la zanahoria imaginaria

luz parrish

Soy consciente de los parajes que recorre el hilo de una narración. Sé que lo cotidiano es el punto de partida del viaje del héroe. De principio a fin, no necesariamente por ese orden, mi periplo también es la confirmación del cambio, única constante de la vida. De quien fui a quien soy y a quien seré. De quienes fuimos, a quienes somos y a quienes seremos.

Me muevo aún en la linde del bosque, así que debo empezar por el principio y poner en antecedentes al lector. Hablar, se supone, de lo común, de lo ordinario.

Lo sé. No revelo ningún misterio. Basta con mirar a nuestro alrededor. Hagámoslo una sola vez, ya que el exceso podría llevarnos a intuir el otro lado y aún es pronto para eso.

Parte de lo cotidiano es aquello que nos impide avanzar a donde nos propusimos ir. Es el lodo. El cenagal. El terreno que hay en torno al baúl lleno de luces que planeamos encender en un futuro que no existe. Lo cerramos con candado, convencidos de que llegará el momento de abrirlo, el momento de aparcar lo habitual. Y así seguimos adelante tras la zanahoria imaginaria, en pos de algo cuyo significado a menudo se desdibuja con el tiempo y las circunstancias. Cierro el párrafo como lo abrí, es decir, lo acabo como lo empecé, haciendo honor y mención a lo cotidiano.

Me pregunto qué sucede si aparto la vista de la zanahoria siquiera un instante. Supongo que se alejará aún más de mí. ¿Acaso no es ése el miedo que tenemos todos? Miradla. Allá va. Pero si recupero fuerzas y me permito el lujo de mirar a mi alrededor, quizá sea yo quien acabe yendo por delante de ella. De todos modos, bajo la incómoda égida de la realidad me resultaría imposible salir; extraviarme sin andar perdido; deambular con una dirección. Voy hacia ese canto de sirena que se oye a lo lejos porque nadie me ata a ningún palo ni me ciega los oídos con cera.

¿Ése eres tú?, me pregunta una voz del pasado. ¿Es así como te ves?, añade.

He compuesto una especie de engendro con algunos de los restos que hay en el estudio de una amiga escultora. Me ha pedido que haga un autorretrato y a mí me ha salido un auténtico bodrio, tocado con una especie de penacho compuesto por alambres, todo ello visto de perfil. Después de observarlo un rato tira la toalla y pregunta qué es, y yo respondo que es un yelmo visto de lado, como el del logotipo aquel.

¿Es así como te ves?, insiste la voz.

Me encojo de hombros, pienso en las últimas palabras del trágico personaje de una obra de teatro, y digo:

Joder, podría ser peor. (Éstas no son las últimas palabras del trágico personaje de la obra de teatro.)

Lo siento, dice ella algo compungida. Boquiabierta.

No lo sientas, pienso. No creo una sola palabra de lo que acabo de decir, pienso. Y sigo pensando: No podría ser peor, es lo que es y a mí me parece bien.

Hecha de restos de madera y metal, virutas de cobre, alambres retorcidos de colores, la chapuza descansa sobre una pieza de plástico que tiene toda la pinta de haber servido en más de una ocasión de cenicero. Eso somos yo y mi penacho. Algo así.

No sólo no me disgusta la idea, sino que hay algo que se me remueve dentro. Un calor. El fuego de lo que fue una vez y no ha dejado de ser y pronto volverá a ser o morirá en el intento. Si soy capaz de recuperarlo alcanzaré de nuevo la altura de una torre. El canto de sirena me ha devuelto el aliento del desafío, pero aún no lo sé. Aún es temprano. Lo intuyo cuando contemplo el reflejo de mi amiga en el espejo, que es la imagen más vívida que conservo de esa tarde. Sé que debo guardar silencio, dejar que siga sintiendo pena de mí, y luego cerrar los ojos, que pase el momento con su fluir de aguas. Regresar a lo ordinario.

Pero antes de marcharme le digo unas palabras sin pronunciarlas: No tengas pena de mí. No lo merezco.

Ya en el presente, mientras recobro el aliento y la zanahoria se aleja, os confieso que son varios los principios y que tan válidos son unos como otros, excepto por los sabios consejos que me susurran al oído Joseph Campbell y la Poética de Aristóteles.

Mi historia empieza por la misteriosa fotografía de un niño pequeño. Fue la primera vez que la bestia asomó, cruel y burlona, en mi vida.

13 Respuestas a “la zanahoria imaginaria”


  • Que envidia chaval, me encanta.

  • Gracias, Antonio. De veras espero que siga haciéndolo.

  • Llumsisons (http://www NULL.myspace NULL.com/llumsisons)

    Esa lenta metamorfosis en la que nos hallamos, persiguiendo una madurez que creíamos cierta cuando eramos pequeños, siempre me ha hecho bailar la cabeza. Se trata de las distintas edades por la que vamos pasando a las que, creemos, se le tiene que asignar una misión, objetivo o finalidad concreta, acorde con ellas. Cuando era pequeño siempre sentía curiosidad por lo que sería de mayor, y eso, las preguntas sobre mi futuro, siempre me han acompañado.

    Un día, cuando vaciaba mi habitación de casa de mis padres para mudarme a Mallorca, encontré una carpeta que usé en COU. Abrí y resulta que en ella había guardado cosas y textos que en aquella época creía que se tenían que guardar. Entre ellos apareció un bolígrafo el cual tenía enrollado a propósito una nota. Por supuesto, la abrí y la leí. Tenía el siguiente contenido (traduzco del catalán): “Con este boli realicé los exámenes de selectividad. El Toni del pasado saluda al Toni del Futuro. ¿Cómo te va?”.

    Aquel mensaje del pasado me sobrecogió y me tomé la pregunta, hecha por mi mismo desde el pasado, como un deber de rendir cuentas a mis anteriores edades, en el sentido de que todo lo que hiciera en el futuro no podía desmerecer ni anular los esfuerzos dedicados por mis anteriores YO.

  • Esa lenta metamorfosis en la que nos hallamos

    A raíz de tu texto, me gustaría preguntar a quienes tengáis ganas, y tiempo, de responder, si en general creéis que se cambia tanto.

  • Si si que se cambia, o mas bien se madura. Las cosas que van pasando nos hacen ver las nuevas que vienen de otra manera, y cuidado, eso no tiene que ser a mejor, puede ser a peor. En mi caso me siento contento de mi maduración, siempre he creido que me ayuda a ser mas tranquilo ahora que antes, y me ayuda a reconocer a lo que yo defino como “buena gente” o como “mi gente”, y se incule en esta gente a personas que hace mucho que no ves, pero que cuando las encuentras vuleves a hablar con ellos como si hubieran pasado solo unas horas. Tambien me pasa que me, aunque parezca contradictorio, que me vuelvo mas irascible para otras cosas, como por ejemplo cuando considero algo una injusticia. En otros tiempo me lo miraba mas de lado, ahora me pongo de muy mala leche.

  • Me pasa más o menos lo mismo. Es como si tendiéramos a los extremos: por un lado más cálidos, por otro más fríos. Ya no hay término medio. Pero en el fondo, en el fondo, me encuentro con gente muy parecida a como era en el pasado. Luego están los matices, claro, y esa maduración que a veces nos lleva a los extremos, pero en el fondo conservan tanto de como eran antes que no puedo evitar sonreír cuando lo sorprendo en algún detalle. También es posible que se deba a que es eso lo que busco en ellas, lo que quiero ver.

    A ver si a Llumsisons la fotografía le da un respiro y tiene un hueco para dejar aquí su opinión. Gracias por responder, Antonio, que el tiempo no nos sobra a nadie.

  • Te devuelvo el guante.

    Como muy bien sabes, amigo mío, seguimos siendo los mismos, nunca hemos dejado de serlo. Lo que ha sucedido es que los devaneos del futuro nos han ido añadiendo capas, unas perseguidas, otras fortuitas, que han ido escondiendo eso auténtico que nos hace a cada uno distintos de los otros.

    Y son los antiguos amigos, sobre todo los de la infancia, los que saben entrever entre esas capas lo que nunca hemos dejado de ser, pues fue en nuestros primeros años cuando éramos realmente sinceros, innocentes y llenos de vulnearibilidades, cualidades o defectos todos ellos que nos permitían conocernos a la perfección. Y es esta facultad la que , por ello, por habernos escondido detrás de los escudos grises que nos ha impuesto incierta madurez y por no querer ser vulnerados, la que nunca pueden ni podrán desarrollar nuestras amistades más recientes.

    Joan Miró, el pintor, lo resumió muy bien en una visita a la Antiga Escola del Mar, la de la Barceloneta, cuando vio una exposición de dibujos realizada por los alumnos siguiendo la técnica del no copiado, la del dibujar partiendo de la memória. Asombrado, comentó algo así como: “Eso es arte en estado puro”. Quizás esta visita fue un de los motores en la tipología de su pintura, quizás perseguía volver a su estado más auténtico cuando se expresaba con un pincel…

  • nos han ido añadiendo capas, unas perseguidas, otras fortuitas, que han ido escondiendo eso auténtico que nos hace a cada uno distintos de los otros.

    Mi amiga Clara, que aún no ha asomado oficialmente por aquí, me ha apuntado esta cita a modo de respuesta. Le he preguntado a santo de qué, pero ella me ha pedido que la incluya de todos modos. Por lo que sugiere, y también porque piensa que está más relacionada con este asunto de lo que yo creo. Es de Joseph Campbell.

    A menudo en la vida actual y no poco frecuentemente en los mitos y cuentos populares, encontramos el triste caso de la llamada que no se responde; porque siempre es posible volver el oído a otros intereses. La llamada no atendida convierte la aventura en una negativa. Encerrado en el fastidio, en el trabajo duro, o en la «cultura», el individuo pierde el poder de la significante acción afirmativa y se convierte en una víctima que debe ser salvada.

  • Me ha parecido muy acertado el comentario de las capas. Un buen amigo las llamas piezas de puzzle, pero bueno, viene a significar lo mismo.

  • Ah si Miguel, ya me gustaria poder comentar mas cosas en el tuyo y en otros, pero como dices el tiempo va justo. A veces en el trabajo tendria un hueco, pero como tenemos un acceso muy capado bastante tengo con poder leer desde el google reader.

  • pero como dices el tiempo va justo

    Sea como sea se agradece tu paso por aquí, Antonio.

  • Qué interesante todo… Lo de las capas, lo de los amigos de la infancia, lo de la gente que no ves nunca pero que cuando te la cruzas es como siempre… Y la cita de Clara, bueno, de Campbell, es muy oportuna. A partir de Glatissant todos podremos ser salvados; al menos por un momento, el que dura este trocito rectangular de blanco. Debemos atender a las llamadas, son sabias y puede que nos salven de algún trastorno mental severo; hablo por mí, no os asustéis. ¿Y la bestia? Creo que llevo un trozo de ella por ahí dentro… A veces ruge y me importuna, y no la domino… Tiene vida propia.

  • Y la cita de Clara, bueno, de Campbell, es muy oportuna.

    Paso por aquí algo tarde porque he estado preparando la entrada de mañana. La cita de Campbell, Laura, se extendía un poco más y no en términos precisamente positivos, pero ejercí la censura. Clara lleva días regañándome por ello, y la verdad es que estoy un poco harto de oírla, así que voy a hacerle caso, no vaya a ser que mi negativa se convierta también en una negativa al llamado de esta aventura en particular.

    …ser salvada. Su mundo floreciente se convierte en un desierto de piedras resecas y su vida pierde todo significado, aun cuando, como el rey Minos, puede tener éxito a través de un esfuerzo titánico en la formación de un imperio de renombre. Pero toda casa que construya será la casa de la muerte, un laberinto de paredes ciclópeas para esconder a su vista su propio Minotauro. Todo lo que puede hacer es crear nuevos problemas para sí mismo y esperar la aproximación gradual de su desintegración.

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