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asta de lanza

¿Un perro?

Esto lo pregunta mi madre, a quien le parece la mar de gracioso que me haya dado por meter un animal en casa.

Sabrás que no tienen botón de encendido y apagado, ¿verdad?

La conversación —mejor dicho, el monólogo— prosigue unos minutos por estos derroteros, a pesar del esfuerzo que hago por averiguar qué tal está yendo el crucero. Todos los vientos le acompañan la voz porque sopla un auténtico vendaval donde ha atracado el transatlántico. La imagino con los codos en la regala, apuntalándose como puede la pamela mientras el daiquiri tiembla en la mesita de teca, junto a la hamaca de cubierta.

Nos lo estamos pasando tan bien que aún no nos hemos decidido a desembarcar. Tu padre anda por ahí, haciendo de detective…

Resulta que a mi progenitor lo ha reclutado un grupo de viajeros que se dedica a organizar jornadas de esos juegos raros en los que aparece alguien supuestamente asesinado y los participantes tienen que resolver el caso con la ayuda de uno enterado de qué va el asunto que hace las veces de moderador. Imagino que todo se resuelve como en las novelas de Agatha Christie, con los detectives reunidos en el salón, lugar donde exponen sus conclusiones ante los presentes. Todo muy civilizado.

¿Y qué piensas hacer con él?, inquiere después de confiarme su teoría de que el mayordomo es el asesino.

Cuando comento lo del perro todos me hacen esa pregunta. Qué poca fe tiene la gente. A ver cuándo se enteran de que nada, ni nadie, es lo que parece.

Me pregunta por Julia, mi hermana. Luego promete llamar pronto, aunque será en otro puerto. Antes de colgar me dice:

Ahí viene tu padre. Míralo, el muy gañán está en su salsa.

A mí me gustaría poder decir lo mismo. No he dejado de dormir mal por las noches. En sueños mi amiga la escultora me pide que la lleve de vuelta al lago. No duermo tan poco como para que se me escape el significado simbólico de todo esto. Detrás de nosotros, los ladridos, que suenan cada vez más fuerte.

Más cerca.

Sigo suspendido en ese momento en el que no me lanzo a hacer lo que debo por la sencilla razón de que parece una locura. Es el momento de la duda, que no tarda en resolverse, pero hasta que lo hace me planteo incluso la posibilidad de visitar a uno de esos médicos que toman notas mientras te escuchan y miran el reloj. Igual me recetaría algo que me hiciese dormir como una piedra.

Puestos a hacer un repaso de los elementos, tengo un primer sueño intenso (e interrumpido); una misteriosa fotografía de cuando era pequeño; las opiniones de algunos amigos cercanos: Berto, Ángel, Clara; un misterioso perfil dibujado en las baldosas del cuarto de baño de uno de ellos; el mapa donde figuran algunos lugares de esa geografía simbólica que ilustraba al texto sobre la aventura de la ventana, y, antes de que me decida a poner palabras al segundo y más intenso de los sueños, lo que haré pronto, muy pronto, el asta que…

poste de lanza (antes fue una simple barra)Sé que no he contado lo del asta. El motivo es que de todas las cosas que me empujan a, parece la más endeble. Además, cuando lo cuento yo no tiene la menor gracia porque me limito a decir que el clavo que aguantaba la barra de la cortina por uno de los extremos cedió, y la barra acabó apoyada en el rincón. Por lo menos lleva allí siete años. Clara sostiene que no es una barra, sino el poste (así lo llama ella) de la lanza con la que debo hostigar a la bestia cuando me la encuentre en mitad del laberinto. Dice que por algo sigo sin cortina.

Cuando lo hablo con Berto, lo veo encogerse de hombros como hizo el perro cuando pinché cerca del puente. Me da la espalda y le dedica unas caricias. El pointer me lo está poniendo todo perdido de pelos, resulta que sólo le gusta el jamón serrano y me paso medio día fuera con él, llevándolo de un lado a otro.

Vale. De acuerdo. En realidad es él quien me lleva a mí.

a rueda libre

rueda delantera glatissantSentado con los pies en la mesa, la vista en lo alto. Entra tal luz que distingo la negritud intermitente que bordea el punto de encuentro entre el techo y las paredes necesitadas de pintura.

Hoy no me gusta nada mi vida. Lo que hay fuera, lo que existe más allá de esta barrera, es un silencio que se convierte de pronto en el gemido espectral que corre de noche en un puerto, la certeza de una aventura irresistible.

El exterior es una promesa de puro diamante.

Tentadora, juguetona, una textura de ala de mariposa permanece suspendida entre el televisor y el mueble que le sirve de sostén. El tono pardo de la madera se aclara y me zambullo en la plenitud irisada. La vida ya no parece tan mala. Es en la luz inmensa que renazco.

Emprender la huida. Franquear, atravesar, salir. Y cuando la trayectoria que traza el agua de la fuente me hace de cataviento sé que estoy a punto de abandonar los límites que me impone este granito. A partir de ahora ya no debo atenerme a tanta norma. Son mis piernas que me sirven de impulso. La mente se vacía, sólo existen el siguiente obstáculo, el cálculo constante de las distancias que separan a los cuerpos. A mi derecha ruge el mar, rompe el mar, se rebulle el mar, y yo vuelvo a donde debo, a su lado. No en el mar, sino cerca. Próximo de su luz, que refleja, de sus colores, que irradia. Cerca de su promesa que es tumba, de lo bueno y de lo malo. De la vez que chapaleé en su orilla de lágrimas primeras, y también de las risas: los juegos en el mar. Con ella. Cuando no sólo el agua era salada, también lo era su piel.

Es en la superficie del mar, en el guiño fugaz del millar de flashes que la recorren como al inicio de un encuentro deportivo, que entreveo la sonrisa de ella, hurtada por el paso del tiempo, ya disfrazada la memoria de mentira.

Es en el viento, en la inercia del pedaleo, en la atención que presto al siguiente obstáculo, que hallo por fin el silencio anhelado. El vaivén me ha revuelto el pelo, tengo tal cara de velocidad que se me han afilado los rasgos (no, la nariz no), y a estas alturas ya visto manga corta. Estoy en tensión cuando afronto el descenso. Preveo barro, los charcos de otras lluvias, pero qué importa. Ganaré impulso y descenderé a rueda libre. Cuando superas los treinta y largos cualquier cosa se convierte en una herida de guerra: las manchas, los roces, la piel que levanta una caída, la abrasión del terreno y las cicatrices que no desaparecerán, todas preferibles a otras heridas más hondas que no se curan por mucho que vivas subido al sillín. Pedaleando.

detalle bici glatissantLa bicicleta no es mía. Es un préstamo de Berto. Me confiesa tras un incómodo silencio que no está muy seguro de que le haya puesto al corriente de todo. Tal vez el vino tenga la culpa de que me sincere con él, a pesar del temor de decepcionar a Clara (perdóname).

¿Tiene que ver con ella? (pregunta Berto) ¿En el sueño la acompañas al lago?

Más bien la arrastro.

Respondo en voz tan baja que apenas me oye. Berto, amigo mío, ese corcel tuyo de aluminio me ha cambiado la vida. Quiero que lo sepas si es que tus letras te dejan ver las palabras. Cuando estoy a disgusto con lo que me rodea me aprieto como puedo la armadura y marcho sobre dos ruedas. Voy solo, dispuesto a guardar cualquier puente porque busco riña. El sol danza en el metal, y cuando cae la noche me aplico piedra pómez en los callos de la mano. A mi vuelta soy otro: bronceado, más rubio, un milímetro más delgado, medio centímetro más alto de lo que me engallo. Un jodido dios dorado que debe los andares de vaquero al incómodo sillín.

Primero a la derecha, después a la izquierda con un viento que ha mudado la piel, está la mar que ruge, y que rompe y que se rebulle, y que muere en tierra pero renace al apartarse, blanca, de ella. Sé que tendría que haberla olvidado. Pero siempre vuelve a esta orilla.

¿Cómo desterrar lo que has amado?

pliegues entre aguas

Nos hemos regalado sendos filetones en nuestro Día del solomillo, jornada no apta para vegetarianos con la que celebramos la llegada de la cuaresma. Clara ha preferido quedarse en su casa, cuidando de los niños; del grande, y también del otro, el pequeño.

Tal vez el baño del piso de mi amigo Berto (a mí me gusta la palabra «escusado») sea el rincón menos agradable. Estoy sentado en el retrete a instancias suyas, conste: Ni se te ocurra hacerlo de pie porque hoy he fregado, me ha advertido como si coger la fregona fuera algo que no hiciese con la deseada regularidad.

Mientras repaso con la mirada las feas aguas que surcan las baldosas del suelo, deseando ver en el perfil que me ha señalado Berto cualquier otra cosa —por ejemplo una jirafa, o un elefante («no todos los días aparece un elefante en nuestras vidas», afirma Saramago)—, dirijo hacia otro lugar la poca sangre que no ha decidido abandonar el cerebro rumbo al estómago y su digestión.

Nos conocimos en Grrr (http://www NULL.grrr NULL.ws/filosofia NULL.php), un colectivo de grafistas de marcado carácter iconoclasta que, con el tiempo, ha ido convirtiéndose en otra cosa, no necesariamente mejor o peor. Aunque es tipógrafo, para ganarse la vida diseña desde catálogos de tornillos hasta lo que los anglosajones llaman stationery. Es un tipo alto, grande como un oso, que iba para ala pívot hasta que una fractura de tobillo lo apartó de la cancha cuando casi había metido una de sus enormes zarpas en lo que él denomina, con cierta amargura, siempre con voz queda, las «ligas mayores». Tiene el cabello negro, crespo, y la pereza le impide afeitarse más de una vez por semana, de modo que lo habitual es verle rasposa la cara de pan, donde destacan los ojos, perpetuamente agrandados por el asombro que le producen el mundo y sus cosas.

Berto es de esa gente a la que encorva su propia altura, y siempre anda por ahí con la bolsa de mensajero a cuestas, el ordenador portátil dentro, haciendo fotografías de paredes donde la lluvia, la acción del hombre y un sinfín de carteles superpuestos han dado pie a «texturas bizarras» que aprovechar en futuros proyectos.

Con media botella de vino en el estómago, todo lo que le cuento no le causa el asombro necesario para evitar que la modorra le entorne los ojos. Sentado en el sofá, es un Nerón moderno que ha olvidado momentáneamente las ganas de prender fuego a una ciudad, la nuestra, que cada día que pasa nos resulta más ajena. De pronto parece espabilarlo el borboteo de la cafetera.

Al volver de la cocina se dispone a darme su opinión acerca del primer sueño, cuando recuerdo el extraño perfil que he visto dibujado en el cuarto de baño.

Antes de entrar allí, justo antes de recordarme que ese día ha fregado, Berto apoya la mano en mi hombro y, en tono de confidencia, más encorvado de lo habitual, me dice mientras enciende la luz y señala los pliegues que forman las aguas:

Mira, es Merlín visto de perfil.

perfil de Merlín

hic sunt dracones

Al cabo de tres noches sucede otra de esas cosas que me empujan a. Se trata de una advertencia, una demostración de lo que me depara el camino.

Sopla un fuerte viento que zarandea el toldo del balcón. Se me ha hecho tarde y ya no tengo ni fuerzas para leer en la cama. Me caigo de sueño.

Vuelvo al salón con el cepillo de dientes en la boca. Allí me dedico a cambiar de canal, hasta que encuentro la escena de una película en la que un pobre caballero tiene que devolver la espada al lago porque se lo ha pedido su rey, que agoniza en un mar de sangre que a mí me sabe a menta. Es el ocaso, pero el caballero, de cuya lealtad no duda nadie, se resiste a obedecer. Alberga la esperanza de que si desobedece el monarca se repondrá y las cosas volverán a ser como en el mejor de los tiempos. Esa espada, ese trozo de hierro, simboliza algo.

El rey insiste en que debe desprenderse de ella. Pero el caballero duda.

De pronto estalla un ruido de mil demonios. Cristales rotos, y no es como en las películas, sino mucho más fuerte. Procede del dormitorio. Es tarde, el estruendo es tal que parece que se haya derrumbado toda la pared.

La hoja móvil de la ventana de guillotina ha podido con los topes que la sujetaban y se ha precipitado al vacío sobre su eje hasta golpear la otra, la fija. La fuerza del impacto ha roto el vidrio. Aún hay restos en el marco, pero la mayoría ha ido a caer sobre la cabecera de la cama. Cristales, algunos pequeños, otros grandes, dentados, cortantes, ahí, en el lugar donde debía estar mi cabeza. Es la duda de un personaje de ficción lo que me ha salvado la vida.

mapa glatissantClara llama para interesarse por mí. Respondo que estoy perfectamente, pero ella no me cree. Pregunta qué me han dicho los otros. Resopla cuando le cuento lo de Ángel. La comida con él, y la frase que encuentro pintada al poco de salir de su casa, me mueven en otra dirección. Aún no estoy convencido, y prefiero esperar a que el sueño deje de repetirse, porque no deja de hacerlo: Cada noche acabo arrastrando a mi amiga la escultora hacia un lugar que ya no puedo encontrar, mientras los ladridos suenan cada vez más cerca. Dibujo un trazado del territorio qué conozco. ¿Qué habrá más allá? ¿Otras ventanas mortíferas? ¿Los dragones de cuya presencia advertían los mapas antiguos? ¿Cuántas trampas me aguardan?

Si logro dormir del tirón, sin correr en sueños a ningún lado, quizá pueda pensar con claridad.

Clara me recuerda que aún tengo pendiente recabar una opinión.

Es irónico que los argumentos racionales de Ángel carezcan de solidez, pero el amigo que se empeña en disuadirte de soñar no te quiere bien. Debe creer que dar consejos es fácil, y lo es excepto cuando duelen, porque entonces se paga un precio. Con nosotros mismos. Con los demás. Ni siquiera llegamos a imaginar lo que cuestan las palabras.

Hay noches en que despierto bañado en sudor, convencido de haberme adentrado en el bosque sin darme cuenta, seguro de haber logrado atravesar la frontera que separa ambos mundos. Puede que sea más fácil de lo que nadie imagina.

Quizá me equivoque.

Es en la duda que gotean los días.

bosques son laberintos

en mitad…A Clara sólo le he hablado del bosque. No he compartido con ella todo lo demás, de modo que su información es muy parcial, incompleta. No es que no quiera contarlo, pero me cuesta pensar que sea posible extraer una conclusión; considerarlo de manera científica, lógica, pensar que pueda reducirlo a una serie de elementos cuya relación mutua dé un resultado concreto.

Es confuso, como todos los sueños, y como todos los sueños está poblado por daimones.

Mi visita se produce al cabo de un par de días. Le hablo del bosque y la persecución, de la angustia y de los ladridos, pero omito el resto: lo que sucedió antes de buscar la orilla, y también lo que pasó después. Clara ha estado tomando notas. Por último, dice:

Intuyo la necesidad de un cambio, es como si te empujaras a ti mismo a deconstruir aquello en lo que te has convertido. En latín persona es el disfraz, la máscara, y no lo que entendemos ahora. La tuya sufre un asedio, se siente acosada.

Clara guarda silencio unos instantes. Pestañea y, antes de continuar, se muerde el labio, pensativa:

Pero para ello debes aceptar el desafío que te propones. Tu bosque es un laberinto, y no sólo tienes que dar con la entrada, sino tomar parte en el juego que te ha planteado tu propio subconsciente. Seguir el recorrido, buscar quizá el hilo que te lleve a la salida.

La miro con poca fe. Hay algo en mi cara que la empuja a ponerse a la defensiva. Lo noto por la postura que adopta. Pregunto:

¿Es como si me estuviera tendiendo una trampa a mí mismo?

No me pongas esa cara de vinagre: Eres tú quien busca ese cambio. Qué gracia que utilices la palabra «trampa». No sería la primera vez. ¡No, no! (se apresura a

la bestia aulladora

añadir al verme entre enfadado y confundido). No lo digo por ti. Me refiero a que eso, tendernos trampas, es algo que todos hacemos a menudo.

A su lado el bebé se pone a llorar, y no hay manera de conversar hasta que se calma al cabo de unos minutos, momento que aprovecho para decir:

La idea de adentrarme en ese bosque, siempre y cuando sea capaz de dar con él, no me seduce nada. ¿Qué pasa si no hago caso?

Clara ríe. Me gusta verla feliz.

Si haces como que esto no va contigo, quizá el sueño se vuelva más intenso. Si finges no oír esa voz apremiante, se repetirá. Hay quienes son capaces de gritar el nombre de quien duerme al lado para que los despierte de una pesadilla.

Y añade:

Pero no debes tomarlo en sentido literal. Me refiero a que no debes buscar un bosque y meterte en él. Insisto: el bosque es la representación simbólica de tu subconsciente.

Clara, a mí todo esto me suena a palabrería barata.

Suena el teléfono y atiende la llamada. Por suerte para mí, el timbre ha estrangulado la última palabra. Cuando cuelga, me mira muy seria, y dice:

Conque palabrería, ¿eh? Te haré una propuesta: Háblalo con los demás. Pregúntales qué opinan.

Con la chaqueta puesta, me cuelgo la bolsa a la espalda. Clara apoya la mano en mi hombro y me da un beso en la mejilla. Hay en su mirada algo indescifrable. Me cruza por la mente la sensación (¿el temor?) de que se despide de mí.

Y por último, mientras abre la puerta, me dice:

Sabes qué aguarda en mitad del laberinto, ¿verdad?

…del laberinto