Archivos del Mes para Diciembre, 2010

todo es y vuelve al principio

el hombre perdido
Ya en la orilla, empapado, el hombre perdido descansa detrás de unos juncos. Más allá el agua esboza su sonrisa de diamante bajo la caricia de la luna. Oye pasos en la tierra, y las sandalias del anciano pescador se dibujan por el rabillo del ojo. No se vuelve hacia él. Piensa que si se hace el muerto tal vez deje de importunarlo, puede incluso que pierda aquella voz que lo sigue a todas partes.

—No puedes hacerte el muerto porque ya lo estás —insiste el anciano.

Se levanta una brisa pasajera que sacude los juncos. El agua susurra hacia la orilla, donde cantan los grillos. Los insectos se arrastran en la tierra, que exhala un suspiro. Mientras, el firmamento insiste en inundar el mundo de luz y de historias.

Pero el hombre perdido teme que…

—Temes que te cuente qué otras cosas se dibujan en ese cielo que no alcanzamos a ver. Te contentas con saber a qué obedece todo aquello que percibes, pero prefieres enterrar todo lo que te es desconocido.

El aroma de la hierba para pipa sigue los pasos de las palabras. Todo sucede en su momento. Ni una sola nota burla la marca del metrónomo.

—Dices que sacaron al hombre perdido del agua… Como un pescadito.

—Y así sucedió. Y así volverá a suceder.

—Fuiste tú quien lo rescató.

Aunque no mira al Anciano pescador, el hombre perdido oye el roce de la tela y sabe que asiente.

—Tal como hiciste conmigo.

—Tal como hice contigo.

Sigue un largo silencio.

—Entonces también tú formas parte de ese firmamento que no vemos.

—No exactamente.

—Tu brazo, entonces. El contorno de la barca de pesca. La red —aventura el hombre perdido, que contempla las estrellas.

—No figuro en el firmamento porque…

—¿Por qué?

—Porque fui yo quien puso ahí las estrellas.

Así fue cómo descubrió el hombre perdido que todo el cielo, el que vemos y el que no, era obra del anciano pescador. Memoria de las cosas vivas y recuerdo de las muertas, nunca se postró ante señor o villano.

Él es la prueba de que todo es y vuelve al principio.

vortiger, el rey traidor

Por Sergio Escuriet.

Como hemos descrito anteriormente, las cuatro partes restantes de la Historia Regum Britanniae son:

  • La conquista romana y sus sucesivos gobernadores.
  • Los bárbaros, con Vortiger [Vortigern], el rey traidor, como tema principal.
  • Los Grandes Días de los reyes britanos, con el clímax artúrico como eje central.
  • La caída del imperio britano, con las pertinentes explicaciones de los grandes pecados cometidos por los últimos reyes britanos y de cómo Dios Nuestro Señor los condenó a perder el paraíso britano.

VortigerPero antes trataremos brevemente aspectos de la primera parte, en concreto los descendientes de Bruto, esto es, sus hijos y sus reinos ya creados a imagen y semejanza de los del Reino Unido: Escocia, Gales e Inglaterra. Esta parte recupera héroes de la leyenda tradicional britana, como el Rey Lear y Brenio, a quien la leyenda oral atribuye la derrota de los Galos e incluso encumbra a la conquista de Roma. Godofredo extiende el trazado de la dinastía hasta Casivelauno, cuya reina es la conocida Boudica.

La segunda parte que trata de los lideres britanos bajo el yugo romano empieza de manera curiosa con una cita de César: «¡Por Hércules! Esos britanos y nosotros, romanos, hemos nacido de la misma sangre, puesto que descendemos del pueblo troyano

Curiosamente, toda la leyenda britana posterior a la invasión normanda del año 1066 guarda un respeto especial hacia todo lo que hacía referencia a la cultura romana, siendo esta etapa una de las más recordadas por todos los escritos de la época. Todo lo romano se vio como contraposición a lo sajón, ambos fueron invasores, pero mientras que los romanos contribuyeron con su cultura, los sajones tan sólo aportaron oscuridad. Así lo consideraron los normandos.

Cuando los romanos abandonaron la isla, dejándola a merced de los invasores, los britanos recurrieron a sus ancestros en Armórica para reclamar la ayuda que Roma les negaba, y esa ayuda llegó en la forma de Constantino, último gobernador romano, quien aceptó el reino de Britania. Fue capaz de contener a las hordas barbarás merced a las buenas enseñanzas guerreras que los romanos habían compartido con los britanos. Los hijos de Constantino fueron Constante, Aurelio Ambrosio y Uterpandragón [Uther Pendragon]. Asesinado Constantino por un picto, y habiendo Constante abrazado la fe, el trono quedaría en manos de Aurelio Ambrosio o Uterpandragón. En este punto es donde entra Vortiger. Vortiger logra convencer a Constante para que acepte el trono, ya que como primogénito le pertenece, y siendo sus hermanos menores de edad el derecho al trono era suyo. Constante dejó el gobierno en manos de Vortiger, sin saber que el verdadero objetivo de este consistía en adueñarse del trono de Britania.

Así las cosas, pactó con los pictos para alcanzar el trono, pero lo asesinaron mientras dormía antes de ser traicionados a su vez por Vortiger, quien los entregó a los britanos. Pero los pictos, enterados de la traición, no tardaron en vengarse y iniciaron la guerra contra las huestes de Vortiger. Viendo los desastres acumulados en diversas batallas, conscientes de que tanto Aurelio Ambrosio como Uterpandragón eran un riesgo a sus designios, Vortiger recurrió a los lideres sajones Horsa y Hengist, que rápidamente acudieron en su ayuda. Una vez derrotados los pictos con la colaboración sajona, estos exigieron a Vortiger tierras donde establecerse, y el rey les concedió grandes extensiones en el sur de Britania.

Aquí entramos ya en la tercera parte de la historia: la reconquista de la isla por parte de Aurelio Ambrosio y Uterpandragón, y la muerte de Vortiger a manos de los hijos de Constantino, tal y como había profetizado Merlín. Los dos hermanos prosiguen su guerra por toda la isla hasta derrotar a todas las huestes sajonas, y luego establecen la paz en Britania mientras Uterpandragón es enviado a Hibernia (Irlanda) en busca de las piedras mágicas del Círculo de los Gigantes, por consejo de Merlín.

Pero la estirpe de Vortiger en la forma de su nieto, Pascencio, no cejaba en su venganza. Tras pactar con el soberano de Hibernia y un séquito de sajones, se propuso dar guerra a Aurelio. Sin embargo, sus huestes no fueron capaces de hacer frente a los ejércitos britanos. Por ello recurrió al asesinato de Aurelio mediante un sajón traidor de nombre Eopa, que tras fingirse britano consiguió entrar en la corte de Aurelio y envenenarlo.

Y así llegó la corona a Uterpandragón, pero eso ya es otra historia.

constelaciones

—Ésa de ahí es la Cazadora. ¿Ves la lanza que empuña? —Señala—. Las estrellas más brillantes dan forman a la punta de acero blanco. Dicen que nació en el norte, antes de que asomara el sol por primera vez y la Corte Blanca comprendiera que eso suponía su final, que se fundirían los hielos, que su reino helado, con sus torres luminosas, desaparecería bajo las aguas y que la noche eterna que había marcado su existencia no sería más que un recuerdo. Con el hielo del septentrión se forjó la punta de la lanza, y por perecedero que sea supera con creces en fuerza al acero, tanto que no hace falta afilarlo y siempre encuentra su presa.

»Eso dicen.

»Luego tenemos las Tres hermanas, que crecen juntas y están unidas entre sí; el Foso, y el Hombre que marcha hacia atrás a la izquierda. ¿Las ves? Más allá, a tu espalda, la Amazona, la Valva con su perla. —Suelta una risilla repentina—. Ah, y desde aquí no pueden verse más que en invierno porque están en otro cielo, pero hay muchos otros motivos tejidos en el firmamento: El Lomo de la ballena; el Perro cazador, que lleva la lengua fuera y nunca abandona a quienquiera que escoja por amo; la Doncella descalza, cuyo cabello de oro infunde aliento a los hombres a quienes arrebata el corazón. Pero sigue recorriendo el cielo con la mirada, a la derecha ahora. Así. ¿Ves la Corona de hielo? La ciñen los monarcas por cuya alma soplan los vientos que recorren los páramos. Debajo están los Caballeros que los sirven, condenados a cabalgar cabizbajos hacia su perdición, abandonada toda esperanza. Y el Pez gordo, que boquea sentado en una modesta silla baja de madera.

—Háblame de esa otra parte del cielo que has mencionado —ruega el hombre perdido, a medio sumergir en el agua del lago, seguro de que todas aquellas palabras encuentran eco en su memoria de pez.

—¿Qué puedo contarte que no intuyas ya? Cualquiera es capaz de ver cosas en el cielo, pero no hay muchos capaces de afrontarlas.

»Sin ir más lejos ahí tienes al Hombre perdido. Durante un tiempo, después de morir, extravió la voz y la identidad. Camina por toda la eternidad en busca de algo, pero no sabe qué. Su mundo se redujo al tamaño de un pañuelo, y eso que ninguno supera el de una servilleta. Cuenta la leyenda que lo pescaron en el río una fría mañana…

»…Y que el hombre perdido se sacudió en la red, temblando como un pescadito.

un mundo de historias

el hombre perdido

El joven extraviado flota boca arriba en el agua. Es de noche. Sólo las hojas, las ramas y los árboles que mueve el viento rompen el silencio.

Sufre un sobresalto. No sabe cómo ha llegado allí.

Flota porque se hace el muerto. O porque lo está.

Le alcanza la voz del anciano pescador cada vez que el agua le sumerge las orejas, y, aunque en cierto modo ha huido para no escuchar, acaba oyendo las cosas que cuenta.

—No siempre estuvieron ahí. Las estrellas.

El joven extraviado flota en el agua, convencido de que la pausa se debe a que el anciano aspira el humo de la pipa antes de continuar. Y no se equivoca.

—Hubo un tiempo en que el mundo era un erial helado. No crecía la vegetación, ningún animal recorría los senderos que se abrirían con el transcurso de los años. Pero había gente. Vivían de la poesía y la música. Lo bello era su único sustento. No sólo hallaban consuelo en la belleza, sino que sobrevivían por ella. Pero entonces, poco a poco, el sol fue conquistando territorios. Cubrió de una belleza distinta aquel mundo donde la gente de antaño había fomentado valores diferentes a los vuestros. Entonces estallaron las guerras del pasado. Conflictos terribles entre quienes desearon abrazar lo que la vida les imponía antes de que fuese demasiado tarde, y entre los que quisieron combatirlo. Ese pueblo tuvo que retirarse a lugares oscuros donde no alcanzaba la luz del sol, y la gente del mundo que conocéis los convirtió en monstruos y los ocultó en las pesadillas. Con el paso de los años llegasteis a olvidarlos por completo.

Flota en el agua. Todo su mundo ya no huele a pescado, pero sigue suspendido en el vientre de aquella ballena que, tras regurgitarlo, lo alumbró a un lugar habitado por un único ser.

El anciano pescador es un cuentacuentos. ¿Cómo hacer oídos sordos? Todo su mundo es una historia. Hacerse el muerto, estarlo, mientras el cielo se cubre de estrellas.

—Háblame de ellas, anciano pescador.

Ésas son las primeras palabras que pronuncia el joven extraviado.

—Ante todo, ahora que el gato te ha devuelto la lengua, dejemos bien claro que no eres un joven extraviado. Si acaso, lo fuiste.

Una larga chupada de la pipa. Tras ella, en la distancia de lo que está y no está, la nube que se alza y se aleja veloz es una larga cabellera que remueve el viento.

—Ahora tan sólo eres un hombre perdido.