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el reverso de la puerta

Es de madrugada. Por las ventanas se anuncia un nuevo día. Me pregunto, para variar, cuánto llevo aquí. Lo curioso es que para mí la única salida es la que se encuentra más allá del pasillo, al otro lado de la puerta. Recuerdo el propósito que me hice al principio, tomado de los versos de Chrétien de Troyes. Todo eso de prefiero morir a retornar. Tal vez vivir ya no dependa de mí, quizá me lleva una corriente y no está en mi mano ganar la superficie. Respirar. Vivir.

Abro la puerta que da a un nuevo mundo. Me dijeron que no conduce a nada y lo hicieron con voz de miel. Es normal: Sólo los cantos de sirena desvían a un barco de su rumbo.

Lo contemplo en lo que tarda una gota en descomponerse en el agua, apenas un instante. Sé que las hojas de los árboles poseen el verde que les otorga la lluvia recién caída, y que todo desprende un fuerte olor a naturaleza. No obstante el cielo es blanco y negro, no hay matices ni colores en él, está como recortado y pegado sobre aquello que tendría que ser en realidad.

Pero esa palabra da pie a engaño. Lo hace allá donde va. Para definirla con torpeza nos necesitamos a nosotros mismos, pero casi nunca nos tenemos. Siempre estamos en otro lugar, siempre en manos de imposturas ajenas.

Vislumbro ese otro sitio. El campo y su alfombra de hierba alta y descuidada; las hojas y los árboles, a lo lejos; los arbustos, a lo lejos. La linde del bosque.

Sucede entonces, porque tras vislumbrar ese Otro Lugar la luz se apaga. Oigo un ruido inquietante a mi espalda, y la puerta, su reverso, corresponde a otra, distinta, y poco a poco se cubre de enredadera, las raíces se extienden por ella y no puedo decir que el ruido que hacen al arrastrarse sea agradable, sino todo lo contrario: Es desapacible; es el cuchillo mellado que desgarra con sus dientes y su tesón. El metal que corta el hueso mientras las esquirlas saltan aquí y allá.

el reverso de la puerta de la duda

Cuando vuelvo la vista veo a Golfo, que es el nombre de perro —justo es decir que no fui yo quien se lo puso, pero ahora, en este poco tiempo que me queda, ya no tengo espacio para contar cómo sucedió—. Me mira con la lengua fuera, y al cabo agacha la vista cuando el agua empieza a cubrirle las patas. Noto entonces la humedad en los pies. Cuando el agua me llega a los tobillos, acompaño mis palabras de un gesto. Corre, le digo. Corre, Golfo. Salgamos de aquí.

Pero ¿cómo si no hay salida? Se da la vuelta y sale disparado hacia la pared del fondo, excavada en roca. Dudo que la habitación se encuentre físicamente en la casa. Debe de estar en otra parte, en la frontera de un lugar cuyo cielo es blanquinegro, donde el verde es más intenso y huele a humedad. Un mundo entre raíces. Un mundo entre la gota de agua y el grano de arena que empapa, junto al lago (pienso). Junto a ella (pienso esperanzado).

Su cola desaparece en la roca. Es un perro cazador, no se le escapa una y ha encontrado la forma de salir. Me dirijo hacia allí, arrastrando los pies en el agua, que me alcanza las rodillas. Apenas veo en la oscuridad. Tanteo la pared y encuentro el hueco, el túnel, pero cuando me agacho no veo luz al otro lado. No parece que haya salida.

Me introduzco en él, pero al poco rato el agua se cuela conmigo. Es muy estrecho. Un zumbido agudo acompaña al borboteo. Me abro paso como un gusano, palmo a palmo el culebreo de mi cuerpo me empuja hacia adelante en esa pétrea tráquea donde todo es asfixia. Me corto con la roca y la roca me hiere.

En los últimos momentos junto un puñado de recuerdos. No es que la vida te pase por delante, más bien son ciertas cosas. Pocas. Algunas las había olvidado.

Me hundo como una piedra en un plano horizontal porque el mundo se ha vuelto del revés o me falta aire para razonar. Todo se mueve. Quizá. Me he convertido en mi propio lastre. Me voy conmigo al fondo, devorado por un pez gordo, y es en su vientre, el vientre de la ballena, donde muero solo.

fin del libro II: el vientre de la ballenaFIN del libro II: el vientre de la ballena
libro III: el bosque salvaje, octubre de 2010

un modo de entrar

La verja se alza unos tres metros. Tiene motivos florales forjados en hierro y la coronan flechas herrumbrosas que miran al cielo. Hubo un tiempo en que fue azul turquesa, pero ni cae la lluvia ni sopla el viento en vano, y la pintura está descascarillada. La recubre una próspera enredadera.

Tiene que haber un modo de entrar. Lo que cuesta es encontrarlo.

Ángel se vuelve hacia mí con su disfraz de ciclista de fin de semana y la frente sudorosa. A pesar de sus promesas mientras almorzamos en un pueblo costero, la casa de sus amigos no está a un tiro de piedra de la salida del paseo marítimo. Hay que atravesar la Nacional, eso para empezar, lo que no es problema porque hay túneles y escaleras que te permiten pasar por debajo.

Y como Ángel me propone visitarlos, nos convertimos en topos ataviados con paravientos de color chillón, pantalón culotte y ese casco que parece un orinal mal hecho. Me mira y me dice, como si hiciera falta:

Bueno, ya hemos llegado.

El túnel que pasa bajo la carretera no nos plantea mayores problemas. Salimos al pueblo, que luego recorremos de mar a montaña: Calles y calles estrechas donde a menudo es necesario apearse de la bici para no incordiar a los transeúntes. Somos gente educada.

¿Sólo será un rato?, pregunto, insisto, a Ángel, que no responde de lo mucho que se concentra en dar con la forma de llamar a la verja. Más allá el camino está bordeado de vegetación y serpentea hacia la cima de la montaña.

de camino a la verja

Pasado el pueblo, subimos una interminable cuesta asfaltada hasta llegar a la iglesia. Allí, por suerte, encontramos una fuente. Es durante el alto cuando descubro que Ángel no sabe muy bien qué camino tomar.

Perro se pone a ladrar.

Por cierto que ya tiene nombre, pero ando enfadado con él y, antes de describir con pelos y señales cómo se lo ganó (puede que más adelante cuente esa historia, si se me pasa el cabreo), me limitaré a decir que no le cae bien Ángel. Cuando no le gruñe, perro aprovecha la menor oportunidad para demostrarle que no valora su amistad; ni la busca, ni la pretende. El sentimiento es mutuo:

Y ahora vas y adoptas una mascota. ¿Qué será la próxima vez?, pregunta Ángel, que fuma al finalizar el almuerzo. Como está de espaldas no ve que perro levanta una pata y se orina, con una mueca que recuerda la sonrisa torcida de un chucho de dibujos animados, en las llantas de una bicicleta de montaña hecha de materiales más adecuados para quienes practican de verdad el ciclismo.

Pienso en todo ello mucho antes de llegar a la verja, cuando recorremos el camino que ha escogido Ángel hasta que el barro nos llega a veces al tobillo. No hay más remedio que apearse de la bici y continuar a pie.

Tal vez los ladridos de perro en la iglesia sean su forma de advertirnos que tomamos el sendero equivocado. Pero resulta que no: al cabo de una hora larga alcanzamos, agotados, la dichosa verja.

Ángel busca aún la forma de llamar, y yo paseo la vista a mi alrededor, aguzando la mirada.

El pointer no asoma el hocico por ninguna parte. Debe de haber ido a buscarse otro compañero de viaje al pie del puente de piedra. La intuición me dice que ese puente es especial, y que no sólo por el hecho de ser lo que es (un puente) simboliza el paso a otro… Ángel me distrae dándole una patada a la verja. Y yo miro y miro, pero no encuentro a perro.

Una motosierra sepulta el canto de los pájaros, el rumor del viento, de las hojas que mueve, así como el silencio ruidoso de los pensamientos.

asta de lanza

¿Un perro?

Esto lo pregunta mi madre, a quien le parece la mar de gracioso que me haya dado por meter un animal en casa.

Sabrás que no tienen botón de encendido y apagado, ¿verdad?

La conversación —mejor dicho, el monólogo— prosigue unos minutos por estos derroteros, a pesar del esfuerzo que hago por averiguar qué tal está yendo el crucero. Todos los vientos le acompañan la voz porque sopla un auténtico vendaval donde ha atracado el transatlántico. La imagino con los codos en la regala, apuntalándose como puede la pamela mientras el daiquiri tiembla en la mesita de teca, junto a la hamaca de cubierta.

Nos lo estamos pasando tan bien que aún no nos hemos decidido a desembarcar. Tu padre anda por ahí, haciendo de detective…

Resulta que a mi progenitor lo ha reclutado un grupo de viajeros que se dedica a organizar jornadas de esos juegos raros en los que aparece alguien supuestamente asesinado y los participantes tienen que resolver el caso con la ayuda de uno enterado de qué va el asunto que hace las veces de moderador. Imagino que todo se resuelve como en las novelas de Agatha Christie, con los detectives reunidos en el salón, lugar donde exponen sus conclusiones ante los presentes. Todo muy civilizado.

¿Y qué piensas hacer con él?, inquiere después de confiarme su teoría de que el mayordomo es el asesino.

Cuando comento lo del perro todos me hacen esa pregunta. Qué poca fe tiene la gente. A ver cuándo se enteran de que nada, ni nadie, es lo que parece.

Me pregunta por Julia, mi hermana. Luego promete llamar pronto, aunque será en otro puerto. Antes de colgar me dice:

Ahí viene tu padre. Míralo, el muy gañán está en su salsa.

A mí me gustaría poder decir lo mismo. No he dejado de dormir mal por las noches. En sueños mi amiga la escultora me pide que la lleve de vuelta al lago. No duermo tan poco como para que se me escape el significado simbólico de todo esto. Detrás de nosotros, los ladridos, que suenan cada vez más fuerte.

Más cerca.

Sigo suspendido en ese momento en el que no me lanzo a hacer lo que debo por la sencilla razón de que parece una locura. Es el momento de la duda, que no tarda en resolverse, pero hasta que lo hace me planteo incluso la posibilidad de visitar a uno de esos médicos que toman notas mientras te escuchan y miran el reloj. Igual me recetaría algo que me hiciese dormir como una piedra.

Puestos a hacer un repaso de los elementos, tengo un primer sueño intenso (e interrumpido); una misteriosa fotografía de cuando era pequeño; las opiniones de algunos amigos cercanos: Berto, Ángel, Clara; un misterioso perfil dibujado en las baldosas del cuarto de baño de uno de ellos; el mapa donde figuran algunos lugares de esa geografía simbólica que ilustraba al texto sobre la aventura de la ventana, y, antes de que me decida a poner palabras al segundo y más intenso de los sueños, lo que haré pronto, muy pronto, el asta que…

poste de lanza (antes fue una simple barra)Sé que no he contado lo del asta. El motivo es que de todas las cosas que me empujan a, parece la más endeble. Además, cuando lo cuento yo no tiene la menor gracia porque me limito a decir que el clavo que aguantaba la barra de la cortina por uno de los extremos cedió, y la barra acabó apoyada en el rincón. Por lo menos lleva allí siete años. Clara sostiene que no es una barra, sino el poste (así lo llama ella) de la lanza con la que debo hostigar a la bestia cuando me la encuentre en mitad del laberinto. Dice que por algo sigo sin cortina.

Cuando lo hablo con Berto, lo veo encogerse de hombros como hizo el perro cuando pinché cerca del puente. Me da la espalda y le dedica unas caricias. El pointer me lo está poniendo todo perdido de pelos, resulta que sólo le gusta el jamón serrano y me paso medio día fuera con él, llevándolo de un lado a otro.

Vale. De acuerdo. En realidad es él quien me lleva a mí.

?errores¿

perro

Ojo. No es que no me gusten los perros (o los animales). El problema es que no sé muy bien qué hacer con ellos. La gente suele dedicarles gestos cariñosos. Debo de ser un desalmado (pensaréis). Quizá sí.

Pero yo no lo creo.

En mis historias siempre aparece un labrador de pelo negro. Es el homenaje que hago al de un amigo que ya se marchó a dondequiera que se retiren los perros buenos. Suelo ponerles Sombra por nombre, lo que también constituye un homenaje a ese animal concreto y a tantas otras cosas.

Pero retomo lo de que no sé muy bien qué hacer con ellos porque eso me lleva a la situación en que me veo inmerso.

He seguido el trazado de la costa abriendo caminos. Cuando el paseo marítimo se interrumpe, me desvío hacia el interior hasta regresar a la orilla. La operación no comporta mayores riesgos, pues conservo el mar a mi derecha. Si me adentro mucho sólo tengo que volver a él.

Hay un momento en que el granito es una certeza a lo lejos, bajo la nube gris que lo envuelve. Asoma algún edificio significativo, pero todo eso ha quedado muy atrás.

Sigo la costa cuando veo un perro a unas siete pedaladas de distancia. Surge tras las piedras que bordean el camino que separa la arena del paseo. Estira mucho el cuello y me mira. Es como si me estuviera esperando. Al pasar de largo junto a él le sonrío y vuelvo a concentrarme en el recorrido.

Es posible que no me sienta digno de tener perro («evitar» es algo muy propio de mi familia: mi padre rehuye los ascensores, y mi madre nunca ha puesto el pie en una bolera porque la sola idea de calzar los zapatos de otro la enerva); pero hay más cosas: por un lado he cometido ya el error de escribir la palabra «tener», como si fuera algo mío, y también odio con todas mis fuerzas la palabra «mascota».

Puede que sea pura cobardía. El labrador de mi amigo murió en sus brazos. A mí se me partiría el corazón. No soy lo bastante fuerte, y en la vida ya sufrimos bastantes pérdidas.

Desciendo a rueda libre por la pendiente de tierra que me lleva al acceso lateral del puerto deportivo cuando reparo en que me está siguiendo. No llevo mucha velocidad, así que aprieto un poco. No es que quiera huir de él…

O tal vez sí.

Recupero el paseo y encuentro al perro en lo alto del camino. Una vez en puerto siempre voy por abajo, junto a las fachadas de los restaurantes, pero el camino más rápido es el del aparcamiento, así que él ha tomado un atajo.

Pasa una hora y seguimos juntos. No me siento un intruso a estas alturas del año en la playa nudista porque no se ve un alma. Sentado en la arena, con la bicicleta apoyada en la enorme roca, estoy frente al mar, que hoy es un espejo. Las nubes avanzan sobre la costa.

El collar no revela ninguna información. Revuelvo la mochila y pregunto:

¿Quieres una mandarina… perro?

Diablos. Ya he cometido el error de hablarle.

pie del puente

Más adelante, pasados tres o cuatro pueblos costeros, encuentro un puente de piedra que no recuerdo haber visto ahí. Tiene la piel cubierta de esa vegetación empeñada en echar raíces en rincones insospechados.

Me acerco entre los fuertes ladridos del perro. Me doy la vuelta para ver qué le pasa. Entonces pincho. Vaya si pincho. Pero de verdad. Un pinchazo de libro de texto.

El silbido del aire da paso a los tacos de rigor. No llevo ni parches ni cámara de repuesto. Sí, lo sé. Las aventuras comportan riesgos, y ésta la he emprendido con la despreocupación de un insensato. Le digo al perro:

Ya me contarás tú cómo coño vuelvo a casa.

Él me mira con la cabeza ladeada y la lengua fuera. Luego hace como que bosteza. Después, palabra de honor…

Después vuelve fugaz la vista atrás, en dirección al granito, y cuando me encara de nuevo hace un gesto inconfundible.

Inequívoco.

Se encoge de hombros.

lo que falta

Ante la disyuntiva de escoger entre caminos, uno fácil, el otro difícil, tomé el difícil porque el otro podía recorrerlo cualquiera. Ése soy yo. De los que nunca toman el camino fácil.

Lo aprendí de mi padre, que jamás ha escogido el camino fácil. Tampoco toma ascensores. A menos que se esté impedido para andar, dice, un hombre jamás debería permitirse el lujo de tomar un ascensor. Mi madre no es tan radical en este aspecto. Ha dedicado la vida al canto (principalmente lieds, pero también ha formado parte de grupos corales y cosas así).

En el momento de escribir esto ambos están de crucero. No un crucero vulgar, de esos que haces cuando te retiras. Es un viaje especial que les ha regalado el Gobierno porque se lo han ganado. Han planeado bajarse en alguno de los lugares donde hagan escala y no volver a subir a bordo. Eso me lo cuentan durante la cena. Se ríen. Vaya si se ríen. Mi padre dice que dejarse llevar por ahí de un lado a otro es lo que hacen los demás —en esto no puede negarse cierta coherencia con la opinión que le merecen los ascensores—. Mi madre no está muy convencida, pero ha accedido a cambio de ser ella quien escoja el lugar del desembarco. Mis padres son míticos. Esos son mis padres. De los que nunca toman el camino fácil.

Con los postres hablamos de Julia, mi hermana, que no ha podido venir porque tiene guardia en el hospital. Luego, puesta la cafetera al fuego, me preparo para aguantar la monserga del viaje. El vamos a hacer esto y aquello. Pero no: Se ponen ambos muy serios y me entregan una caja de zapatos, de cuyo interior asoma un montón de fotografías de cuando éramos pequeños.

Tenías razón. (Esto lo dice mi padre, que se coge de manos sobre la mesa y me parece inquieto.) La encontramos, pero el muñeco…

No era un muñeco. (Mi madre lo interrumpe porque es de esas personas que no pueden convivir con la palabra incorrecta.) Era un peluche o algo parecido.

Rebusco en la caja. Es de las primeras. Hace unos días les pedí mis fotos de pequeño, y ya entonces les adelanté que no encontraría exactamente lo que buscaba. Todo viene a raíz de ese cúmulo de cosas que me han ido sucediendo, pero sobre todo debido al primero de los sueños (en el momento de celebrarse esta cena aún ignoro que habrá un segundo sueño, mucho más profundo y estremecedor).

Miro a mis padres por el borde de la fotografía. Ellos a su vez no pierden detalle de mi reacción, sin comprender por qué esa imagen de cuando era niño es tan importante para mí.

No se trata de lo que hay en ella, sino de lo que falta.

el parque del terror

En la foto estamos Golfo y yo. Golfo era mi mascota guardiana. Con el tiempo se convirtió en un león, le cambié el nombre y no creo que lo encajara muy bien. Sé que cuidó de mí, tal como atestigua la imagen: clava sus ojos saltones en la figura situada a mi izquierda, parte de la silueta de la Bestia Aulladora convertida en ilusión fantasmagórica, ausente pero presente, desaparecida pero percibida. Ese niño que fui yo se aferra a la red del parque infantil con una fuerza que nace de la desesperación. Me pregunto si implora ayuda a quien lo mira al otro lado de la lente. Más allá de la superficie del papel fotográfico.

Tampoco era precisamente un peluche.

He recuperado cosas que había olvidado. Recuerdo que se hacía un hondo silencio cuando mi madre me dejaba a solas a la hora del desayuno y la bestia, después de comerse las galletas, se bebía la leche. También recuerdo su olor a tierra húmeda, el tacto gélido de la piel escamosa que le surcaba el cuello de sierpe. Le acompañaban a todas partes los ladridos, que parecían salirle de dentro, ladridos como de dos veces treinta perros. El torso manchado, como la piel de un leopardo. Los ojos crueles, capaces de infundir desaliento en los corazones limpios como el mío. ¿En qué agujero profundo se habrá ocultado mi memoria de esa época?

Ésa fue la primera vez que Glatissant, la fabulosa Bestia Aulladora, se cruzó en mi camino. Y si mi empresa tiene éxito, no será la última.