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ni una hoja

…la orilla

la orilla

l a  o r i l l a

la orilla

El último trecho lo cubre a rastras. Es como si no pudiera mover las piernas, como si se hubiera quedado paralizada de cintura para abajo. No se vuelve para mirarme. Ni me pide ayuda. Tan sólo avanza, y en su lento progreso leo el afán que tiene de vivir.

Hemos superado la línea que dibujan los árboles y ni siquiera nuestros pasos se dejan oír en la playa de guijarro. Alguien le ha quitado el volumen a este lugar. Pruebo a gritar su nombre, pero no se oye nada. Nos hemos convertido en personajes de una película muda.

Vuelvo la vista. En el albor del bosque es una sacudida breve que pronto se abre paso a través de los últimos árboles. Ahí está, asomando la cabeza de la negrura verde, la serpiente que he conjurado en este segundo sueño. Parece salida de un bestiario de criaturas fabulosas. Cuando la vegetación cede ante su fuerza, reparo en las patas delanteras, que son las de un ciervo. Poco después la piel de reptil se funde con el pelaje manchado de un leopardo.

A la bestia le acompaña una multitud de ladridos que le salen de dentro. Eso despierta en mí el recuerdo de una lectura, un texto breve, unas líneas entreveradas en las hojas de una playa virgen, leídas al amparo de una sombrilla.

El miedo tiene la sorprendente capacidad de paralizarlo todo, y mientras la bestia se nos acerca siento como si algo me tirase hacia arriba del pescuezo, como si un par de dedos enormes me pellizcaran dispuestos a arrancarme al alma.

Lo sé. Piensas que en sueños así la impresión es tal que tu cuerpo hace que despiertes. El ritmo cardíaco se te acelera, o tu organismo segrega alguna sustancia que hace que abras los ojos. Pero no se trata de una pesadilla normal. Y en realidad eres tú el responsable de todo. Es decir, tú, y no yo, eres quien la ha llevado casi a rastras hasta esa orilla que antes no pudiste encontrar.

Tú eres quien se ha vuelto a mirar si os seguían. La línea de los árboles tiene un color verde oscuro, y de ella ha salido… Bueno, tú ya sabes qué es. Lo sabes porque lo leíste en esa playa, de niño, por mucho que al despertar no lo recuerdes. Se te acerca con su cuerpo a medio camino entre el leopardo y la serpiente. El sapo que lleva atrapado en la lengua bífida acaba engullido sin más, y en sus ojos no ves mayor maldad que la inmanente a la naturaleza.

Quieres mirarlas a ambas. La bestia. Tu amiga. No perder detalle. Pero no puedes porque, mientras retrocedes paso a paso, las manos crispadas en el aire, los brazos separados del cuerpo, tu mirada no puede abarcarlas. Por fin, cuando te das la vuelta, ella no está.

A tu lado, a cierta distancia, la bestia toma unos sorbos de agua en la orilla. Luego se vuelve hacia ti y te mira unos instantes. Te preguntarías si son los últimos de tu vida si no te hubieras convertido en algo que no has sido nunca: un trozo de carne sin voluntad.

Se vuelve en dirección al bosque, sacudiendo lo que se antoja una cola de león.

Casi es de noche cuando se sienta al pie de los árboles, medio vuelta hacia un lado. En la oscuridad sus ojos son negros abismos cegadores. Poco rato después, siglos tal vez, echa una última mirada mientras voltea la cola sobre el cuerpo, se incorpora, y, cuando crees que te ha llegado la hora, se da la vuelta y se adentra de nuevo en el bosque, la Bestia Distinta, la Bestia Aulladora, la Bestia Ladradora.

Poco a poco vuelves en sí. Como mínimo vuelves a ser algo que se te parece. Abres los ojos.

Despiertas creyéndote a salvo, hasta que recuerdas lo que dejaste en el camino.

Y cuando vuelvas no olvides que ahí en la orilla, la orilla vacía donde ni siquiera se distinguen sus huellas, las pisadas de ella, el rastro de tu amiga la escultora, cuando la bestia sorbió el agua del lago no se oyó un solo ruido.

No se movió ni una hoja.

fin del Libro I, en la linde del bosque

FIN del libro I: en la linde del bosque
libro II: el vientre de la ballena, 23 de mayo de 2010

verde agua

No sé qué hacemos ahí, pero es bonito estar con ella. Otra vez. Cuando me alcanza el mal olor del agua estancada me arrimo a su cabello. Me gusta cuando deja ese olor en la almohada. Cuando se marcha duermo abrazado a ella,

y es su olor lo que me envuelve los sueños.

alfa El agua tiene el color del amor. Echa la vista atrás y me invita a dar un paseo. Cogidos de la mano, a veces me adelanto y la ayudo a saltar un obstáculo, pero no porque sea débil: Una vez me salvó la vida después de bajar una pendiente que de pronto se volvió muy pronunciada; me bastó con verla tan dispuesta a ayudar para comprender que no era para tanto. Y entonces

subí hasta donde estaba ella y de nuevo me puse en pie.

Cuando dejamos atrás el lago penetramos en la espesura de un bosque que lo es todo. Al principio no es tan denso como para que las copas de los árboles enfríen el ambiente. Paramos un rato y nos sentamos a descansar, pero se levanta el aire y ella me dice:

Volvamos. Allí hay más luz.

Después de mucho andar no logramos dar con la orilla que baña el agua, ni con el fondo que es verde y opaco, un fondo opaco del que nada distinguiríamos si estuviéramos allí.

Entonces la luz bosteza. Somnolienta.

Atardece.

Me asalta el pensamiento de que nuestro extravío debe de ser como el amor. Si por algo se caracteriza es por ser frágil. Su sustento lo es, lo son los hilos que se parten sin hacer ruido, y lo son los recuerdos que lo envuelven. Todas esas personas que olvidan. Todas esas personas que olvidas. Y los olores y las cosas. Los besos robados. Los otros. Los dados.

Los besos que te dieron. Los que te robaron.

Hay un punto en la distancia donde el agua titila tras los arbustos y las cañas. Más allá del viento que nos hiere entre las hojas y la copas de los árboles, cada vez más espesas, el sol apenas nos consuela del frío. Mi amiga la escultora ha moldeado formas hermosas; ha cortado la madera con toda clase de sierras; ha limado superficies con paciencia y tesón. Ha creado en su vida muchas cosas con las manos, y ahora las tiene cubiertas de arañazos.

Tropieza y cae. La bruma nos envuelve cuando la alcanzo. No sé por qué me he separado de ella. Me dice:

Ayúdame a llegar.

omegaMe rodea los hombros con el brazo y apoya parte del peso en mí. Doy por sentado que se ha hecho daño al caer, pero no pregunto. El tobillo, supongo. No lo sé. Nuestra andadura pierde fuerzas mientras me pregunto adónde se supone que vamos. Tengo que concentrarme y recordar. Recordar, sin ir más lejos, qué hacemos ahí.

Personas que olvidan. Personas que olvidas.

Pero los ladridos no ayudan. Cada vez están más cerca. Ensordecedores. Crispa la mano en mi hombro y se vuelve hacia mí con un ruego en la voz:

La orilla.

Seguimos adelante mientras susurra una y otra vez lo mismo, pero por mucho que insiste no sé en qué dirección está

l a  o r i l l a

la orilla

la orilla…