Archivo de etiquetas de 'Tristán'

howard pyle

The Nation Makers

Supongo que no sólo sería justo considerar a Howard Pyle, nacido en los EE.UU., en el estado de Delaware, el padre de la ilustración norteamericana (como suele considerársele), sino también un cruce de caminos en el campo al que dedicó su carrera.

Hijo de una familia de cuáqueros, Pyle alcanzó un relativo éxito tras mudarse a Nueva York para ampliar estudios a los veintitrés años y, tal como hicieron muchos artistas de la época, buscar trabajo en el terreno de la ilustración con tal de financiarse la carrera de pintor. No tardó en recibir encargos de las principales publicaciones del momento, entre las cuales encontramos Cosmopolitan, Harper’s Weekly, Harper’s Monthly y Scribner’s.

Regresó a su estado natal con una idea bastante aproximada de las exigencias que imponía el mercado, y también de la que se avecinaba: Pyle preveía que en un futuro no muy lejano habría una amplia demanda de ilustradores debida a los avances de las técnicas de impresión y la proliferación de publicaciones. Dichos ilustradores necesitarían dominar un amplio espectro de técnicas y herramientas, ser auténticos hombres del Renacimiento. ¿Qué fue lo que hizo?

Howard Pyle en 1897Se puso a dar clases. Dicen que nunca cobró un céntimo de dólar por enseñar. No sé si será verdad, pero qué diablos, a mí me parece una buena historia.

Una de las cosas que más sorprenden es pensar en la cantidad de buenos artistas que se formaron bajo la tutela de este señor en lo que se vino a conocer como la Escuela de Brandywine. Tenemos, claro está, a N.C. Wyeth, de quien ya escribí algo en una entrada anterior, pero también nombres tan conocidos como Maxfield Parrish y Frank Schoonover. No sólo artistas masculinos, puesto que del centenar de ilustradores que pasaron por sus manos el cuarenta por ciento fueron mujeres (destacan Elizabeth Shippen Green, Violet Oakley y Jessie Wilcox Smith, trío conocido por el apodo «The Red Rose Girls»), y eso que por aquel entonces no era habitual que las mujeres estudiasen para convertirse en ilustradoras comerciales.

Cuentan que Vincent van Gogh coleccionaba recortes de las ilustraciones que Pyle publicó en Harper’s.

Aparte de su faceta de profesor, como profesional dominaba diversas técnicas. Era capaz de imprimir una gran fuerza a las imágenes (basta con ver la que encabeza esta entrada), y como ya va siendo hora de incluir alguna más hay que admitir que las suyas de piratas son bastante famosas.

Abandonado, de Howard Pyle

También escribió, y mucho; empezó con un libro estupendo dedicado a Robin Hood que aquí publica Anaya en la colección Tus Libros, y con el tiempo se dedicaría a reescribir las aventuras que nos ocupan, las del rey Arturo y sus caballeros. Lo hizo con la pasión y el vigor que lo caracterizaban, libros para jóvenes, rebajando tal vez el tono de los temas más comprometidos del ciclo, pero contando la historia de principio a fin, influenciada por la tardía versión de sir Thomas Malory.

  • The Story of King Arthur and his Knights, 1903
  • The Story of the Champions of the Round Table, 1905
  • The Story of Sir Launcelot and his Companions, 1907
  • The Story of the Grail and the Passing of Arthur, 1910

Iseo la Rubia, de Howard PyleY lo mejor de todo es que estas novelas, cuyo lenguaje no era precisamente fácil (corrían otros tiempos y los jóvenes no temían, supongo, enfrentarse a lecturas difíciles), incluyen abundantes ilustraciones suyas, y así fue cómo nos legó retratos de los personajes principales, de Lanzarote, de Galván, de Tristán de Leonís, por citar algunos. Y también el de Iseo la Rubia, que incluyo.

Ya veterano, decidió que poco iba a aprender donde vivía, razón por la que embarcó a toda su familia en un viaje que lo llevó a conocer y estudiar en profundidad a los grandes maestros clásicos. Murió en Florencia en 1911. No había cumplido los sesenta años, pero había dejado un legado que aún hoy, tras varias generaciones, perdura.

Como viene siendo costumbre, reservo este espacio final para advertir a los fieles de la búsqueda de la fabulosa Bestia Aulladora que ésta no será la última entrada que dedique a mostrar la parte artúrica de la obra de este gran ilustrador.

tristán e iseo, n.c. wyeth

Después de la entrada de Artúrica que publiqué la semana pasada, dedicada a la muerte de Tristán, doy paso a esta escena feliz, obra del gran ilustrador norteamericano N.C. Wyeth.

Tristán e Iseo, según N.C. Wyeth

velas blancas, velas negras

La muerte de Tristán

La historia de Tristán e Iseo [Isolde], una de las tramas principales del ciclo artúrico, merece una entrada extensa. Antes de abordarla me gustaría elaborar un resumen de la obra sin extenderme mucho en los pequeños detalles, hablar de las distintas versiones, y comentar también, aunque sea en lo superficial, sus antecedentes. Todo esto queda pendiente para más adelante.

Consultaba la documentación, queriendo dar con un punto de acceso, cuando he recordado el final (en realidad existe otra versión de su muerte) del caballero de Leonís, Tristán [Tristram], en cuyo blasón figura un león rampante en oro sobre campo de sinople. En proezas y hechos de armas sólo se vio superado por el propio Lanzarote del Lago [Lancelot du Lac].

Eso dicen. Hay quienes lo ponen en duda.

Cuentan que Tristán se casó con Iseo de las Blancas Manos [Iseut de Blanchemains] por el solo hecho de llamarse como su enamorada, quien, por estar comprometida de antemano con el rey Marco, tío de Tristán, tuvo que casar con él. Tras la boda, Tristán hizo promesa de no poner la mano encima a su esposa durante un año.

Estaréis pensando: «Menudo lío de Iseos…»

En esas estaba Tristán cuando, durante una aventura en la que ayudaba a su cuñado Kaherdín, sufrió una grave herida de lanza. Lo peor no fue el corte, sino el veneno con que el adversario había emponzoñado la punta.

La herida se enconó.

Como nadie lograba curarlo, enviaron mensajero a Iseo la Rubia, pues era de todos sabido que poseía mágicas dotes curativas. La idea era que la embarcación en que viajara envergase velas blancas si ella iba a bordo, o negras si no habían podido dar con ella o no había accedido a ayudar a su antiguo amante.

Por fin la nave asomó por el horizonte, y Tristán, moribundo, acompañado por su esposa, preguntó de qué color eran las velas que caían de las vergas.

Aguijoneada por los celos, Iseo de las Blancas Manos respondió que negras.

Y Tristán, desesperado, murió padeciendo dolores terribles. Cuando desembarcó Iseo la Rubia, enterada del final de su amado, se llegó a su lado y murió de pena sobre su cadáver.

tramas del ciclo artúrico

Existen diversas versiones de la leyenda artúrica. A menudo proceden de tradiciones culturales distintas, por lo que cuesta dar una imagen unitaria de las partes que componen el ciclo. No hay prisa: empezaré por un sencillo resumen, y en sucesivas entradas profundizaré un poco en todos estos aspectos, comentando también, en la medida de lo posible, las diversas variantes.

Vayamos punto por punto, a grandes trazos.

  • Arturo es un rey joven que unifica el reino de Bretaña, ayudado por los consejos de un sabio adivino llamado Merlín, a quien la magia no resulta ajena. Merlín proporciona una serie de ayudas providenciales a Arturo y le hace las veces de tutor. Tras la boda del rey con la reina Ginebra y la institución de la orden de la Tabla Redonda, y a pesar de las amenazas interiores y exteriores (conspiraciones diversas, presión de las tribus del norte, incursiones sajonas…), Bretaña deviene el marco ideal de toda suerte de andanzas caballerescas. Es la edad de oro de la caballería.

sir Galahad

  • Uno de los mejores caballeros de Arturo es Lanzarote del Lago. Llegado a Bretaña procedente de la Gaula (en/o Francia), se enamora de la reina Ginebra, sentimiento que es correspondido. A pesar del esfuerzo de ambos por evitarlo, acabarán consumando su amor, lo que con el tiempo desembocará en el fin del reino. Esta relación introduce un motivo clásico de la literatura medieval: el del amor cortés.
  • Otra importante historia de amor, también con final trágico, es la de Tristán de Leonís e Iseo la Rubia, esposa del rey Marco de Cornualles, nada menos que tío de Tristán. De todas las tramas principales ésta es quizá la que se antoja más engastada en el ciclo artúrico. Su popularidad bastó para incorporarla en el ciclo, a pesar de que en sus inicios fue un relato independiente.
  • La demanda del santo Grial, el cáliz que recogió la sangre de Jesucristo en la cruz, constituye otro de los grandes temas: Se trata de una búsqueda espiritual, que tan sólo los caballeros más puros podrán coronar con éxito. Muchos la emprenden, pero son tres quienes lo alcanzan en mayor o menos grado: Boores, Perceval y Galaz, este último hijo ilegítimo de Lanzarote y una dama llamada Amite, quien le dio un bebedizo para que la tomara por Ginebra. El hallazgo del santo cáliz restaña muchas de las heridas que afligen al reino, pero…
  • En esta fase crepuscular, Mordred (hijo ilegítimo del rey Arturo y su propia hermanastra, la reina Morcadés, aunque según donde se atribuye a Morgana la maternidad, por aquello de simplificar y porque también es hermanastra de Arturo) conspira con parte del clan de Orcania (Galván y sus hermanos, hijos de Morcadés y el rey Lot, sobrinos todos de Arturo) para destapar la relación de Lanzarote y Ginebra. Al rey Arturo se le cae la venda de los ojos y el reino se viene abajo entre batallas, conflictos y retiros a conventos. A estas alturas ni siquiera puede salvarlo Merlín, que ha desaparecido ya de la historia, tras ser engañado por una de las damas del Lago, deseosa de hacerse con todos sus conocimientos arcanos.

Ya veis que entre incestos, relaciones amorosas, desafíos caballerescos, batallas, mortíferos engaños, búsquedas espirituales, profecías, magias y conspiraciones, es fácil entender que los relatos que componen el ciclo artúrico aún sean objeto de lectura y estudio. Es el renacimiento de la prosa europea, tras las bases sentadas por los clásicos griegos y latinos.

Un mar de palabras, aventuras y poderosas imágenes en que sumergirse.

escudo, blasón

Dice Juan Eduardo Cirlot en su extraordinario e inspirador Diccionario de símbolos:

… el escudo exhibe; por esto ya desde la Antigüedad fue el lugar donde el guerrero disponía el emblema que juzgaba serle característico y que, entre los siglos XI y XIII, se convirtió en blasón heráldico, hereditario.

Acudo al diccionario de la RAE para aclarar tres de los términos introducidos en la cita de JEC, y expongo mi recorrido paso a paso para que veáis que soy honesto con esto que escribo:

escudo de armas.

m. Heráld. Campo, superficie o espacio de distintas formas en que se representan los blasones de un Estado, población, familia, corporación, etc.

Perfectamente claro. El escudo de armas es el espacio. El lienzo.

emblema.
(Del lat. emblēma, y este del gr. ἔμβλημα, adorno superpuesto.)

  1. m. Jeroglífico, símbolo o empresa en que se representa alguna figura, al pie de la cual se escribe algún verso o lema que declara el concepto o moralidad que encierra. U. t. c. f.
  2. m. Cosa que es representación simbólica de otra.

Me quedo con la segunda acepción. Aunque la primera…

blasón.
(Del fr. blason).

  1. m. Arte de explicar y describir los escudos de armas de cada linaje, ciudad o persona.
  2. m. Cada figura, señal o pieza de las que se ponen en un escudo.

De modo que «blasón» es tanto el arte de explicar y describir los escudos de armas, como cada figura, señal o pieza que lo componen.

Es fácil llegar a la conclusión de que el blasón heráldico es una de las primeras muestras de lo que actualmente conocemos por «imagen de marca», un logotipo, un distintivo, en este caso formado únicamente por imágenes (aunque a veces se incluyeran lemas), útil para distinguir al caballero, separarlo de los demás, y que asimismo puede identificar otras ideas y entidades.

Lanzarote (campo de plata con bandas de gules) riñe con Tristán (campo de sinople con león rampante de oro)

Pienso que es importante que aprendamos a movernos entre los escudos de armas de los compañeros de la Tabla Redonda, puesto que haré mención de ellos a menudo, así que empezaré por algo sencillo. No será necesario profundizar mucho, pues nos alejaríamos de la demanda de este espacio, pero en futuras entradas de Heráldica en Artúrica iremos viendo uno por uno los colores y metales, así como otros detalles, hasta familiarizarnos con el lenguaje, o, al menos, hasta que dispongamos de una serie de enlaces adonde recurrir.

Cinco son los colores principales (llamados esmaltes) que hallamos en el arte heráldico:

  • gules, sinople, azur, púrpura, sable

Y dos son los llamados metales que complementan a los esmaltes:

  • plata, oro

A continuación listo los enlaces internos de los metales y esmaltes completados hasta la fecha: sinople, azur,

En la imagen, Lanzarote del Lago se enfrenta a Tristán de Leonís: En el escudo del primero tenemos bandas de gules sobre campo de plata, mientras que en el de su adversario figura un león rampante en oro sobre campo de sinople.