resultaría imposible salir; extraviarme sin andar perdido; deambular con una dirección. Voy hacia ese canto de sirena que se oye a lo lejos porque nadie me ata a ningún palo ni me ciega los oídos con cera.

¿Ése eres tú?, me pregunta una voz del pasado. ¿Es así como te ves?, añade.

He compuesto una especie de engendro con algunos de los restos que hay en el estudio de una amiga escultora. Me ha pedido que haga un autorretrato y a mí me ha salido un auténtico bodrio, tocado con una especie de penacho compuesto por alambres, todo ello visto de perfil. Después de observarlo un rato tira la toalla y pregunta qué es, y yo respondo que es un yelmo visto de lado, como el del logotipo aquel.

¿Es así como te ves?, insiste la voz.

Me encojo de hombros, pienso en las últimas palabras del trágico personaje de una obra de teatro, y digo:

Joder, podría ser peor. (Éstas no son las últimas palabras del trágico personaje de la obra de teatro.)

Lo siento, dice ella algo compungida. Boquiabierta.

No lo sientas, pienso. No creo una sola palabra de lo que acabo de decir, pienso. Y sigo pensando: No podría ser peor, es lo que es y a mí me parece bien.

Hecha de restos de madera y metal, virutas de cobre, alambres retorcidos de colores, la chapuza descansa sobre una pieza de plástico que tiene toda la pinta de haber servido en más de una ocasión de cenicero. Eso somos yo y mi penacho. Algo así.

No sólo no me disgusta la idea, sino que hay algo que se me remueve dentro. Un calor. El fuego de lo que fue una vez y no ha dejado de ser y pronto volverá a ser o morirá en el intento. Si soy capaz de recuperarlo alcanzaré de nuevo la altura de una torre. El canto de sirena me ha devuelto el aliento del desafío, pero aún no lo sé. Aún es temprano. Lo intuyo cuando contemplo el reflejo de mi amiga en el espejo, que es la imagen más vívida que conservo de esa tarde. Sé que debo guardar silencio, dejar que siga sintiendo pena de mí, y luego cerrar los ojos, que pase el momento con su fluir de aguas. Regresar a lo ordinario.

Pero antes de marcharme le digo unas palabras sin pronunciarlas: No tengas pena de mí. No lo merezco.

Ya en el presente, mientras recobro el aliento y la zanahoria se aleja, os confieso que son varios los principios y que tan válidos son unos como otros, excepto por los sabios consejos que me susurran al oído Joseph Campbell y la Poética de Aristóteles.

Mi historia empieza por la misteriosa fotografía de un niño pequeño. Fue la primera vez que la bestia asomó, cruel y burlona, en mi vida.

la vulgata

La Vulgata es una extensa obra en prosa escrita en francés, que se remonta a la primera mitad del siglo XIII. Constituye uno de los principales corpus narrativos que componen la materia de Bretaña. También es conocida como «Lanzarote en prosa», «Lancelot-Graal» o ciclo de «Pseudo-Map» (debido a que en el propio texto se atribuía falsamente la autoría a Walter Map, un historiador medieval que ya había fallecido cuando se escribió).

El nudo de la acción se centra en las peripecias caballerescas de Lanzarote del Lago y su relación con la reina Ginebra. Esta historia desemboca en la búsqueda del Grial (el otro gran motivo del ciclo), y, finalmente, en la muerte del rey Arturo, que marca el fin de las aventuras de los compañeros de la Tabla Redonda. Se diferencian dentro de la Vulgata la siguientes obras:

  • La historia de Lanzarote (parte más larga del ciclo)
  • La búsqueda del Santo Grial (Queste del saint Graal)
  • La muerte de Arturo (La mort Artu)

Algo más tarde se le sumaron otros dos títulos. La acción de estos, sin embargo, precede cronológicamente a La historia de Lanzarote. Se trata de:

  • Historia del Santo Grial (Estoire del saint Graal)
  • Historia de Merlín (Estoire de Merlin)

Lanzarote rescata a la reina Ginebra

Aunque se considera que la obra es anónima, existe polémica entre los investigadores, pues hay quienes apuntan la posibilidad de que existiera un «arquitecto común», cuya labor consistió en dirigir el proyecto y unificar criterios en las tres primeras obras del ciclo; después, otro autor, o autores, se encargaron de respetar la labor de este arquitecto para la redacción de las obras que las precederían cronológicamente. La complejidad del ciclo de la Vulgata es el argumento esgrimido por ambos bandos para defender sus respectivas teorías: los que aseguran que una obra tan compleja tan sólo pudo salir de la pluma de un único autor, y quienes se aferran a esa complejidad para justificar la existencia de un coordinador que escribió buena parte del Lanzarote y estableció las pautas del resto de la obra.

La variedad de la trama es fruto de la técnica empleada, conocida por el nombre de entrelacement (entrelazado). Carlos Alvar, traductor de la obra al español, escribe en la introducción del primer volumen:

La obra que nos ocupa pone en movimiento alrededor de cuatrocientos caballeros, ermitaños, enanos, damas y doncellas anónimos; muchos de ellos no son más que presencias momentáneas, pero son muy numerosos los que aparecen y reaparecen cuando sus huellas y sus recuerdos ya se habían borrado, estableciéndose de este modo un complejo trenzado de aventuras y situaciones, que confieren a la obra una estructura muy característica…

En futuras entradas hablaré de las ediciones española y anglosajona (esta última anotada), así como de la Post-Vulgata.

libro I: en la linde del bosque

Nada interesante vieron hasta que rompió el alba, que dejó al descubierto un prometedor mundo de aventuras: un bosque verde y denso cuyo perfil se recortaba contra el horizonte.

parte I_linde del bosque

Los hechos del rey Arturo y sus nobles caballeros, de John Steinbeck.

los jinetes

¿Quién huella las planicies de oro,
los llanos de bruma y aire,
las numerosas montañas onduladas
y las torres crepusculares?
Ningún pie mortal se extravía en ellas,
ningún arquero vigila en las torres,
sólo pasos más etéreos que los nuestros
recorren colinas y valles.
Las personas que alumbraron los antiguos cuentos,
y la gente que jamás existió,
y quienes deambulan en la frontera
entre la historia de antaño y la fábula sonora,
como el rey que en Camelot tuvo su corte.
Allí camina Ginebra,
así como el caballero Lancelot.
Y, junto a aquel precipicio blanco,
escarpado como Roncesvalles, y más,
a un suspiro de la mirada de la fantasía
cabalga el sin par Roldán.
¡También desde aquí se vislumbra
la punta de la lanza de Don Quijote,
con mucho el mayor de todos ellos!
Mas no, es la estrella vespertina.

Lord Dunsany

antes de la palabra

A lo largo de buena parte de mi vida adulta he percibido señales de lo que se extiende más allá. Los signos de la aventura. Rumores de las hojas que visten ese bosque viejo que desprende un olor intenso. A veces nos llega estando cómodamente sentados en un lugar que no podría ser más ajeno a lo irreal: la butaca del comedor; el asiento de un tren; un banco que mira al río, o la superficie blanca de la pantalla de un ordenador. No hay nada irreal y todo lo es, siempre y cuando se esté dispuesto a mirar con los ojos adecuados.

Antes de comenzar a explicar por qué decidí adentrarme en el bosque debo hacer algunas advertencias al lector. Nada de lo que aquí se cuenta es estrictamente cierto, pero tampoco se trata de una mentira. A veces las cosas se disfrazan porque resultan anodinas, otras precisamente por todo lo contrario. Quienes me conocen un poco saben que la débil frontera que separa lo que entendemos por realidad de lo que entendemos por ficción constituye uno de mis temas predilectos. Quede aquí constancia de esta declaración de intenciones, para que pueda referirme a ella cuando las entradas de este diario se acumulen y estas palabras queden enterradas por el olvido.

No sé cuánto tiempo tardaré en explicar la historia de mi búsqueda, lo que me llevó a embarcarme en ella, lo que supone para mí y las cosas que voy descubriendo durante mi viaje. Me encantaría que estos textos dejasen a quien los lea con la duda del qué sucederá, que tendieran puentes a otros parajes, y que estas distracciones me permitiesen (como si fuera un hábil prestidigitador) distraerlo, cuando no hacerlo bostezar antes de despertarlo con un golpe de efecto inesperado. Asombrarlo. Maravillarlo.

Y sin duda sería capaz de hacerlo si fuera un hábil prestidigitador. Otro hijo del diablo, como el famoso mago y adivino que asomará por aquí de vez en cuando. Pero sucede que eso me definiría con tanta torpeza como pueda hacerlo aquello a lo que me dedico profesionalmente. A mí sólo me define mi demanda.

La de dar caza a la bestia fabulosa.