Archivos del Mes para Mayo, 2010

un modo de entrar

La verja se alza unos tres metros. Tiene motivos florales forjados en hierro y la coronan flechas herrumbrosas que miran al cielo. Hubo un tiempo en que fue azul turquesa, pero ni cae la lluvia ni sopla el viento en vano, y la pintura está descascarillada. La recubre una próspera enredadera.

Tiene que haber un modo de entrar. Lo que cuesta es encontrarlo.

Ángel se vuelve hacia mí con su disfraz de ciclista de fin de semana y la frente sudorosa. A pesar de sus promesas mientras almorzamos en un pueblo costero, la casa de sus amigos no está a un tiro de piedra de la salida del paseo marítimo. Hay que atravesar la Nacional, eso para empezar, lo que no es problema porque hay túneles y escaleras que te permiten pasar por debajo.

Y como Ángel me propone visitarlos, nos convertimos en topos ataviados con paravientos de color chillón, pantalón culotte y ese casco que parece un orinal mal hecho. Me mira y me dice, como si hiciera falta:

Bueno, ya hemos llegado.

El túnel que pasa bajo la carretera no nos plantea mayores problemas. Salimos al pueblo, que luego recorremos de mar a montaña: Calles y calles estrechas donde a menudo es necesario apearse de la bici para no incordiar a los transeúntes. Somos gente educada.

¿Sólo será un rato?, pregunto, insisto, a Ángel, que no responde de lo mucho que se concentra en dar con la forma de llamar a la verja. Más allá el camino está bordeado de vegetación y serpentea hacia la cima de la montaña.

de camino a la verja

Pasado el pueblo, subimos una interminable cuesta asfaltada hasta llegar a la iglesia. Allí, por suerte, encontramos una fuente. Es durante el alto cuando descubro que Ángel no sabe muy bien qué camino tomar.

Perro se pone a ladrar.

Por cierto que ya tiene nombre, pero ando enfadado con él y, antes de describir con pelos y señales cómo se lo ganó (puede que más adelante cuente esa historia, si se me pasa el cabreo), me limitaré a decir que no le cae bien Ángel. Cuando no le gruñe, perro aprovecha la menor oportunidad para demostrarle que no valora su amistad; ni la busca, ni la pretende. El sentimiento es mutuo:

Y ahora vas y adoptas una mascota. ¿Qué será la próxima vez?, pregunta Ángel, que fuma al finalizar el almuerzo. Como está de espaldas no ve que perro levanta una pata y se orina, con una mueca que recuerda la sonrisa torcida de un chucho de dibujos animados, en las llantas de una bicicleta de montaña hecha de materiales más adecuados para quienes practican de verdad el ciclismo.

Pienso en todo ello mucho antes de llegar a la verja, cuando recorremos el camino que ha escogido Ángel hasta que el barro nos llega a veces al tobillo. No hay más remedio que apearse de la bici y continuar a pie.

Tal vez los ladridos de perro en la iglesia sean su forma de advertirnos que tomamos el sendero equivocado. Pero resulta que no: al cabo de una hora larga alcanzamos, agotados, la dichosa verja.

Ángel busca aún la forma de llamar, y yo paseo la vista a mi alrededor, aguzando la mirada.

El pointer no asoma el hocico por ninguna parte. Debe de haber ido a buscarse otro compañero de viaje al pie del puente de piedra. La intuición me dice que ese puente es especial, y que no sólo por el hecho de ser lo que es (un puente) simboliza el paso a otro… Ángel me distrae dándole una patada a la verja. Y yo miro y miro, pero no encuentro a perro.

Una motosierra sepulta el canto de los pájaros, el rumor del viento, de las hojas que mueve, así como el silencio ruidoso de los pensamientos.

rumbo a avalón

rumbo a Avalón

… Entonces sir Beduier cargó al rey a cuestas y se dirigió a la orilla. Y cuando alcanzaron la orilla vieron una modesta falúa con varias damas de gran belleza a bordo, y había una reina entre ellas, y todas iban cubiertas con rebozo negro, y al ver al rey Arturo lloraron y gimieron de pena.

—Embárcame en esa falúa —ordenó el rey, y eso fue lo que hizo Beduier [Bedevere, Bedivere, Bedwyr] con gran cuidado. A bordo lo recibieron tres reinas con grandes muestras de dolor, y lo tumbaron en la madera, y fue en uno de sus regazos donde el rey Arturo apoyó la cabeza.

—Ay, querido hermano, ¿por qué te has demorado tanto? Mucho me temo que esta herida tuya se ha enconado —lamentó la reina.

Sir Bedivere vio alejarse a las damas mientras se apartaban de la orilla a fuerza de remo. Entonces exclamó:

—Ay, mi señor Arturo, ¿qué va a ser de mí ahora que os alejáis, dejándome aquí solo y a merced del enemigo?

—Ten coraje —respondió el rey—, y sé tan verdadero como puedas, pues ya nadie puede depender de mí. Me dirijo al valle de Avilion [Avalón] para sanar de mi dolorosa herida. Y si nunca vuelves a oír hablar de mí, reza por mi alma.

Las reinas y damas no habían dejado de derramar sus lágrimas, tales eran sus muestras de dolor que resultaba penoso oírlas. Y en cuanto sir Beduier perdió de vista la falúa, lloró y se lamentó …

Cutler, U. Waldo, Stories of King Arthur and his Knights. George G. Harrap, Londres, 1905.

libro II: el vientre de la ballena

… Porque nadie en su negro bajel pasa aquí sin que atienda
a esta voz que en dulzores de miel de los labios nos fluye.
Quien la escucha contento se va conociendo mil cosas …

libro II, en el vientre de la ballena

Odisea, de Homero

esmaltes, azur

Sigo trabajando un poco la subcategoría de Artúrica dedicada a la Heráldica con una serie de breves apuntes sobre esmaltes y metales, con tal de disponer en el futuro de las herramientas necesarias para afrontar una explicación del blasón. Hoy le toca el turno al azur heráldico, esmalte (o sea, color) que en definitiva corresponde al azul de siempre. Pero antes de repetir definiciones voy a ceñirme al plan de recurrir a la definición de la RAE:

azur.azur

(Del fr. azur).

1. adj. Heráld. Dicho de un color heráldico: Que en pintura se representa con el azul oscuro, y en el grabado, por medio de líneas horizontales muy espesas.


Tal vez las líneas del diagrama de la derecha no sean «muy espesas», pero sirve para haceros a la idea. Doy gracias al usuario de Wikipedia que ha realizado estas ilustraciones y ha renunciado a sus derechos de autor para que todo el mundo pueda utilizarlas sin permiso previo, por lo mucho que me facilita estas entradas.

Su significado emblemático pretende abarcar los siguientes valores: nobleza (por algo es el color de la realeza francesa, o de la orden militar inglesa de la Jarretera), caridad, templanza, tesón, belleza, piedad.

Nada menos que el rey Arturo (en una de las versiones de su escudo más extendidas) tiene el campo del blasón en azur, y también su hermano de leche, sir Keu [Key], el senescal, e Yvaín [Yvain], el llamado caballero del león, protagonista de la novela de Chrétien de Troyes Li chevaliers au lion (Yvain).

Como es costumbre menciono que el Wikiproyecto (http://tinyurl NULL.com/275gj3c) de ilustración/taller de Heráldica ha establecido las siguientes convenciones para el azur, equivalencias en código HTML y en el modelo RGB:

HMTL: #0071bc
RGB: 0;113;188

Y listo a continuación los enlaces de entradas relacionadas con esmaltes y metales, por si fuera necesaria una referencia rápida:

howard pyle

The Nation Makers

Supongo que no sólo sería justo considerar a Howard Pyle, nacido en los EE.UU., en el estado de Delaware, el padre de la ilustración norteamericana (como suele considerársele), sino también un cruce de caminos en el campo al que dedicó su carrera.

Hijo de una familia de cuáqueros, Pyle alcanzó un relativo éxito tras mudarse a Nueva York para ampliar estudios a los veintitrés años y, tal como hicieron muchos artistas de la época, buscar trabajo en el terreno de la ilustración con tal de financiarse la carrera de pintor. No tardó en recibir encargos de las principales publicaciones del momento, entre las cuales encontramos Cosmopolitan, Harper’s Weekly, Harper’s Monthly y Scribner’s.

Regresó a su estado natal con una idea bastante aproximada de las exigencias que imponía el mercado, y también de la que se avecinaba: Pyle preveía que en un futuro no muy lejano habría una amplia demanda de ilustradores debida a los avances de las técnicas de impresión y la proliferación de publicaciones. Dichos ilustradores necesitarían dominar un amplio espectro de técnicas y herramientas, ser auténticos hombres del Renacimiento. ¿Qué fue lo que hizo?

Howard Pyle en 1897Se puso a dar clases. Dicen que nunca cobró un céntimo de dólar por enseñar. No sé si será verdad, pero qué diablos, a mí me parece una buena historia.

Una de las cosas que más sorprenden es pensar en la cantidad de buenos artistas que se formaron bajo la tutela de este señor en lo que se vino a conocer como la Escuela de Brandywine. Tenemos, claro está, a N.C. Wyeth, de quien ya escribí algo en una entrada anterior, pero también nombres tan conocidos como Maxfield Parrish y Frank Schoonover. No sólo artistas masculinos, puesto que del centenar de ilustradores que pasaron por sus manos el cuarenta por ciento fueron mujeres (destacan Elizabeth Shippen Green, Violet Oakley y Jessie Wilcox Smith, trío conocido por el apodo «The Red Rose Girls»), y eso que por aquel entonces no era habitual que las mujeres estudiasen para convertirse en ilustradoras comerciales.

Cuentan que Vincent van Gogh coleccionaba recortes de las ilustraciones que Pyle publicó en Harper’s.

Aparte de su faceta de profesor, como profesional dominaba diversas técnicas. Era capaz de imprimir una gran fuerza a las imágenes (basta con ver la que encabeza esta entrada), y como ya va siendo hora de incluir alguna más hay que admitir que las suyas de piratas son bastante famosas.

Abandonado, de Howard Pyle

También escribió, y mucho; empezó con un libro estupendo dedicado a Robin Hood que aquí publica Anaya en la colección Tus Libros, y con el tiempo se dedicaría a reescribir las aventuras que nos ocupan, las del rey Arturo y sus caballeros. Lo hizo con la pasión y el vigor que lo caracterizaban, libros para jóvenes, rebajando tal vez el tono de los temas más comprometidos del ciclo, pero contando la historia de principio a fin, influenciada por la tardía versión de sir Thomas Malory.

  • The Story of King Arthur and his Knights, 1903
  • The Story of the Champions of the Round Table, 1905
  • The Story of Sir Launcelot and his Companions, 1907
  • The Story of the Grail and the Passing of Arthur, 1910

Iseo la Rubia, de Howard PyleY lo mejor de todo es que estas novelas, cuyo lenguaje no era precisamente fácil (corrían otros tiempos y los jóvenes no temían, supongo, enfrentarse a lecturas difíciles), incluyen abundantes ilustraciones suyas, y así fue cómo nos legó retratos de los personajes principales, de Lanzarote, de Galván, de Tristán de Leonís, por citar algunos. Y también el de Iseo la Rubia, que incluyo.

Ya veterano, decidió que poco iba a aprender donde vivía, razón por la que embarcó a toda su familia en un viaje que lo llevó a conocer y estudiar en profundidad a los grandes maestros clásicos. Murió en Florencia en 1911. No había cumplido los sesenta años, pero había dejado un legado que aún hoy, tras varias generaciones, perdura.

Como viene siendo costumbre, reservo este espacio final para advertir a los fieles de la búsqueda de la fabulosa Bestia Aulladora que ésta no será la última entrada que dedique a mostrar la parte artúrica de la obra de este gran ilustrador.

la post-vulgata

Recuperada gracias a las versiones española y portuguesa (a pesar de lo cual no se conserva intacta), la Post-Vulgata se escribió poco después de la Vulgata, en torno a 1230-40.

Al contrario de lo que indica su nombre no se trata de una continuación, pues el ciclo artúrico concluye con la muerte de Arturo y el fin de la edad de oro de la caballería, por mucho que otros autores modernos se hayan esforzado en ir más allá.

caballero lanza en altoLa estructura de la obra recuerda la de la Vulgata, pero en realidad, para resumirlo, se trata de una reescritura que obvia el relato de Lanzarote, la parte principal de la obra original, en su empeño por bascular el protagonismo del romance entre la reina Ginebra y el caballero de Gaula a la figura del rey Arturo, con objeto de restar importancia a la relación adúltera y concentrar la atención del lector en el santo Grial.

Se reconocen las siguientes partes: Historia del santo Grial, Historia de Merlín, Demanda del santo Grial y La muerte de Arturo, ésta última muy retocada respecto a su equivalente de la Vulgata.

La estructura de la Post-Vulgata es más compacta, pero su estilo y el fondo carecen de la riqueza narrativa de la obra que reinterpreta, quizá por los temas que evita, por la ausencia del juego que deriva de la relación, el contacto, entre los motivos paganos y los sacros, por el énfasis en el hecho de que todo lo malo que sucede supone un castigo divino por los pecados, se cometan aposta o involuntariamente.

ni una hoja

…la orilla

la orilla

l a  o r i l l a

la orilla

El último trecho lo cubre a rastras. Es como si no pudiera mover las piernas, como si se hubiera quedado paralizada de cintura para abajo. No se vuelve para mirarme. Ni me pide ayuda. Tan sólo avanza, y en su lento progreso leo el afán que tiene de vivir.

Hemos superado la línea que dibujan los árboles y ni siquiera nuestros pasos se dejan oír en la playa de guijarro. Alguien le ha quitado el volumen a este lugar. Pruebo a gritar su nombre, pero no se oye nada. Nos hemos convertido en personajes de una película muda.

Vuelvo la vista. En el albor del bosque es una sacudida breve que pronto se abre paso a través de los últimos árboles. Ahí está, asomando la cabeza de la negrura verde, la serpiente que he conjurado en este segundo sueño. Parece salida de un bestiario de criaturas fabulosas. Cuando la vegetación cede ante su fuerza, reparo en las patas delanteras, que son las de un ciervo. Poco después la piel de reptil se funde con el pelaje manchado de un leopardo.

A la bestia le acompaña una multitud de ladridos que le salen de dentro. Eso despierta en mí el recuerdo de una lectura, un texto breve, unas líneas entreveradas en las hojas de una playa virgen, leídas al amparo de una sombrilla.

El miedo tiene la sorprendente capacidad de paralizarlo todo, y mientras la bestia se nos acerca siento como si algo me tirase hacia arriba del pescuezo, como si un par de dedos enormes me pellizcaran dispuestos a arrancarme al alma.

Lo sé. Piensas que en sueños así la impresión es tal que tu cuerpo hace que despiertes. El ritmo cardíaco se te acelera, o tu organismo segrega alguna sustancia que hace que abras los ojos. Pero no se trata de una pesadilla normal. Y en realidad eres tú el responsable de todo. Es decir, tú, y no yo, eres quien la ha llevado casi a rastras hasta esa orilla que antes no pudiste encontrar.

Tú eres quien se ha vuelto a mirar si os seguían. La línea de los árboles tiene un color verde oscuro, y de ella ha salido… Bueno, tú ya sabes qué es. Lo sabes porque lo leíste en esa playa, de niño, por mucho que al despertar no lo recuerdes. Se te acerca con su cuerpo a medio camino entre el leopardo y la serpiente. El sapo que lleva atrapado en la lengua bífida acaba engullido sin más, y en sus ojos no ves mayor maldad que la inmanente a la naturaleza.

Quieres mirarlas a ambas. La bestia. Tu amiga. No perder detalle. Pero no puedes porque, mientras retrocedes paso a paso, las manos crispadas en el aire, los brazos separados del cuerpo, tu mirada no puede abarcarlas. Por fin, cuando te das la vuelta, ella no está.

A tu lado, a cierta distancia, la bestia toma unos sorbos de agua en la orilla. Luego se vuelve hacia ti y te mira unos instantes. Te preguntarías si son los últimos de tu vida si no te hubieras convertido en algo que no has sido nunca: un trozo de carne sin voluntad.

Se vuelve en dirección al bosque, sacudiendo lo que se antoja una cola de león.

Casi es de noche cuando se sienta al pie de los árboles, medio vuelta hacia un lado. En la oscuridad sus ojos son negros abismos cegadores. Poco rato después, siglos tal vez, echa una última mirada mientras voltea la cola sobre el cuerpo, se incorpora, y, cuando crees que te ha llegado la hora, se da la vuelta y se adentra de nuevo en el bosque, la Bestia Distinta, la Bestia Aulladora, la Bestia Ladradora.

Poco a poco vuelves en sí. Como mínimo vuelves a ser algo que se te parece. Abres los ojos.

Despiertas creyéndote a salvo, hasta que recuerdas lo que dejaste en el camino.

Y cuando vuelvas no olvides que ahí en la orilla, la orilla vacía donde ni siquiera se distinguen sus huellas, las pisadas de ella, el rastro de tu amiga la escultora, cuando la bestia sorbió el agua del lago no se oyó un solo ruido.

No se movió ni una hoja.

fin del Libro I, en la linde del bosque

FIN del libro I: en la linde del bosque
libro II: el vientre de la ballena, 23 de mayo de 2010