Archivos del Mes para Abril, 2010

esmaltes, sinople

Después de las entradas dedicadas a introducir la subcategoría Heráldica (escudo, blasón y regiones del escudo), que iré completando con el tiempo hasta que este espacio cuente con un breve conjunto de textos que sirvan de explicación del blasón, paso a la descripción de los distintos esmaltes (colores) y de los metales que los complementan. Para ello me serviré de las definiciones del Diccionario de la RAE, y después completaré la información con la carga emblemática y otros detalles. Estas entradas serán breves.

Me he propuesto dejar para el final la entrada con la lista de significados herméticos incluida en una oscura obra francesa apuntada por Juan Eduardo Cirlot en su Diccionario de símbolos (sí, soy admirador de esta obra, supongo que a estas alturas ya no sirve de nada ocultarlo). Doy por sentado que esta lista haría revolverse en su tumba a muchos estudiosos serios, ya fallecidos, de la Heráldica, y también rebullirse en su silla a los que sigan con vida, pero después de todo éste es un espacio divulgativo, y tal vez dicha información despierte la curiosidad de más de un lector.

Pero vayamos al sinople, del que nos dice el diccionario:

sinople.sinople

(Del fr. sinople).

1. adj. Heráld. Color heráldico que en pintura se representa por el verde y en el grabado por líneas oblicuas y paralelas a una que va desde el cantón diestro del jefe al siniestro de la punta.

(Recordemos que las descripciones heráldicas se hacen desde el heraldo que portaba el escudo, y no desde el punto de vista del observador. O sea, en este caso «siniestro» sería nuestra derecha, y «diestro» nuestra izquierda, tal como puede apreciarse por la caída de las líneas en la imagen. La representación en grabado es para cuando hay que ceñirse al blanco y negro, por tanto todos los esmaltes y metales tienen un equivalente en b/n.)

Su significado emblemático pretende abarcar los siguientes valores: fe, valor, amistad, respeto, servicio y esperanza.

En el Wikiproyecto (http://tinyurl NULL.com/275gj3c) de ilustración/taller de Heráldica se han establecido las siguientes convenciones para el sinople, equivalencias en código HTML y en el modelo RGB:

HMTL: #008f4c
RGB: 0;143;76

Listo a continuación los enlaces de entradas relacionadas con esmaltes y metales, por si fuera necesaria una referencia rápida:

asta de lanza

¿Un perro?

Esto lo pregunta mi madre, a quien le parece la mar de gracioso que me haya dado por meter un animal en casa.

Sabrás que no tienen botón de encendido y apagado, ¿verdad?

La conversación —mejor dicho, el monólogo— prosigue unos minutos por estos derroteros, a pesar del esfuerzo que hago por averiguar qué tal está yendo el crucero. Todos los vientos le acompañan la voz porque sopla un auténtico vendaval donde ha atracado el transatlántico. La imagino con los codos en la regala, apuntalándose como puede la pamela mientras el daiquiri tiembla en la mesita de teca, junto a la hamaca de cubierta.

Nos lo estamos pasando tan bien que aún no nos hemos decidido a desembarcar. Tu padre anda por ahí, haciendo de detective…

Resulta que a mi progenitor lo ha reclutado un grupo de viajeros que se dedica a organizar jornadas de esos juegos raros en los que aparece alguien supuestamente asesinado y los participantes tienen que resolver el caso con la ayuda de uno enterado de qué va el asunto que hace las veces de moderador. Imagino que todo se resuelve como en las novelas de Agatha Christie, con los detectives reunidos en el salón, lugar donde exponen sus conclusiones ante los presentes. Todo muy civilizado.

¿Y qué piensas hacer con él?, inquiere después de confiarme su teoría de que el mayordomo es el asesino.

Cuando comento lo del perro todos me hacen esa pregunta. Qué poca fe tiene la gente. A ver cuándo se enteran de que nada, ni nadie, es lo que parece.

Me pregunta por Julia, mi hermana. Luego promete llamar pronto, aunque será en otro puerto. Antes de colgar me dice:

Ahí viene tu padre. Míralo, el muy gañán está en su salsa.

A mí me gustaría poder decir lo mismo. No he dejado de dormir mal por las noches. En sueños mi amiga la escultora me pide que la lleve de vuelta al lago. No duermo tan poco como para que se me escape el significado simbólico de todo esto. Detrás de nosotros, los ladridos, que suenan cada vez más fuerte.

Más cerca.

Sigo suspendido en ese momento en el que no me lanzo a hacer lo que debo por la sencilla razón de que parece una locura. Es el momento de la duda, que no tarda en resolverse, pero hasta que lo hace me planteo incluso la posibilidad de visitar a uno de esos médicos que toman notas mientras te escuchan y miran el reloj. Igual me recetaría algo que me hiciese dormir como una piedra.

Puestos a hacer un repaso de los elementos, tengo un primer sueño intenso (e interrumpido); una misteriosa fotografía de cuando era pequeño; las opiniones de algunos amigos cercanos: Berto, Ángel, Clara; un misterioso perfil dibujado en las baldosas del cuarto de baño de uno de ellos; el mapa donde figuran algunos lugares de esa geografía simbólica que ilustraba al texto sobre la aventura de la ventana, y, antes de que me decida a poner palabras al segundo y más intenso de los sueños, lo que haré pronto, muy pronto, el asta que…

poste de lanza (antes fue una simple barra)Sé que no he contado lo del asta. El motivo es que de todas las cosas que me empujan a, parece la más endeble. Además, cuando lo cuento yo no tiene la menor gracia porque me limito a decir que el clavo que aguantaba la barra de la cortina por uno de los extremos cedió, y la barra acabó apoyada en el rincón. Por lo menos lleva allí siete años. Clara sostiene que no es una barra, sino el poste (así lo llama ella) de la lanza con la que debo hostigar a la bestia cuando me la encuentre en mitad del laberinto. Dice que por algo sigo sin cortina.

Cuando lo hablo con Berto, lo veo encogerse de hombros como hizo el perro cuando pinché cerca del puente. Me da la espalda y le dedica unas caricias. El pointer me lo está poniendo todo perdido de pelos, resulta que sólo le gusta el jamón serrano y me paso medio día fuera con él, llevándolo de un lado a otro.

Vale. De acuerdo. En realidad es él quien me lleva a mí.

santo patrón de la caballería

dragón de arena

Con agradecimiento a todos los trabajadores del libro, damas y caballeros andantes donde los haya.

tristán e iseo, n.c. wyeth

Después de la entrada de Artúrica que publiqué la semana pasada, dedicada a la muerte de Tristán, doy paso a esta escena feliz, obra del gran ilustrador norteamericano N.C. Wyeth.

Tristán e Iseo, según N.C. Wyeth

?errores¿

perro

Ojo. No es que no me gusten los perros (o los animales). El problema es que no sé muy bien qué hacer con ellos. La gente suele dedicarles gestos cariñosos. Debo de ser un desalmado (pensaréis). Quizá sí.

Pero yo no lo creo.

En mis historias siempre aparece un labrador de pelo negro. Es el homenaje que hago al de un amigo que ya se marchó a dondequiera que se retiren los perros buenos. Suelo ponerles Sombra por nombre, lo que también constituye un homenaje a ese animal concreto y a tantas otras cosas.

Pero retomo lo de que no sé muy bien qué hacer con ellos porque eso me lleva a la situación en que me veo inmerso.

He seguido el trazado de la costa abriendo caminos. Cuando el paseo marítimo se interrumpe, me desvío hacia el interior hasta regresar a la orilla. La operación no comporta mayores riesgos, pues conservo el mar a mi derecha. Si me adentro mucho sólo tengo que volver a él.

Hay un momento en que el granito es una certeza a lo lejos, bajo la nube gris que lo envuelve. Asoma algún edificio significativo, pero todo eso ha quedado muy atrás.

Sigo la costa cuando veo un perro a unas siete pedaladas de distancia. Surge tras las piedras que bordean el camino que separa la arena del paseo. Estira mucho el cuello y me mira. Es como si me estuviera esperando. Al pasar de largo junto a él le sonrío y vuelvo a concentrarme en el recorrido.

Es posible que no me sienta digno de tener perro («evitar» es algo muy propio de mi familia: mi padre rehuye los ascensores, y mi madre nunca ha puesto el pie en una bolera porque la sola idea de calzar los zapatos de otro la enerva); pero hay más cosas: por un lado he cometido ya el error de escribir la palabra «tener», como si fuera algo mío, y también odio con todas mis fuerzas la palabra «mascota».

Puede que sea pura cobardía. El labrador de mi amigo murió en sus brazos. A mí se me partiría el corazón. No soy lo bastante fuerte, y en la vida ya sufrimos bastantes pérdidas.

Desciendo a rueda libre por la pendiente de tierra que me lleva al acceso lateral del puerto deportivo cuando reparo en que me está siguiendo. No llevo mucha velocidad, así que aprieto un poco. No es que quiera huir de él…

O tal vez sí.

Recupero el paseo y encuentro al perro en lo alto del camino. Una vez en puerto siempre voy por abajo, junto a las fachadas de los restaurantes, pero el camino más rápido es el del aparcamiento, así que él ha tomado un atajo.

Pasa una hora y seguimos juntos. No me siento un intruso a estas alturas del año en la playa nudista porque no se ve un alma. Sentado en la arena, con la bicicleta apoyada en la enorme roca, estoy frente al mar, que hoy es un espejo. Las nubes avanzan sobre la costa.

El collar no revela ninguna información. Revuelvo la mochila y pregunto:

¿Quieres una mandarina… perro?

Diablos. Ya he cometido el error de hablarle.

pie del puente

Más adelante, pasados tres o cuatro pueblos costeros, encuentro un puente de piedra que no recuerdo haber visto ahí. Tiene la piel cubierta de esa vegetación empeñada en echar raíces en rincones insospechados.

Me acerco entre los fuertes ladridos del perro. Me doy la vuelta para ver qué le pasa. Entonces pincho. Vaya si pincho. Pero de verdad. Un pinchazo de libro de texto.

El silbido del aire da paso a los tacos de rigor. No llevo ni parches ni cámara de repuesto. Sí, lo sé. Las aventuras comportan riesgos, y ésta la he emprendido con la despreocupación de un insensato. Le digo al perro:

Ya me contarás tú cómo coño vuelvo a casa.

Él me mira con la cabeza ladeada y la lengua fuera. Luego hace como que bosteza. Después, palabra de honor…

Después vuelve fugaz la vista atrás, en dirección al granito, y cuando me encara de nuevo hace un gesto inconfundible.

Inequívoco.

Se encoge de hombros.

velas blancas, velas negras

La muerte de Tristán

La historia de Tristán e Iseo [Isolde], una de las tramas principales del ciclo artúrico, merece una entrada extensa. Antes de abordarla me gustaría elaborar un resumen de la obra sin extenderme mucho en los pequeños detalles, hablar de las distintas versiones, y comentar también, aunque sea en lo superficial, sus antecedentes. Todo esto queda pendiente para más adelante.

Consultaba la documentación, queriendo dar con un punto de acceso, cuando he recordado el final (en realidad existe otra versión de su muerte) del caballero de Leonís, Tristán [Tristram], en cuyo blasón figura un león rampante en oro sobre campo de sinople. En proezas y hechos de armas sólo se vio superado por el propio Lanzarote del Lago [Lancelot du Lac].

Eso dicen. Hay quienes lo ponen en duda.

Cuentan que Tristán se casó con Iseo de las Blancas Manos [Iseut de Blanchemains] por el solo hecho de llamarse como su enamorada, quien, por estar comprometida de antemano con el rey Marco, tío de Tristán, tuvo que casar con él. Tras la boda, Tristán hizo promesa de no poner la mano encima a su esposa durante un año.

Estaréis pensando: «Menudo lío de Iseos…»

En esas estaba Tristán cuando, durante una aventura en la que ayudaba a su cuñado Kaherdín, sufrió una grave herida de lanza. Lo peor no fue el corte, sino el veneno con que el adversario había emponzoñado la punta.

La herida se enconó.

Como nadie lograba curarlo, enviaron mensajero a Iseo la Rubia, pues era de todos sabido que poseía mágicas dotes curativas. La idea era que la embarcación en que viajara envergase velas blancas si ella iba a bordo, o negras si no habían podido dar con ella o no había accedido a ayudar a su antiguo amante.

Por fin la nave asomó por el horizonte, y Tristán, moribundo, acompañado por su esposa, preguntó de qué color eran las velas que caían de las vergas.

Aguijoneada por los celos, Iseo de las Blancas Manos respondió que negras.

Y Tristán, desesperado, murió padeciendo dolores terribles. Cuando desembarcó Iseo la Rubia, enterada del final de su amado, se llegó a su lado y murió de pena sobre su cadáver.

a rueda libre

rueda delantera glatissantSentado con los pies en la mesa, la vista en lo alto. Entra tal luz que distingo la negritud intermitente que bordea el punto de encuentro entre el techo y las paredes necesitadas de pintura.

Hoy no me gusta nada mi vida. Lo que hay fuera, lo que existe más allá de esta barrera, es un silencio que se convierte de pronto en el gemido espectral que corre de noche en un puerto, la certeza de una aventura irresistible.

El exterior es una promesa de puro diamante.

Tentadora, juguetona, una textura de ala de mariposa permanece suspendida entre el televisor y el mueble que le sirve de sostén. El tono pardo de la madera se aclara y me zambullo en la plenitud irisada. La vida ya no parece tan mala. Es en la luz inmensa que renazco.

Emprender la huida. Franquear, atravesar, salir. Y cuando la trayectoria que traza el agua de la fuente me hace de cataviento sé que estoy a punto de abandonar los límites que me impone este granito. A partir de ahora ya no debo atenerme a tanta norma. Son mis piernas que me sirven de impulso. La mente se vacía, sólo existen el siguiente obstáculo, el cálculo constante de las distancias que separan a los cuerpos. A mi derecha ruge el mar, rompe el mar, se rebulle el mar, y yo vuelvo a donde debo, a su lado. No en el mar, sino cerca. Próximo de su luz, que refleja, de sus colores, que irradia. Cerca de su promesa que es tumba, de lo bueno y de lo malo. De la vez que chapaleé en su orilla de lágrimas primeras, y también de las risas: los juegos en el mar. Con ella. Cuando no sólo el agua era salada, también lo era su piel.

Es en la superficie del mar, en el guiño fugaz del millar de flashes que la recorren como al inicio de un encuentro deportivo, que entreveo la sonrisa de ella, hurtada por el paso del tiempo, ya disfrazada la memoria de mentira.

Es en el viento, en la inercia del pedaleo, en la atención que presto al siguiente obstáculo, que hallo por fin el silencio anhelado. El vaivén me ha revuelto el pelo, tengo tal cara de velocidad que se me han afilado los rasgos (no, la nariz no), y a estas alturas ya visto manga corta. Estoy en tensión cuando afronto el descenso. Preveo barro, los charcos de otras lluvias, pero qué importa. Ganaré impulso y descenderé a rueda libre. Cuando superas los treinta y largos cualquier cosa se convierte en una herida de guerra: las manchas, los roces, la piel que levanta una caída, la abrasión del terreno y las cicatrices que no desaparecerán, todas preferibles a otras heridas más hondas que no se curan por mucho que vivas subido al sillín. Pedaleando.

detalle bici glatissantLa bicicleta no es mía. Es un préstamo de Berto. Me confiesa tras un incómodo silencio que no está muy seguro de que le haya puesto al corriente de todo. Tal vez el vino tenga la culpa de que me sincere con él, a pesar del temor de decepcionar a Clara (perdóname).

¿Tiene que ver con ella? (pregunta Berto) ¿En el sueño la acompañas al lago?

Más bien la arrastro.

Respondo en voz tan baja que apenas me oye. Berto, amigo mío, ese corcel tuyo de aluminio me ha cambiado la vida. Quiero que lo sepas si es que tus letras te dejan ver las palabras. Cuando estoy a disgusto con lo que me rodea me aprieto como puedo la armadura y marcho sobre dos ruedas. Voy solo, dispuesto a guardar cualquier puente porque busco riña. El sol danza en el metal, y cuando cae la noche me aplico piedra pómez en los callos de la mano. A mi vuelta soy otro: bronceado, más rubio, un milímetro más delgado, medio centímetro más alto de lo que me engallo. Un jodido dios dorado que debe los andares de vaquero al incómodo sillín.

Primero a la derecha, después a la izquierda con un viento que ha mudado la piel, está la mar que ruge, y que rompe y que se rebulle, y que muere en tierra pero renace al apartarse, blanca, de ella. Sé que tendría que haberla olvidado. Pero siempre vuelve a esta orilla.

¿Cómo desterrar lo que has amado?

ese buen caballero

Robert Kennedy Duncan

Juzgamos imposible alcanzar el conocimiento absoluto de la constitución última de la materia. La ciencia es como Palamedes [Palomides], ese “buen caballero” de la novela artúrica que perseguía a la bestia llamada Glatissant.  Ésa era su demanda, como tal inalcanzable; no obstante, cumplir con ella era su empeño, y se aplicaba con denuedo a la labor, a pesar de las cuitas y distracciones que pudieran surgirle en el camino. La naturaleza última de la materia es la demanda que persigue la ciencia.

Kennedy Duncan, Robert, Some chemical problems of today. Harper & Brothers, Nueva York, 1911.

pliegues entre aguas

Nos hemos regalado sendos filetones en nuestro Día del solomillo, jornada no apta para vegetarianos con la que celebramos la llegada de la cuaresma. Clara ha preferido quedarse en su casa, cuidando de los niños; del grande, y también del otro, el pequeño.

Tal vez el baño del piso de mi amigo Berto (a mí me gusta la palabra «escusado») sea el rincón menos agradable. Estoy sentado en el retrete a instancias suyas, conste: Ni se te ocurra hacerlo de pie porque hoy he fregado, me ha advertido como si coger la fregona fuera algo que no hiciese con la deseada regularidad.

Mientras repaso con la mirada las feas aguas que surcan las baldosas del suelo, deseando ver en el perfil que me ha señalado Berto cualquier otra cosa —por ejemplo una jirafa, o un elefante («no todos los días aparece un elefante en nuestras vidas», afirma Saramago)—, dirijo hacia otro lugar la poca sangre que no ha decidido abandonar el cerebro rumbo al estómago y su digestión.

Nos conocimos en Grrr (http://www NULL.grrr NULL.ws/filosofia NULL.php), un colectivo de grafistas de marcado carácter iconoclasta que, con el tiempo, ha ido convirtiéndose en otra cosa, no necesariamente mejor o peor. Aunque es tipógrafo, para ganarse la vida diseña desde catálogos de tornillos hasta lo que los anglosajones llaman stationery. Es un tipo alto, grande como un oso, que iba para ala pívot hasta que una fractura de tobillo lo apartó de la cancha cuando casi había metido una de sus enormes zarpas en lo que él denomina, con cierta amargura, siempre con voz queda, las «ligas mayores». Tiene el cabello negro, crespo, y la pereza le impide afeitarse más de una vez por semana, de modo que lo habitual es verle rasposa la cara de pan, donde destacan los ojos, perpetuamente agrandados por el asombro que le producen el mundo y sus cosas.

Berto es de esa gente a la que encorva su propia altura, y siempre anda por ahí con la bolsa de mensajero a cuestas, el ordenador portátil dentro, haciendo fotografías de paredes donde la lluvia, la acción del hombre y un sinfín de carteles superpuestos han dado pie a «texturas bizarras» que aprovechar en futuros proyectos.

Con media botella de vino en el estómago, todo lo que le cuento no le causa el asombro necesario para evitar que la modorra le entorne los ojos. Sentado en el sofá, es un Nerón moderno que ha olvidado momentáneamente las ganas de prender fuego a una ciudad, la nuestra, que cada día que pasa nos resulta más ajena. De pronto parece espabilarlo el borboteo de la cafetera.

Al volver de la cocina se dispone a darme su opinión acerca del primer sueño, cuando recuerdo el extraño perfil que he visto dibujado en el cuarto de baño.

Antes de entrar allí, justo antes de recordarme que ese día ha fregado, Berto apoya la mano en mi hombro y, en tono de confidencia, más encorvado de lo habitual, me dice mientras enciende la luz y señala los pliegues que forman las aguas:

Mira, es Merlín visto de perfil.

perfil de Merlín

regiones del escudo

Voy a incluir un par de apuntes más antes de pasar a la descripción de esmaltes y metales, para cuando deba referirme a esta entrada en las definiciones que surjan más adelante. Intentaré enlazar entre sí todos los documentos de la categoría Heráldica para que su consulta sea lo más efectiva posible y sirvan como explicación del blasón.

Hay algo importante que destacar, y es que en Heráldica las descripciones de los elementos que conforman el blasón se describen desde el punto de vista del heraldo que llevaba el escudo ante sí, para mostrarlo a los espectadores del evento que fuera. Por tanto, la siniestra no es nuestra izquierda, sino la parte izquierda del escudo.

El campo del escudo se divide en cinco regiones que surgen del trazo de cuatro líneas, dos verticales y dos horizontales:

  • regiones del escudo Jefe (parte alta) —2
  • Flanco diestro (izquierda del observador)
  • Centro (llamado también «Corazón» o «Abismo») —5
  • Flanco siniestro (derecha del observador)
  • Punta (parte inferior) —8

De estas regiones nacen los llamados cantones (que vienen a ser las esquinas):

  • cantón diestro del jefe —1
  • cantón siniestro del jefe —3
  • cantón diestro de la punta —7
  • cantón siniestro de la punta —9

Y los huecos que dejan los cantones se denominan puntos:

  • punto del flanco diestro —4
  • punto del flanco siniestro —6

Por último, incluyo a modo de colofón una divertida escena de Destino de caballero. Aunque el heraldo no muestra el escudo, nadie podría acusarlo de falta de elocuencia.