Archivos del Mes para Junio, 2010

la locura y la muerte

Me preguntas a qué me refiero cuando digo que morirás. Antes de explicártelo recuerda que en esta casa hacemos lo posible por ser felices. Tal vez le demos la espalda a la realidad. Vivimos aislados, sin normas o leyes, y procuramos que nuestros invitados adopten nuestra manera de hacer las cosas.

Vamos, no pongas esa cara. A ti no te costado mucho.

Cuando acabe tendrás que decidir qué haces. No volveremos a cruzar una palabra al respecto. Insisto: será como si la puerta, incluso el pasillo que conduce a ella, desaparecieran. No hablo de una desaparición intelectual, sino física. Después de tu decisión, entres o no ahí, la puerta dejará de existir. No para nosotras, que vivimos en la casa, sino para ti.

(Alex me señala uno de los sofás y toma asiento en su sillón favorito. Sólo hay silencio.)

parte luz, parte oscuridad

Llegué con una pareja, amigos de Andrea. Pasaron unos días antes de que preguntaran por la puerta. Andrea explicó que al comprar la casa fue lo último de lo que se ocuparon. Que fue como si la hubieran olvidado. Ya sabes que Max pasa todo el tiempo que puede fuera, en el terreno. Cuando no está cortando leña, tala pinos para prevenir los incendios en verano.

No dieron crédito. ¿Cómo era posible olvidar una puerta? ¿Se refería Andrea a que nunca habían entrado en la habitación, en la sala o en lo que sea que hubiera al otro lado? Max respondió que nunca habían sentido la necesidad de averiguarlo. La mujer preguntó si no les preocupaba que pudiese haber un nido de ratas… o algo parecido.

(Alex se rebulle en el sillón y estira el brazo largo, negro, en busca del cenicero que hay en la mesilla, a su lado.)

Andrea respondió que las únicas ratas de las que había que preocuparse habían quedado atrás, al otro lado de la verja. El tema quedó… ¿zanjado? No. Días después oímos gritos en la casa. Estábamos fuera, en el porche, descansando en las tumbonas. Entramos. La vimos tendida en ese mismo sofá donde estás tú ahora. Parecía ida. Dijo que su marido ya no estaba. No que se había marchado, ni que había desaparecido.

Sólo que ya no estaba.

Cuando preguntamos qué quería decir con eso se limitó a mirar en dirección al pasillo que lleva a la puerta, que encontramos cerrada. De su marido no se ha vuelto a tener noticia.

(Enciende el cigarrillo y da una larga chupada antes de continuar. Luego me habla de los demás. Un largo desfile de nombres. Cada uno de los casos es más exagerado que el anterior. Los hay incluso que rozan el ridículo.)

La experiencia demuestra que abrir la puerta conduce a la desaparición, y también que ninguna de las conversaciones que tuvimos con los invitados que se interesaron por ella sirvieron de nada. La gente no es más que eso, gente. Curiosa y frágil.

(Y mientras la nube de humo le enturbia la mirada, me pregunto si vale la pena hacerlo. Querría contar con el consejo de propios y extraños, escuchar los pros y los contras de hacer caso, o de desoír, las advertencias de quienes habitan la finca, auténticos guardianes de un portal que me había propuesto franquear hasta verme ante él y cobrar conciencia de que tal vez sea verdad que más allá me esperan la locura y la muerte.)

excalibur

Con el tiempo la importancia que popularmente se le dio a la espada Excalibur superaría a la de su vaina, a pesar de lo que encontramos escrito, por ejemplo, en la versión tardía de Malory (25, I):

Entonces sir Arturo miró su espada, y le agradó mucho.

—¿Qué os gusta más —dijo Merlín—, la espada o la vaina?

—Me gusta más la espada —dijo Arturo.

—Pues andáis desencaminado —dijo Merlín—, porque la vaina vale por diez espadas; pues mientras tengáis la vaina con vos, no perderéis sangre ni seréis herido gravemente; así que guardad bien la vaina siempre con vos.

Excalibur [Caliburnus, Escalibor] no debe confundirse con la espada que Arturo, casi de forma accidental, saca de la piedra para demostrar su derecho al trono, a pesar de que en algunas versiones ambas se consideren una y la misma. Tanto la Post-Vulgata como, posteriormente,  Malory, nos sacan del error.

En Perceval, Chrétien de Troyes se la endosa a Galván [Gauvain, Gawain], y dice de ella:

La mejor espada que existió, que taja el hierro como madera.

También según la tradición que se consulte el nombre tiene un significado u otro. Desde el hebreo «que rompe el hierro, el acero y la madera», hasta la raíz latina (chalybs=acero), a la que recurrió Godofredo de Monmouth para llamarla Caliburnus en su Historia de los reyes de Bretaña, obra de la que hablaré en otra ocasión.

A mí de pequeño —creo que Los hechos del rey Arturo y sus nobles caballeros fue la primera versión que leí del ciclo artúrico— me gustó la interpretación de John Steinbeck, quien creo recordar traducía su nombre como «hecha de piedra».

En otra entrada traduje un pasaje de una de las muchas versiones que se han escrito de la leyenda artúrica que describía la escena en que Arturo, herido de muerte tras la batalla de Salesbieres [Salisbury] que lo enfrenta a su hijo incestuoso Mordred [Mordret], pide a Beduier [Bedivere], que devuelva la espada a la dama del lago.

Otra referencia interna la encontraréis en la ilustración que encabeza el espacio dedicado a Aubrey Beardsley.

Giflete [Girflet] es quien se encarga de la labor en otras versiones, y en la película Excalibur, de John Boorman, la tarea recae sobre Perceval, tal como vemos en el video que incluyo a continuación, y que lamentablemente sólo recoge parte de las idas y venidas, de las dudas del caballero.

Ojo que es el final de la película (lo digo para quienes queráis verla entera y no tengáis ni flores de cómo acaba):

lo demás ha fallado

Con los tiempos que corren no sé quién va a querer contratar a un payaso.

Eso lo suelto una noche, en el salón. De acuerdo, cabe la posibilidad de que hayan bajado las persianas: El ambiente está tan cargado que el pasillo que lleva a la puerta del trastero se ha fundido con la pared gris, hasta tal punto que es como si hubiera desaparecido.

Salón de la Casa de los cuatro balcones

En Eva y Rosa se dibujan sendos mohines entre el tintineo de las copas. Alex, sentada sobre una pierna, y con la otra, larga, negra, estirada y desnuda, me observa desde el amplio sillón con una expresión inescrutable antes de preguntar a qué me refiero.

Y yo respondo:

Quiero decir que con lo mal que está todo no sé yo si esa amiga vuestra podrá contratar un payaso para que anime la fiesta de cumpleaños.

Risas. Eva es la primera en responder.

Pues claro que podrá. Qué gracioso eres.

Alex me alcanza la copa para que pruebe su bebida, que es más suave, y luego me dice:

Qué sentido tiene que huyas de la realidad, si aprovechas cualquier excusa para hablar de ella.

Mi perplejidad dura lo que tardo en echar otro trago. No sé qué tendrán estos combinados, pero de pronto se me hace cuesta arriba replicar. Qué más da.

Tardo unas horas en recordar esa conversación. Las paso entre sábanas, dormido o sin dormir. Querría poder contar algo emocionante, como que desperté colgado de los brazos y que ellas, convertidas en malvadas vampiras, me tenían preso para chuparme poco a poco la sangre. Sería como en esas historias que ahora están tan de moda, sólo que sin tanto adolescente.

Me levanto y me cruzo en el salón con Alex, que descansa el cuerpo en el respaldo de una silla y me observa mientras repaso la pared gris con la mirada, en busca del corredor que conduce al trastero, el mismo que lleva a la puerta que me advirtió que no debía abrir porque no conduce a nada.

¿Qué buscas?, me pregunta sin preámbulos.

Estaba aquí, pero no lo encuentro.

Antes te hice una pregunta que no llegaste a responder.

Yo miro a mi alrededor. Intento poner en orden las ideas. No es fácil, pero inicio mi discurso con una breve referencia al pasado. A todo esto, ella me observa con los ojos muy abiertos. Son redondos. Llenos. Prosigo hablándole de que mi viaje no tiene nada que ver con huir de la realidad, sino con afrontarla. Ella cabecea. Asiente pero no dice nada. Le pregunto si tiene alguna deuda pendiente con alguien, pero no responde de inmediato.

O sea que no huyes, sino que te has propuesto afrontar la realidad, dice en voz baja, dudosa.

Quiero encontrar la manera de volverla del revés. De hallar los pasajes secretos y atravesarlos.

¿A eso se debe tu interés por esa puerta? ¿Crees que es uno de los pasajes que debes atravesar?

Le respondo que sí, que es posible.

Te dije que no debe abrirse porque no conduce a nada, pero seré franca contigo.

La miro de soslayo. Pensad que el salón sigue en penumbra. Imaginaos un cuarto decorado a la antigua, como muy cargado de cosas: Un espejo de pared, una alfombra, sillones y sofás. Hay incluso un piano que nadie toca. Ahora añadidle el humo que exhalaría un par de fumadores de puro con cada chupada. Pues bien, ahí estamos ella y yo de pie. La miro de soslayo, decía, y retrocedo un paso, o más bien echo el cuerpo hacia atrás.

Seré franca contigo (insiste). Debo serlo puesto que todo lo demás ha fallado.

Cuando me dispongo a decir algo, ella me lo impide poniéndome el dedo en los labios.

Si atraviesas esa puerta morirás.

dos * uno

Hoy en Arte, dos ilustraciones que anuncian futuras entradas de Artúrica, obra ambas de Aubrey Beardsley, a quien ya tuvimos ocasión de conocer.

Por un lado, una doble página titulada Iseo la Rubia en la Alegre Guardia [Giosa Guardia, Joyous Guard].

iseo en la alegre guardia

Por otra, Merlín y la dama del lago con quien se le asocia, Niniana [Nimue].

merlín y niniana

todo queda atrás

Las bicicletas. Los teléfonos. La timidez.

La puerta.

El reloj. ¿En qué momento me deshice de él? Lleva conmigo casi veinte años, y en los momentos de duda acerco la oreja a la esfera y compruebo que algo permanece inmutable.

Dicen que todo queda atrás cuando estamos a gusto. Incluso la hora. El día. La semana.

El mes.

tic

Por dentro la casa tiene una superficie mayor de lo que pensaba. A diario descubro una estancia nueva.

Ah, eso es porque de noche un regimiento de duendes la transforma de arriba abajo (¿bromea? Max al volver de la estación, adonde ha llevado a Ángel, que deserta so pretexto de volver con la familia).

Las niñas (así las llama él) ríen. ¿Cómo no?, puede que con el paso de las horas la escasa altura del humor de Max también me alcance a mí, y acabe sumando mi risa a la ellas.

Descubro toda clase de exquisiteces, pero digo que no a ciertas sustancias. Ante todo debo mantener el control, o la ilusión que proporciona.

Pero a la altura de la segunda (¿o la tercera?) de las noches que paso allí me dejo arrastrar por una apuesta: Rosa me desafía y yo acepto el guante porque tiene los brazos muy largos, tipo Gilda, y da gusto ver cómo los mueve de un lado a otro, mientras la voz hipnotizadora de Alex cuenta hasta diez para ver cuánto tardo en decir que sí.

¡Es tan complaciente!, exclama Andrea entre el coro de risas que nunca me cansa.

Alex entiende de cosas que me han gustado siempre. Le gusta contar historias. Cuando anochece nos reunimos ante la chimenea, Rosa y Eva se encargan de preparar una cena frugal regada por diversos licores. Los hay que se saborean antes de hincar siquiera el diente; licores para el durante, para el después y para el más tarde. Es increíble la cantidad que hay, tantos como…

«Tengo que irme» es la única constante que conocen mis labios.

Al menos hasta la noche, no sé muy bien cuál, en que al terminar la ronda de bebidas, después del «mañana tengo que irme», me veo acompañado en la cama, y sé que más allá del olor a especias que se desprende de la piel negra, perfumada, y de los ojos de ella que ven a través de mi sudor, en plena oscuridad, hubo otra mujer que fue la que me llevó a ese lugar.

O lo hicieron mis sueños. O lo que sepultó ese alud que es el olvido.

Me gustan los juegos, asegura Alex en otra ocasión, al acabar, cuando yo, en pleno duermevela, recorro la geografía confusa de lo que creí en el pasado que sería mi vida y en lo que se convertiría después; el trazado borroso de los proyectos y las fuerzas aplicadas a esto o aquello, para lograr objetivos que se perfilaban con mayor claridad.

Entonces recuerdo algo, no sé bien qué. Tal vez el tacto frío del tirador de una puerta, o el rostro de ella visto bajo una sábana. Me sonríe, triste, pero no sé por…

Alex impone su voz al crepitar de las llamas:

El río nos arrastró con fuerza. Por mucho que paleamos fuimos incapaces de alcanzar la orilla.

¿Y qué pasó?, pregunta, inocente, Rosa.

Sumido en pleno duermevela me parece oír risas procedentes del pasillo. O de otro dormitorio.

Atrás, al otro lado, más allá de una puerta que no conducía a ninguna parte he dejado un incendio. Cuando el norte está en todas partes y ninguna, ¿qué importa que el fuego consuma la esfera de la brújula?

tac

partes de la armadura

Cortesía de Viollet-le-Duc, M., grabado inspirado en una miniatura del siglo XV, Armes de guerre offensives et défensives [2 vol]. París, 1874-1875. Forman los tomos quinto y sexto del Dictionnaire raisonné du mobilier français.

partes de la armadura

Ajustaba este grabado que esta mañana me ha enviado providencialmente Laura, cuando he caído en la cuenta de hasta qué punto me gustan las cosas torcidas (supongo que eso dice mucho de mi carácter), así que he decidido no enderezarlo todo lo que me permitía el software.

Me vais a perdonar.

1. Hombrera; 2. guardabrazo; 3. codal; 4. avambrazo; 5. manopla; 6. guantelete; (7 y 8. platas, corazas); 7. peto, plastrón; 8. dorsal; 9. pancera; 10. faldaje, sobrebarriga; 11. escarcela, escarcelón; 12. quijote; 13. rodillera; 14. greba, canillera; 15. escarpe; 16 y 17. gocetes, y 18. falda de malla.

Con el tiempo es posible que deba abrir una nueva categoría para incluir entradas como ésta, pero de momento se queda en Heráldica.

Laura, gracias por la aportación.

con voz de miel

puerta

No moriré a manos de un loco armado con una motosierra. Ángel tampoco. Max tiene uno de esos bronceados artificiales y asoma en el camino situado al otro lado de la verja. Se quita las gafas de plástico que usa para protegerse de la viruta y nos mira miope y con recelo, antes de esbozar una sonrisa.

Vista desde fuera la casa es imponente. La pintura de la fachada está algo desconchada, pero las cortinas vaporosas ondean en todos los balcones de la segunda planta a merced de la corriente; de vez en cuando golpea alguna de las puertas; un par de chimeneas asoma en lo alto, y el porche que da a la planta baja está bordeado de macetas altas y pimpollos a los flancos. En el porche hay hamacas, escoltadas por mesillas con revistas que el viento maltrata cuando no arrastra hasta la balaustres. El lugar desprende un fuerte olor a naturaleza, a campo húmedo, y en ese momento nos alcanza un aroma especiado procedente del interior. Nos informa el guía:

Andrea está en la cocina. Os quedáis a comer.

No es una pregunta, sino una afirmación. Después de pedalear toda la mañana, pasamos una hora bregando con el barro en busca de esa finca que supera con creces la descripción de mi amigo.

Será mejor que dejéis las bicis allí, continúa Max, que señala un apartado rincón del patio. Ya en el porche, miro a un lado y otro, y veo que Ángel le confía la mochila. Para mi sorpresa también le tiende el teléfono como el capitán que rinde la espada al patrón de un barco enemigo. Aunque estas costumbres me parecen impuestas, artificiales, cada cual es amo y señor de su casa, y no seré yo quien proteste por renunciar a todo ese lastre, de modo que vacío los bolsillos y lo meto todo en la bolsa de tamaño mini que Max se echa a la espalda.

Adelante, entrad. Yo iré a poner esto a buen recaudo.

Se vuelve en dirección a la caseta de la entrada. No me había fijado, pero acusa una leve cojera.

Ángel dice no acordarse bien de la distribución y camina inseguro hasta que llegamos a una cocina que haría las delicias de propios y extraños, exceptuándonos a los torpes, porque total, lo que es para hacernos un huevo frito, tanto da.

Ángel y Andrea se saludan como viejos amigos. La primera impresión que tengo es que hay dinero. Tendría que haberme dado cuenta antes incluso de franquear la verja. Quizá sea la despreocupación que deriva de la riqueza bien administrada. No hay excesos, ni mal gusto. Todo es tacto, simpatía, pura educación. Solemos llamarlos campechanos. Gente sencilla.

Andrea y Max no están solos. Los acompañan dos amigas de Andrea de cuando estudiaban en la universidad, Eva y Rosa, ambas mujeres atractivas que apenas habrán superado los treinta años. Da gusto tenerlas cerca porque siempre ríen o sonríen. Tras las presentaciones, cucharón en mano, Andrea confiesa:

Alex está arriba, tumbada. Le ha venido la regla. No creo que baje.

Pregunto dónde está el baño cuando se inicia la ronda de preguntas sobre asuntos laborales, parientes, amistades comunes, niños, planes de futuro. Andrea, que tiene el pelo rizado, rubio, alguna cana bien llevada y, en general, una belleza de libro de texto, me hace complejas indicaciones a las que no presto mucha atención, distraído por la claridad de sus ojos, por lo grandes que son y la perfecta simetría de su mirada.

Me pierdo tras dar cuatro o cinco pasos. Tal vez exagero. Me acerco a las ventanas. O no me sitúo al mirar afuera o las encuentro cubiertas por postigos. Al cabo doy con un pasillo, cuyo extremo opuesto ilumina una solitaria bombilla. Al fondo no hay más que una puerta doble que necesita una mano de pintura. Debe de dar al trastero.

Desde luego no es el baño, pienso con la mano en el tirador.

Un ruido a mi espalda. Más bien es la sensación de que algo se me acerca deprisa.

Me vuelvo. Ante mí se alza una mujer de piel morena y ojos negros. Pero muy negros.

Ahí no encontrarás el servicio, me dice Alex con voz de miel. Y continúa diciendo: Ésa es la única puerta que nadie debe abrir porque no conduce a nada.

objetos ajenos

En mis viajes llegaré a conocer a la Bestia Distinta.

Acecharé su sueño a la luz de la luna, convencido, quizá erróneamente, de que no está advertida de mi presencia, y la veré correr por el bosque, silenciosa como la caída de una pluma porque las hojas no se mueven a su paso.

Observaré con atención a la Bestia Aulladora el poco tiempo que pueda. Lo haré tanto allí como pueda hacerlo aquí.

Tanto aquí ¿abajo? como allí ¿arriba?

Nuestro primer encuentro tuvo lugar en el pasado. No era consciente de a qué me enfrentaba. Me pregunto si ahora lo soy.

Supongo que no.

Darle caza se ha convertido en el objeto de mi demanda, y tanto si sigues mi relato como si no lo haces tal vez te interesen los apuntes que voy tomando sobre ella.

Poco después de tener mi segundo sueño me refugié en casa de un amigo, en las Baleares. Paseábamos por las rocas que bordean una cala cuando me pareció distinguir la sombra que, sobre las aguas cristalinas de finales de abril, proyectaba la Bestia Ladradora desde los Otros Lugares.

la sombra de su cabeza de serpiente

Hay lujos que no puedo permitirme en este relato fiel de los hechos. Cuando me adentro en el bosque no debería llevar conmigo las cosas de aquí, me refiero a objetos que podrían serme útiles para dejar constancia de mi búsqueda. Cuando me arriesgo a hacerlo no tengo más remedio que escoger.

En parte porque me parece una falta de respeto. No están preparados para tanto cambio y no soy quién para imponérselo, ni siquiera en las situaciones en que podría salvarme la vida. No ven con buenos ojos todos aquellos objetos que ellos denominan, en un alarde de originalidad, Objetos Ajenos. Debo cuidarme de despertar su ira. De enojarlos. De que reparen en mi intrusa presencia allí.

Por mucho que Berto insista en que debo llevarme el móvil, ¿de qué iba a servirme? ¿Acaso hay cobertura en el otro mundo? ¿Alcanzan los satélites a repetir las señales emitidas desde los Otros Lugares?

Pero me alejo del propósito de esta entrada. Aún queda un largo trecho por recorrer y no quiero adelantar acontecimientos.

Quería hablar de la Bestia Ladradora. Ha llegado el momento de hacerlo. Esta categoría, Bestiario, constituye una especie de apéndice de la narración. La mayoría de los textos e ilustraciones que la integren serán apuntes diversos que, leídos por separado, parecerían deslavazados, pero que al cabo ofrecerán una visión de conjunto que complemente el texto.

Leed con atención y no olvidéis que quien avisa no es traidor.

Al menos sobre el papel.