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perro

Ojo. No es que no me gusten los perros (o los animales). El problema es que no sé muy bien qué hacer con ellos. La gente suele dedicarles gestos cariñosos. Debo de ser un desalmado (pensaréis). Quizá sí.

Pero yo no lo creo.

En mis historias siempre aparece un labrador de pelo negro. Es el homenaje que hago al de un amigo que ya se marchó a dondequiera que se retiren los perros buenos. Suelo ponerles Sombra por nombre, lo que también constituye un homenaje a ese animal concreto y a tantas otras cosas.

Pero retomo lo de que no sé muy bien qué hacer con ellos porque eso me lleva a la situación en que me veo inmerso.

He seguido el trazado de la costa abriendo caminos. Cuando el paseo marítimo se interrumpe, me desvío hacia el interior hasta regresar a la orilla. La operación no comporta mayores riesgos, pues conservo el mar a mi derecha. Si me adentro mucho sólo tengo que volver a él.

Hay un momento en que el granito es una certeza a lo lejos, bajo la nube gris que lo envuelve. Asoma algún edificio significativo, pero todo eso ha quedado muy atrás.

Sigo la costa cuando veo un perro a unas siete pedaladas de distancia. Surge tras las piedras que bordean el camino que separa la arena del paseo. Estira mucho el cuello y me mira. Es como si me estuviera esperando. Al pasar de largo junto a él le sonrío y vuelvo a concentrarme en el recorrido.

Es posible que no me sienta digno de tener perro («evitar» es algo muy propio de mi familia: mi padre rehuye los ascensores, y mi madre nunca ha puesto el pie en una bolera porque la sola idea de calzar los zapatos de otro la enerva); pero hay más cosas: por un lado he cometido ya el error de escribir la palabra «tener», como si fuera algo mío, y también odio con todas mis fuerzas la palabra «mascota».

Puede que sea pura cobardía. El labrador de mi amigo murió en sus brazos. A mí se me partiría el corazón. No soy lo bastante fuerte, y en la vida ya sufrimos bastantes pérdidas.

Desciendo a rueda libre por la pendiente de tierra que me lleva al acceso lateral del puerto deportivo cuando reparo en que me está siguiendo. No llevo mucha velocidad, así que aprieto un poco. No es que quiera huir de él…

O tal vez sí.

Recupero el paseo y encuentro al perro en lo alto del camino. Una vez en puerto siempre voy por abajo, junto a las fachadas de los restaurantes, pero el camino más rápido es el del aparcamiento, así que él ha tomado un atajo.

Pasa una hora y seguimos juntos. No me siento un intruso a estas alturas del año en la playa nudista porque no se ve un alma. Sentado en la arena, con la bicicleta apoyada en la enorme roca, estoy frente al mar, que hoy es un espejo. Las nubes avanzan sobre la costa.

El collar no revela ninguna información. Revuelvo la mochila y pregunto:

¿Quieres una mandarina… perro?

Diablos. Ya he cometido el error de hablarle.

pie del puente

Más adelante, pasados tres o cuatro pueblos costeros, encuentro un puente de piedra que no recuerdo haber visto ahí. Tiene la piel cubierta de esa vegetación empeñada en echar raíces en rincones insospechados.

Me acerco entre los fuertes ladridos del perro. Me doy la vuelta para ver qué le pasa. Entonces pincho. Vaya si pincho. Pero de verdad. Un pinchazo de libro de texto.

El silbido del aire da paso a los tacos de rigor. No llevo ni parches ni cámara de repuesto. Sí, lo sé. Las aventuras comportan riesgos, y ésta la he emprendido con la despreocupación de un insensato. Le digo al perro:

Ya me contarás tú cómo coño vuelvo a casa.

Él me mira con la cabeza ladeada y la lengua fuera. Luego hace como que bosteza. Después, palabra de honor…

Después vuelve fugaz la vista atrás, en dirección al granito, y cuando me encara de nuevo hace un gesto inconfundible.

Inequívoco.

Se encoge de hombros.

a rueda libre

rueda delantera glatissantSentado con los pies en la mesa, la vista en lo alto. Entra tal luz que distingo la negritud intermitente que bordea el punto de encuentro entre el techo y las paredes necesitadas de pintura.

Hoy no me gusta nada mi vida. Lo que hay fuera, lo que existe más allá de esta barrera, es un silencio que se convierte de pronto en el gemido espectral que corre de noche en un puerto, la certeza de una aventura irresistible.

El exterior es una promesa de puro diamante.

Tentadora, juguetona, una textura de ala de mariposa permanece suspendida entre el televisor y el mueble que le sirve de sostén. El tono pardo de la madera se aclara y me zambullo en la plenitud irisada. La vida ya no parece tan mala. Es en la luz inmensa que renazco.

Emprender la huida. Franquear, atravesar, salir. Y cuando la trayectoria que traza el agua de la fuente me hace de cataviento sé que estoy a punto de abandonar los límites que me impone este granito. A partir de ahora ya no debo atenerme a tanta norma. Son mis piernas que me sirven de impulso. La mente se vacía, sólo existen el siguiente obstáculo, el cálculo constante de las distancias que separan a los cuerpos. A mi derecha ruge el mar, rompe el mar, se rebulle el mar, y yo vuelvo a donde debo, a su lado. No en el mar, sino cerca. Próximo de su luz, que refleja, de sus colores, que irradia. Cerca de su promesa que es tumba, de lo bueno y de lo malo. De la vez que chapaleé en su orilla de lágrimas primeras, y también de las risas: los juegos en el mar. Con ella. Cuando no sólo el agua era salada, también lo era su piel.

Es en la superficie del mar, en el guiño fugaz del millar de flashes que la recorren como al inicio de un encuentro deportivo, que entreveo la sonrisa de ella, hurtada por el paso del tiempo, ya disfrazada la memoria de mentira.

Es en el viento, en la inercia del pedaleo, en la atención que presto al siguiente obstáculo, que hallo por fin el silencio anhelado. El vaivén me ha revuelto el pelo, tengo tal cara de velocidad que se me han afilado los rasgos (no, la nariz no), y a estas alturas ya visto manga corta. Estoy en tensión cuando afronto el descenso. Preveo barro, los charcos de otras lluvias, pero qué importa. Ganaré impulso y descenderé a rueda libre. Cuando superas los treinta y largos cualquier cosa se convierte en una herida de guerra: las manchas, los roces, la piel que levanta una caída, la abrasión del terreno y las cicatrices que no desaparecerán, todas preferibles a otras heridas más hondas que no se curan por mucho que vivas subido al sillín. Pedaleando.

detalle bici glatissantLa bicicleta no es mía. Es un préstamo de Berto. Me confiesa tras un incómodo silencio que no está muy seguro de que le haya puesto al corriente de todo. Tal vez el vino tenga la culpa de que me sincere con él, a pesar del temor de decepcionar a Clara (perdóname).

¿Tiene que ver con ella? (pregunta Berto) ¿En el sueño la acompañas al lago?

Más bien la arrastro.

Respondo en voz tan baja que apenas me oye. Berto, amigo mío, ese corcel tuyo de aluminio me ha cambiado la vida. Quiero que lo sepas si es que tus letras te dejan ver las palabras. Cuando estoy a disgusto con lo que me rodea me aprieto como puedo la armadura y marcho sobre dos ruedas. Voy solo, dispuesto a guardar cualquier puente porque busco riña. El sol danza en el metal, y cuando cae la noche me aplico piedra pómez en los callos de la mano. A mi vuelta soy otro: bronceado, más rubio, un milímetro más delgado, medio centímetro más alto de lo que me engallo. Un jodido dios dorado que debe los andares de vaquero al incómodo sillín.

Primero a la derecha, después a la izquierda con un viento que ha mudado la piel, está la mar que ruge, y que rompe y que se rebulle, y que muere en tierra pero renace al apartarse, blanca, de ella. Sé que tendría que haberla olvidado. Pero siempre vuelve a esta orilla.

¿Cómo desterrar lo que has amado?