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todo es y vuelve al principio

el hombre perdido
Ya en la orilla, empapado, el hombre perdido descansa detrás de unos juncos. Más allá el agua esboza su sonrisa de diamante bajo la caricia de la luna. Oye pasos en la tierra, y las sandalias del anciano pescador se dibujan por el rabillo del ojo. No se vuelve hacia él. Piensa que si se hace el muerto tal vez deje de importunarlo, puede incluso que pierda aquella voz que lo sigue a todas partes.

—No puedes hacerte el muerto porque ya lo estás —insiste el anciano.

Se levanta una brisa pasajera que sacude los juncos. El agua susurra hacia la orilla, donde cantan los grillos. Los insectos se arrastran en la tierra, que exhala un suspiro. Mientras, el firmamento insiste en inundar el mundo de luz y de historias.

Pero el hombre perdido teme que…

—Temes que te cuente qué otras cosas se dibujan en ese cielo que no alcanzamos a ver. Te contentas con saber a qué obedece todo aquello que percibes, pero prefieres enterrar todo lo que te es desconocido.

El aroma de la hierba para pipa sigue los pasos de las palabras. Todo sucede en su momento. Ni una sola nota burla la marca del metrónomo.

—Dices que sacaron al hombre perdido del agua… Como un pescadito.

—Y así sucedió. Y así volverá a suceder.

—Fuiste tú quien lo rescató.

Aunque no mira al Anciano pescador, el hombre perdido oye el roce de la tela y sabe que asiente.

—Tal como hiciste conmigo.

—Tal como hice contigo.

Sigue un largo silencio.

—Entonces también tú formas parte de ese firmamento que no vemos.

—No exactamente.

—Tu brazo, entonces. El contorno de la barca de pesca. La red —aventura el hombre perdido, que contempla las estrellas.

—No figuro en el firmamento porque…

—¿Por qué?

—Porque fui yo quien puso ahí las estrellas.

Así fue cómo descubrió el hombre perdido que todo el cielo, el que vemos y el que no, era obra del anciano pescador. Memoria de las cosas vivas y recuerdo de las muertas, nunca se postró ante señor o villano.

Él es la prueba de que todo es y vuelve al principio.

constelaciones

—Ésa de ahí es la Cazadora. ¿Ves la lanza que empuña? —Señala—. Las estrellas más brillantes dan forman a la punta de acero blanco. Dicen que nació en el norte, antes de que asomara el sol por primera vez y la Corte Blanca comprendiera que eso suponía su final, que se fundirían los hielos, que su reino helado, con sus torres luminosas, desaparecería bajo las aguas y que la noche eterna que había marcado su existencia no sería más que un recuerdo. Con el hielo del septentrión se forjó la punta de la lanza, y por perecedero que sea supera con creces en fuerza al acero, tanto que no hace falta afilarlo y siempre encuentra su presa.

»Eso dicen.

»Luego tenemos las Tres hermanas, que crecen juntas y están unidas entre sí; el Foso, y el Hombre que marcha hacia atrás a la izquierda. ¿Las ves? Más allá, a tu espalda, la Amazona, la Valva con su perla. —Suelta una risilla repentina—. Ah, y desde aquí no pueden verse más que en invierno porque están en otro cielo, pero hay muchos otros motivos tejidos en el firmamento: El Lomo de la ballena; el Perro cazador, que lleva la lengua fuera y nunca abandona a quienquiera que escoja por amo; la Doncella descalza, cuyo cabello de oro infunde aliento a los hombres a quienes arrebata el corazón. Pero sigue recorriendo el cielo con la mirada, a la derecha ahora. Así. ¿Ves la Corona de hielo? La ciñen los monarcas por cuya alma soplan los vientos que recorren los páramos. Debajo están los Caballeros que los sirven, condenados a cabalgar cabizbajos hacia su perdición, abandonada toda esperanza. Y el Pez gordo, que boquea sentado en una modesta silla baja de madera.

—Háblame de esa otra parte del cielo que has mencionado —ruega el hombre perdido, a medio sumergir en el agua del lago, seguro de que todas aquellas palabras encuentran eco en su memoria de pez.

—¿Qué puedo contarte que no intuyas ya? Cualquiera es capaz de ver cosas en el cielo, pero no hay muchos capaces de afrontarlas.

»Sin ir más lejos ahí tienes al Hombre perdido. Durante un tiempo, después de morir, extravió la voz y la identidad. Camina por toda la eternidad en busca de algo, pero no sabe qué. Su mundo se redujo al tamaño de un pañuelo, y eso que ninguno supera el de una servilleta. Cuenta la leyenda que lo pescaron en el río una fría mañana…

»…Y que el hombre perdido se sacudió en la red, temblando como un pescadito.

un mundo de historias

el pez gordo

Es de noche y a la luz de la chimenea el anciano habla sin cesar. Le está contando la historia de cuando vio el pez más gordo del riachuelo que susurra cerca de la cabaña.

—Las aguas del río habían crecido tanto que no sólo las barcas se deslizaban con dificultad por ellas, sino también buques de gran calado. Cocas e incluso galeones, cáscaras de nuez que se pierden en el mar con toda su tripulación cuando no regresan con el cargamento arracimado en cubierta: las especias de Oriente, las joyas de los sultanes y otros tesoros que no podemos ni soñar, filósofos y sabios, astrólogos y pitonisas, papeles que se deshacen nada más leer lo que reza en su superficie, magos de la mente, mujeres cuya hermosura hace llorar. Palabras de poder. Criaturas fabulosas.

Por alguna razón, esto último arranca un brillo fugaz a los ojos de huevo del joven. Se intuye en ellos el azul claro que el tiempo agrisó. El sol ya no es un disco blanco tras las nubes. Sencillamente no es. Tiene que preguntar al anciano qué historias le sugieren las estrellas (el cielo está lleno de ellas), pero antes…

librohp

—Y estando yo en el río al final de mi jornada, sentí en la quilla un fuerte golpe que me habría enviado al fondo de no ser porque llevaba bien estibada la pesca. Los peces temblaban aún con fuerza en la red. Miré a babor y estribor (esto es, a izquierda y derecha, muchacho, que parece que hayas nacido ayer), luego eché un vistazo a la proa y la popa, aferré la caña del timón y puse rumbo a la orilla para que el río comprendiera que ya había tomado lo bastante de él.

»Cuando la vela se hinchó al viento y la proa miró a la costa, las aguas se agitaron más aún y se alzó de pronto a mi alrededor, coronado de palomillas, un oleaje repentino. Fue entonces cuando mis ojos contemplaron el pez más gordo que he visto en la vida.

»Los viejos del lugar aseguran que se muestra ante los pescadores que han sido más ambiciosos de la cuenta. Eso les sirve de advertencia porque es así de grande. —Separa los brazos todo lo que le da el cuerpo—. Y así de gordo. —De nuevo separa los brazos todo lo que le da el cuerpo—. ¿Y sabes qué?

El joven niega con la cabeza. No entiende ni la mitad de las cosas que dice el anciano, pero esa voz se ha convertido, junto al olor a pescado, en todo su mundo.

—Pues que logré ganar la orilla, como bien supondrás aunque se te haya comido la lengua el gato. Y cuando volví a casa después de pasar por la lonja y vender lo mío, me encontré al pez gordo sentado en esa misma silla donde estás tú ahora.

Y ríe. Su risa es como cuando pisan la uva en esas tinas enormes. Su risa le suena así al muchacho. Cree que también huele así, a uva pisada. E incluso diría que tiene el mismo sabor. Puede, no sin cierto esfuerzo, ver su risa. Cómo se alza entre las llamas del fuego, cómo abandona la habitación, y cómo, tras salir por la ventana, se deshace bajo el cielo antes de convertirse en polvo de estrellas.