Archivos del Mes para Noviembre, 2010

oídos que no atienden

El silencio es la superficie sobre la que se escribe esta historia, y en él habita un anciano pescador que no vive muy lejos de las aguas de un río. Cerca, sentado en el suelo, se encuentra el joven extraviado. Y también están el bosque que los envuelve, el fuego que les proporciona calor en la noche y el cielo estrellado en lo alto. Debajo, la tierra húmeda.

—Veo que mis palabras no te sorprenden.

Pero el joven extraviado no habla.

—Todo tiene que terminar —asegura el anciano pescador con tono resignado, mientras señala con la pipa el firmamento—. Incluso esas luces que parecen eternas se apagan tarde o temprano.

Pero el joven extraviado no contesta.

—Tal vez ha llegado el momento de que afrontes la verdad.

Pero el joven extraviado, a quien el anciano acaba de revelar que está muerto, se levanta, se sacude del calzón la hojarasca y la tierra, y se aleja por el sendero que lleva a la cabaña antes de que las explicaciones puedan abrirle los ojos a una verdad que no quiere ver. Aún es pronto y empieza a recordar lo que le supuso la locura y la muerte. Lo hace poco a poco.

El anciano, distraído, sacude la cazoleta antes de llenarla de nuevo, lo que en él precede siempre a una nueva revelación. Por tanto no le oye alejarse. Tose e introduce la mano en el saquito donde guarda el tabaco. Y dice:

—Ha habido un cambio de tiempo. Lo que fue pasado se ha convertido en presente. La muerte no repara en tiempos verbales.

Pero está solo. Nadie le escucha.

El silencio es el lienzo sobre el que se escribe esta historia, y en su superficie se extienden las palabras que pronuncia el anciano. No aparta la vista del cielo e ignora que está a solas. Sigue hablando y contando cosas que nadie atiende. Habla, por ejemplo, de las estrellas y las constelaciones. De su razón de ser. Las enumera, las describe, las fragmenta mediante palabras hasta que toda su luz lejana adquiere la calidez de un millar de soles.

—Puesto que eso es lo que son —dice tras exhalar una nube de humo blanco que se abre como una flor.

Pero nadie escucha sus historias. No existen más allá de él.

No nos alcanzan.

tránsitos

Sueña que sueña que sueña. Es tarde y apenas ha entrado en calor después de que el anciano pescador lo rescatara frente a la puerta del cobertizo. El joven extraviado no da explicaciones, pero el anciano cree entender lo sucedido. No todo, por supuesto. Una parte.

Después del rato que pasa junto al anciano ante el fuego, se tumba a dormir y una lluvia de chispas caída del cielo anuncia la llegada del sueño. Es un sueño dentro del sueño dentro del sueño, como cuando se vio una vez en un espejo, en Otro Lugar, y su reflejo se multiplicó al verse reflejado a su vez en otra superficie cristalina.

Y así su imagen se convirtió en miniatura.

Sueña que sueña. En el sueño se suceden las escenas, episodios de un cuento compartido alrededor del fuego. Reflejo de un arte secuencial, su sueño es un retablo de imágenes yuxtapuestas cuyo orden de lectura no obedece a una única dimensión. No sigue un único sentido. En ese retablo de onírica, lo extraño se convierte en objeto de estudio.

Sueña.

En el sueño. Dentro de él. Visto desde fuera. Por debajo, de través. Situado en un punto ideal, inmóvil, sin que el correr del tiempo, el viento, los huracanes, lo muevan un ápice de su posición. Es espectador y a veces parte.

La ve entre una y otra lluvia de rayos gamma. La contempla mientras se mueve en su prisión de aluminio. Unos brazos la separan de sus escamas, distancia que cubre sobre dos ruedas entre gruñidos y chirridos, entre el eco fantasma de los gemidos que ambos alumbraron a la sombra del amor.

Y el sueño se rompe. Y cuando regresa es de día. En el sueño.

O en la realidad.

saltopyle

El anciano ha encendido la pipa de barro. El aroma del tabaco perdura en el ambiente y alivia el corazón. Lo impregna todo de tal modo que el frío abandona al joven extraviado.

—Verás —revela el anciano con tono conciliador tras un rato de silencio—. El problema es que has muerto.

historia de los reyes de Bretaña

Por Sergio Escuriet.

Historia Regum Britannie, edición de Neil WrightHistoria Regum Britanniae es la referencia más antigua de la materia de Bretaña. Fue escrita por Godofredo [Geoffrey] de Monmouth hacia el año 1135 o 1138, en pleno origen de la Anarquía, y debe interpretarse tanto en clave política como en clave artúrica.

El propósito de Godofredo de Monmouth es dual. Por un lado, justifica la invasión normanda, proyectándola como una liberación y no una conquista, para lo que traza la línea histórica de los reyes de los britanos desde Bruto, bisnieto de Eneas de Troya, hasta Cadvaladro, último rey britano, quien abandonó la isla para asentarse como sus antepasados en Armórica (antiguo nombre de la Bretaña francesa), a pesar de que moriría en Roma después de recibir la tonsura de manos del papa Sergio.

Pero también Monmouth toma claramente partido en el enfrentamiento entre el rey Esteban de Inglaterra y Matilde de Bolonia, a favor de esta última, ya desde la dedicatoria que hace a Roberto, duque de Gloucester, hermano bastardo de Matilde. Más que un normando, Esteban era considerado un franco, pues era hijo del conde de Blois.

Las fuentes de las que bebe Godofredo de Monmouth para trazar la dinastía de los reyes britanos son varias, pero principalmente se basa en De excidio et conquestu Britanniae, de Gildas, y en Historia ecclesiastica gentis Alglorum, de Beda. También utiliza como fuente la Historia Britonum, de Nennio. Aunque ninguna cita explícitamente a Arturo, merecen capítulo aparte. Otra de estas fuentes, tal vez la más importante, la constituyen las tradiciones orales celticas. No olvidemos que Monmouth, pueblo natal de Godofredo, está situado en Gales, crisol del folclore que posteriormente adoptó la Materia de Bretaña.

Historia Regum Britanniae, la «obrita» —como Godofredo de Monmouth la denomina—, consta de 200 páginas (Historia de los reyes de Bretaña. Alianza, 2004) y arranca con una descripción de la Isla de Bretaña como si de un paraíso terrenal deshabitado se tratara, recurso muy utilizado por los eclesiásticos metidos a escritores. Consta de cinco partes bastante definidas:

  • Los orígenes, o de cómo Bruto llego a Britania y lo que aconteció a sus descendientes.
  • La conquista romana y sus sucesivos gobernadores.
  • Los barbaros, con Vortiger [Vortigern], el rey traidor, como tema principal.
  • Los Grandes Días de los reyes britanos, con el clímax artúrico como eje central.
  • La caída del imperio britano, con las pertinentes explicaciones de los grandes pecados cometidos por los últimos reyes britanos y de cómo Dios los condenó a perder el paraíso britano.

En clave política es interesante observar que, según Godofredo de Monmouth, durante el periplo o epopeya de Bruto después de partir de Troya, uno de los lugares donde atraca con sus guerreros es en la desembocadura del Loira, a los pies de Bretaña y en lo que en el futuro sería parte del ducado de Normandía, Allí, después de batallar contra los galos, deciden volver a embarcarse, conscientes de que el número de sus enemigos no cesa de aumentar y de que, a pesar de las derrotas infligidas, estos no parecen dispuestos a permitir que los invasores troyanos ocupen sus tierras.

Tras dejar la Galia, las naves troyanas llegan a una isla habitada por gigantes que son rápidamente eliminados. El lugar se llama Albión, y sus tierras se distribuyen rápidamente entre los diferentes caudillos troyanos, que la rebautizan Britania en honor a Bruto. Bruto busca un lugar para establecer su capital, y lo encuentra en uno de los meandros del río Támesis, donde funda Nueva Troya, posteriormente conocida como Trinovanto, hasta que Lud, hermano de Casivelauno, que combatió a Julio César, cambia su nombre por el de Kaerlud («Ciudad de Lud»).

La epopeya de Bruto y sus guerreros troyanos finaliza con un reino establecido en un paraíso terrenal y con el rey repartiendo sus tierras entre sus tres hijos Locrino, Albanacto y Cambro. A la muerte de Bruto, el reino se divide de esa manera, y Locrino obtiene la mitad de la isla, que desde entonces se conoce como Logres; a Cambro le tocan las tierras mas allá del Severn, conocidas desde entonces como Cambria, y Albanacto ocupa los territorios septentrionales, Albania o Alban, nombre antiguo de lo que hoy conocemos como Escocia.

Y de lo que sucedió después hablaremos en otra entrada.

la forjadora

Asomó la cabeza por el extremo de una hilera de cosas apiladas y la vio allí, de pie en el cobertizo que era como el desván de un cuento. El joven extraviado se apoyó el objeto metálico en los pies, sin soltarlo, y la miró con los ojos muy abiertos.

La mujer hablaba sola mientras recorría con los dedos la superficie de una armadura. ¿Qué más necesita?, se preguntaba. Qué otras cosas puedo añadir.

La contempló fascinado, rendido ante el embrujo de los pies descalzos que se movían alrededor de la panoplia. Ante sus ojos ella hacía y deshacía con la ayuda del buril, el martillo y el fuego de una forja chica que se extinguía una vez utilizado, para después avivarse en cuanto lo necesitaba. Y porque las cosas físicas se hacen una después de la otra, ella…

Golpeaba, grababa, calentaba, moldeaba, fundía y soldaba.

Cuando no, obraba también de forma mágica. No sólo por la luz que permanecía flotando suspendida sobre ella, sino por las veces que repasaba con la mano las imperfecciones, quejándose de ellas en voz alta, aplaudiéndose a continuación tras hacerlas desaparecer. El metal reflejaba diversas tonalidades, pues no se mostraba convencida de su obra en ese detalle concreto, el color.

—Tengo que verla con luz natural —decía. Y entonces la luz experimentaba un cambio significativo, se contraía o expandía, y adoptaba otro color hasta convertirse en un sol diminuto que se había hecho a sí mismo. Y porque las cosas mágicas no siguen un orden, se encabalgan y son una melodía compleja, ella…

Tejía e imbricaba, engranaba y urdía, tramaba y fraguaba.

La miró embobado, atento a cosas que no había visto jamás o que tal vez había olvidado. Las puertas que dan a otros lugares; lo que creemos haber vivido con anterioridad; lo que nos llama la atención y nos parece mágico. La miró aturdido, haciendo oídos sordos a lo terrenal. Las puertas que no conducen a nada. Lo que hemos vivido con anterioridad y desearíamos dejar atrás. Lo que no tiene nada de extraordinario. Lo mundano.

En ese hechizo quedó suspendido el paso del tiempo.

—¿Qué habré olvidado? —se preguntó ella—. ¿Qué le falta?

La vio mirar a su alrededor, dar un giro contrario a las agujas del reloj hasta quedar de espaldas a la panoplia y clavar sus ojos en él, en la esquina desde donde la observaba. No debía de verlo porque aquella luz probablemente la cegaba.

—¿Qué haces tú aquí? —preguntó en el silencio, transformada la voz, ahora ronca, aterradora—. Devuélvemelo.

El joven extraviado se dio la vuelta y salió huyendo, lejos de la luz. A cada tropiezo, cada vez que se golpeó con algo y cayó desorientado, se esforzó en recordar que no hallaría cobijo ni consuelo en el interior de aquel lugar oscuro, que ella lo perseguía, que lo increpaba en la distancia con la voz cruel de una pesadilla.

Con esa voz formuló preguntas que ningún oído quiere escuchar. Pero las preguntas quedaron en el aire, insatisfechas.

Salió de allí y cerró el cobertizo con los gritos dentro. Recostó la espalda en la puerta y se dejó caer en el suelo. A su lado lo hizo el objeto, con ruido de metal.

Pasa el tiempo. Anochece.

Las estrellas le sugieren historias fabulosas mientras desfilan en el firmamento como nubes de luz.