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no hay elección

—Hay en ella una parte de todas las mujeres que amamos —asegura el anciano pescador.

El hombre perdido sonríe. El fuego salta a veces en el reflejo cristalino de su mirada. Se pregunta por qué allí las respuestas nunca son claras.

Por qué todo es tan opaco.

—No recuerdo nada, así que no sé cómo eran las mujeres que amé.

El anciano pescador lo mira extrañado.

—Uno puede haberse perdido. Como tú. —Y deja la pregunta suspendida en el aire que huele a leña quemada—. Uno puede haber olvidado cosas. Incluso se puede estar muerto, pero ¿cómo olvidar a las mujeres que has amado? —Da una honda chupada a la pipa y expulsa una nube de humo blanco que, antes de dispersarse, no dibujada nada especial.

El hombre perdido se encoge de hombros.

—Me gustaría recordar. No quiero morirme sin recordarlo todo. Luego podré…

—Podrás… ¿qué? ¿Continuar tu camino?

El hombre perdido asiente cabizbajo.

—Acompáñame.

El anciano pescador se levanta de la orilla del fuego y toma la mano del hombre perdido. Caminan entre los juncos, luego recorren la hierba, pasan de largo los árboles en dirección a la cabaña. El viento juega con las ramas, pero apenas se oye un rumor. Una vez llegan ante la puerta del cobertizo, el anciano pescador dice:

—Dentro está oscuro, pero si quieres recordar no veo otro camino.

—Pero ella es…

—No tienes elección. Puedes seguir anclado en esta orilla. Aquí los días se suceden unos a otros sin apenas altibajos. A veces comes pescado, y otras te alimentas del recuerdo de cuando lo hiciste porque no tienes nada que llevarte al estómago. Pero puedes tomar el camino oscuro, y si perseveras es posible que encuentres respuestas.

El hombre perdido contempla la puerta que hace días cerró, presa del horror, cuando lo perseguía la Forjadora. Echa la vista atrás, a las aguas del río que le devuelve la mirada, inmutable en la distancia.

—No olvides esto —dice el anciano pescador, tendiéndole el pesado objeto de metal.

—¿Qué es?

—Tu escudo. Nadie que busque la verdad debería hacerlo sin uno.

El hombre perdido quiere darle las gracias, pero después de embrazar el escudo comprueba que no queda a su lado más que el vacío que ha dejado el anciano pescador.

Con la derecha embraza el escudo. Con la izquierda aferra el tirador de la puerta.

Acaba de descubrir algo sobre sí mismo.

—Adiós, hombre zurdo —oye en su cabeza—. Fuiste el joven extraviado, y luego el hombre perdido. Pero quienes buscan la verdad caminan hacia algún lado…

»Y por algún nombre hemos de conocerte.

todo es y vuelve al principio

el hombre perdido
Ya en la orilla, empapado, el hombre perdido descansa detrás de unos juncos. Más allá el agua esboza su sonrisa de diamante bajo la caricia de la luna. Oye pasos en la tierra, y las sandalias del anciano pescador se dibujan por el rabillo del ojo. No se vuelve hacia él. Piensa que si se hace el muerto tal vez deje de importunarlo, puede incluso que pierda aquella voz que lo sigue a todas partes.

—No puedes hacerte el muerto porque ya lo estás —insiste el anciano.

Se levanta una brisa pasajera que sacude los juncos. El agua susurra hacia la orilla, donde cantan los grillos. Los insectos se arrastran en la tierra, que exhala un suspiro. Mientras, el firmamento insiste en inundar el mundo de luz y de historias.

Pero el hombre perdido teme que…

—Temes que te cuente qué otras cosas se dibujan en ese cielo que no alcanzamos a ver. Te contentas con saber a qué obedece todo aquello que percibes, pero prefieres enterrar todo lo que te es desconocido.

El aroma de la hierba para pipa sigue los pasos de las palabras. Todo sucede en su momento. Ni una sola nota burla la marca del metrónomo.

—Dices que sacaron al hombre perdido del agua… Como un pescadito.

—Y así sucedió. Y así volverá a suceder.

—Fuiste tú quien lo rescató.

Aunque no mira al Anciano pescador, el hombre perdido oye el roce de la tela y sabe que asiente.

—Tal como hiciste conmigo.

—Tal como hice contigo.

Sigue un largo silencio.

—Entonces también tú formas parte de ese firmamento que no vemos.

—No exactamente.

—Tu brazo, entonces. El contorno de la barca de pesca. La red —aventura el hombre perdido, que contempla las estrellas.

—No figuro en el firmamento porque…

—¿Por qué?

—Porque fui yo quien puso ahí las estrellas.

Así fue cómo descubrió el hombre perdido que todo el cielo, el que vemos y el que no, era obra del anciano pescador. Memoria de las cosas vivas y recuerdo de las muertas, nunca se postró ante señor o villano.

Él es la prueba de que todo es y vuelve al principio.

constelaciones

—Ésa de ahí es la Cazadora. ¿Ves la lanza que empuña? —Señala—. Las estrellas más brillantes dan forman a la punta de acero blanco. Dicen que nació en el norte, antes de que asomara el sol por primera vez y la Corte Blanca comprendiera que eso suponía su final, que se fundirían los hielos, que su reino helado, con sus torres luminosas, desaparecería bajo las aguas y que la noche eterna que había marcado su existencia no sería más que un recuerdo. Con el hielo del septentrión se forjó la punta de la lanza, y por perecedero que sea supera con creces en fuerza al acero, tanto que no hace falta afilarlo y siempre encuentra su presa.

»Eso dicen.

»Luego tenemos las Tres hermanas, que crecen juntas y están unidas entre sí; el Foso, y el Hombre que marcha hacia atrás a la izquierda. ¿Las ves? Más allá, a tu espalda, la Amazona, la Valva con su perla. —Suelta una risilla repentina—. Ah, y desde aquí no pueden verse más que en invierno porque están en otro cielo, pero hay muchos otros motivos tejidos en el firmamento: El Lomo de la ballena; el Perro cazador, que lleva la lengua fuera y nunca abandona a quienquiera que escoja por amo; la Doncella descalza, cuyo cabello de oro infunde aliento a los hombres a quienes arrebata el corazón. Pero sigue recorriendo el cielo con la mirada, a la derecha ahora. Así. ¿Ves la Corona de hielo? La ciñen los monarcas por cuya alma soplan los vientos que recorren los páramos. Debajo están los Caballeros que los sirven, condenados a cabalgar cabizbajos hacia su perdición, abandonada toda esperanza. Y el Pez gordo, que boquea sentado en una modesta silla baja de madera.

—Háblame de esa otra parte del cielo que has mencionado —ruega el hombre perdido, a medio sumergir en el agua del lago, seguro de que todas aquellas palabras encuentran eco en su memoria de pez.

—¿Qué puedo contarte que no intuyas ya? Cualquiera es capaz de ver cosas en el cielo, pero no hay muchos capaces de afrontarlas.

»Sin ir más lejos ahí tienes al Hombre perdido. Durante un tiempo, después de morir, extravió la voz y la identidad. Camina por toda la eternidad en busca de algo, pero no sabe qué. Su mundo se redujo al tamaño de un pañuelo, y eso que ninguno supera el de una servilleta. Cuenta la leyenda que lo pescaron en el río una fría mañana…

»…Y que el hombre perdido se sacudió en la red, temblando como un pescadito.

un mundo de historias

el hombre perdido

El joven extraviado flota boca arriba en el agua. Es de noche. Sólo las hojas, las ramas y los árboles que mueve el viento rompen el silencio.

Sufre un sobresalto. No sabe cómo ha llegado allí.

Flota porque se hace el muerto. O porque lo está.

Le alcanza la voz del anciano pescador cada vez que el agua le sumerge las orejas, y, aunque en cierto modo ha huido para no escuchar, acaba oyendo las cosas que cuenta.

—No siempre estuvieron ahí. Las estrellas.

El joven extraviado flota en el agua, convencido de que la pausa se debe a que el anciano aspira el humo de la pipa antes de continuar. Y no se equivoca.

—Hubo un tiempo en que el mundo era un erial helado. No crecía la vegetación, ningún animal recorría los senderos que se abrirían con el transcurso de los años. Pero había gente. Vivían de la poesía y la música. Lo bello era su único sustento. No sólo hallaban consuelo en la belleza, sino que sobrevivían por ella. Pero entonces, poco a poco, el sol fue conquistando territorios. Cubrió de una belleza distinta aquel mundo donde la gente de antaño había fomentado valores diferentes a los vuestros. Entonces estallaron las guerras del pasado. Conflictos terribles entre quienes desearon abrazar lo que la vida les imponía antes de que fuese demasiado tarde, y entre los que quisieron combatirlo. Ese pueblo tuvo que retirarse a lugares oscuros donde no alcanzaba la luz del sol, y la gente del mundo que conocéis los convirtió en monstruos y los ocultó en las pesadillas. Con el paso de los años llegasteis a olvidarlos por completo.

Flota en el agua. Todo su mundo ya no huele a pescado, pero sigue suspendido en el vientre de aquella ballena que, tras regurgitarlo, lo alumbró a un lugar habitado por un único ser.

El anciano pescador es un cuentacuentos. ¿Cómo hacer oídos sordos? Todo su mundo es una historia. Hacerse el muerto, estarlo, mientras el cielo se cubre de estrellas.

—Háblame de ellas, anciano pescador.

Ésas son las primeras palabras que pronuncia el joven extraviado.

—Ante todo, ahora que el gato te ha devuelto la lengua, dejemos bien claro que no eres un joven extraviado. Si acaso, lo fuiste.

Una larga chupada de la pipa. Tras ella, en la distancia de lo que está y no está, la nube que se alza y se aleja veloz es una larga cabellera que remueve el viento.

—Ahora tan sólo eres un hombre perdido.