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con voz de miel

puerta

No moriré a manos de un loco armado con una motosierra. Ángel tampoco. Max tiene uno de esos bronceados artificiales y asoma en el camino situado al otro lado de la verja. Se quita las gafas de plástico que usa para protegerse de la viruta y nos mira miope y con recelo, antes de esbozar una sonrisa.

Vista desde fuera la casa es imponente. La pintura de la fachada está algo desconchada, pero las cortinas vaporosas ondean en todos los balcones de la segunda planta a merced de la corriente; de vez en cuando golpea alguna de las puertas; un par de chimeneas asoma en lo alto, y el porche que da a la planta baja está bordeado de macetas altas y pimpollos a los flancos. En el porche hay hamacas, escoltadas por mesillas con revistas que el viento maltrata cuando no arrastra hasta la balaustres. El lugar desprende un fuerte olor a naturaleza, a campo húmedo, y en ese momento nos alcanza un aroma especiado procedente del interior. Nos informa el guía:

Andrea está en la cocina. Os quedáis a comer.

No es una pregunta, sino una afirmación. Después de pedalear toda la mañana, pasamos una hora bregando con el barro en busca de esa finca que supera con creces la descripción de mi amigo.

Será mejor que dejéis las bicis allí, continúa Max, que señala un apartado rincón del patio. Ya en el porche, miro a un lado y otro, y veo que Ángel le confía la mochila. Para mi sorpresa también le tiende el teléfono como el capitán que rinde la espada al patrón de un barco enemigo. Aunque estas costumbres me parecen impuestas, artificiales, cada cual es amo y señor de su casa, y no seré yo quien proteste por renunciar a todo ese lastre, de modo que vacío los bolsillos y lo meto todo en la bolsa de tamaño mini que Max se echa a la espalda.

Adelante, entrad. Yo iré a poner esto a buen recaudo.

Se vuelve en dirección a la caseta de la entrada. No me había fijado, pero acusa una leve cojera.

Ángel dice no acordarse bien de la distribución y camina inseguro hasta que llegamos a una cocina que haría las delicias de propios y extraños, exceptuándonos a los torpes, porque total, lo que es para hacernos un huevo frito, tanto da.

Ángel y Andrea se saludan como viejos amigos. La primera impresión que tengo es que hay dinero. Tendría que haberme dado cuenta antes incluso de franquear la verja. Quizá sea la despreocupación que deriva de la riqueza bien administrada. No hay excesos, ni mal gusto. Todo es tacto, simpatía, pura educación. Solemos llamarlos campechanos. Gente sencilla.

Andrea y Max no están solos. Los acompañan dos amigas de Andrea de cuando estudiaban en la universidad, Eva y Rosa, ambas mujeres atractivas que apenas habrán superado los treinta años. Da gusto tenerlas cerca porque siempre ríen o sonríen. Tras las presentaciones, cucharón en mano, Andrea confiesa:

Alex está arriba, tumbada. Le ha venido la regla. No creo que baje.

Pregunto dónde está el baño cuando se inicia la ronda de preguntas sobre asuntos laborales, parientes, amistades comunes, niños, planes de futuro. Andrea, que tiene el pelo rizado, rubio, alguna cana bien llevada y, en general, una belleza de libro de texto, me hace complejas indicaciones a las que no presto mucha atención, distraído por la claridad de sus ojos, por lo grandes que son y la perfecta simetría de su mirada.

Me pierdo tras dar cuatro o cinco pasos. Tal vez exagero. Me acerco a las ventanas. O no me sitúo al mirar afuera o las encuentro cubiertas por postigos. Al cabo doy con un pasillo, cuyo extremo opuesto ilumina una solitaria bombilla. Al fondo no hay más que una puerta doble que necesita una mano de pintura. Debe de dar al trastero.

Desde luego no es el baño, pienso con la mano en el tirador.

Un ruido a mi espalda. Más bien es la sensación de que algo se me acerca deprisa.

Me vuelvo. Ante mí se alza una mujer de piel morena y ojos negros. Pero muy negros.

Ahí no encontrarás el servicio, me dice Alex con voz de miel. Y continúa diciendo: Ésa es la única puerta que nadie debe abrir porque no conduce a nada.

un modo de entrar

La verja se alza unos tres metros. Tiene motivos florales forjados en hierro y la coronan flechas herrumbrosas que miran al cielo. Hubo un tiempo en que fue azul turquesa, pero ni cae la lluvia ni sopla el viento en vano, y la pintura está descascarillada. La recubre una próspera enredadera.

Tiene que haber un modo de entrar. Lo que cuesta es encontrarlo.

Ángel se vuelve hacia mí con su disfraz de ciclista de fin de semana y la frente sudorosa. A pesar de sus promesas mientras almorzamos en un pueblo costero, la casa de sus amigos no está a un tiro de piedra de la salida del paseo marítimo. Hay que atravesar la Nacional, eso para empezar, lo que no es problema porque hay túneles y escaleras que te permiten pasar por debajo.

Y como Ángel me propone visitarlos, nos convertimos en topos ataviados con paravientos de color chillón, pantalón culotte y ese casco que parece un orinal mal hecho. Me mira y me dice, como si hiciera falta:

Bueno, ya hemos llegado.

El túnel que pasa bajo la carretera no nos plantea mayores problemas. Salimos al pueblo, que luego recorremos de mar a montaña: Calles y calles estrechas donde a menudo es necesario apearse de la bici para no incordiar a los transeúntes. Somos gente educada.

¿Sólo será un rato?, pregunto, insisto, a Ángel, que no responde de lo mucho que se concentra en dar con la forma de llamar a la verja. Más allá el camino está bordeado de vegetación y serpentea hacia la cima de la montaña.

de camino a la verja

Pasado el pueblo, subimos una interminable cuesta asfaltada hasta llegar a la iglesia. Allí, por suerte, encontramos una fuente. Es durante el alto cuando descubro que Ángel no sabe muy bien qué camino tomar.

Perro se pone a ladrar.

Por cierto que ya tiene nombre, pero ando enfadado con él y, antes de describir con pelos y señales cómo se lo ganó (puede que más adelante cuente esa historia, si se me pasa el cabreo), me limitaré a decir que no le cae bien Ángel. Cuando no le gruñe, perro aprovecha la menor oportunidad para demostrarle que no valora su amistad; ni la busca, ni la pretende. El sentimiento es mutuo:

Y ahora vas y adoptas una mascota. ¿Qué será la próxima vez?, pregunta Ángel, que fuma al finalizar el almuerzo. Como está de espaldas no ve que perro levanta una pata y se orina, con una mueca que recuerda la sonrisa torcida de un chucho de dibujos animados, en las llantas de una bicicleta de montaña hecha de materiales más adecuados para quienes practican de verdad el ciclismo.

Pienso en todo ello mucho antes de llegar a la verja, cuando recorremos el camino que ha escogido Ángel hasta que el barro nos llega a veces al tobillo. No hay más remedio que apearse de la bici y continuar a pie.

Tal vez los ladridos de perro en la iglesia sean su forma de advertirnos que tomamos el sendero equivocado. Pero resulta que no: al cabo de una hora larga alcanzamos, agotados, la dichosa verja.

Ángel busca aún la forma de llamar, y yo paseo la vista a mi alrededor, aguzando la mirada.

El pointer no asoma el hocico por ninguna parte. Debe de haber ido a buscarse otro compañero de viaje al pie del puente de piedra. La intuición me dice que ese puente es especial, y que no sólo por el hecho de ser lo que es (un puente) simboliza el paso a otro… Ángel me distrae dándole una patada a la verja. Y yo miro y miro, pero no encuentro a perro.

Una motosierra sepulta el canto de los pájaros, el rumor del viento, de las hojas que mueve, así como el silencio ruidoso de los pensamientos.

?errores¿

perro

Ojo. No es que no me gusten los perros (o los animales). El problema es que no sé muy bien qué hacer con ellos. La gente suele dedicarles gestos cariñosos. Debo de ser un desalmado (pensaréis). Quizá sí.

Pero yo no lo creo.

En mis historias siempre aparece un labrador de pelo negro. Es el homenaje que hago al de un amigo que ya se marchó a dondequiera que se retiren los perros buenos. Suelo ponerles Sombra por nombre, lo que también constituye un homenaje a ese animal concreto y a tantas otras cosas.

Pero retomo lo de que no sé muy bien qué hacer con ellos porque eso me lleva a la situación en que me veo inmerso.

He seguido el trazado de la costa abriendo caminos. Cuando el paseo marítimo se interrumpe, me desvío hacia el interior hasta regresar a la orilla. La operación no comporta mayores riesgos, pues conservo el mar a mi derecha. Si me adentro mucho sólo tengo que volver a él.

Hay un momento en que el granito es una certeza a lo lejos, bajo la nube gris que lo envuelve. Asoma algún edificio significativo, pero todo eso ha quedado muy atrás.

Sigo la costa cuando veo un perro a unas siete pedaladas de distancia. Surge tras las piedras que bordean el camino que separa la arena del paseo. Estira mucho el cuello y me mira. Es como si me estuviera esperando. Al pasar de largo junto a él le sonrío y vuelvo a concentrarme en el recorrido.

Es posible que no me sienta digno de tener perro («evitar» es algo muy propio de mi familia: mi padre rehuye los ascensores, y mi madre nunca ha puesto el pie en una bolera porque la sola idea de calzar los zapatos de otro la enerva); pero hay más cosas: por un lado he cometido ya el error de escribir la palabra «tener», como si fuera algo mío, y también odio con todas mis fuerzas la palabra «mascota».

Puede que sea pura cobardía. El labrador de mi amigo murió en sus brazos. A mí se me partiría el corazón. No soy lo bastante fuerte, y en la vida ya sufrimos bastantes pérdidas.

Desciendo a rueda libre por la pendiente de tierra que me lleva al acceso lateral del puerto deportivo cuando reparo en que me está siguiendo. No llevo mucha velocidad, así que aprieto un poco. No es que quiera huir de él…

O tal vez sí.

Recupero el paseo y encuentro al perro en lo alto del camino. Una vez en puerto siempre voy por abajo, junto a las fachadas de los restaurantes, pero el camino más rápido es el del aparcamiento, así que él ha tomado un atajo.

Pasa una hora y seguimos juntos. No me siento un intruso a estas alturas del año en la playa nudista porque no se ve un alma. Sentado en la arena, con la bicicleta apoyada en la enorme roca, estoy frente al mar, que hoy es un espejo. Las nubes avanzan sobre la costa.

El collar no revela ninguna información. Revuelvo la mochila y pregunto:

¿Quieres una mandarina… perro?

Diablos. Ya he cometido el error de hablarle.

pie del puente

Más adelante, pasados tres o cuatro pueblos costeros, encuentro un puente de piedra que no recuerdo haber visto ahí. Tiene la piel cubierta de esa vegetación empeñada en echar raíces en rincones insospechados.

Me acerco entre los fuertes ladridos del perro. Me doy la vuelta para ver qué le pasa. Entonces pincho. Vaya si pincho. Pero de verdad. Un pinchazo de libro de texto.

El silbido del aire da paso a los tacos de rigor. No llevo ni parches ni cámara de repuesto. Sí, lo sé. Las aventuras comportan riesgos, y ésta la he emprendido con la despreocupación de un insensato. Le digo al perro:

Ya me contarás tú cómo coño vuelvo a casa.

Él me mira con la cabeza ladeada y la lengua fuera. Luego hace como que bosteza. Después, palabra de honor…

Después vuelve fugaz la vista atrás, en dirección al granito, y cuando me encara de nuevo hace un gesto inconfundible.

Inequívoco.

Se encoge de hombros.

a rueda libre

rueda delantera glatissantSentado con los pies en la mesa, la vista en lo alto. Entra tal luz que distingo la negritud intermitente que bordea el punto de encuentro entre el techo y las paredes necesitadas de pintura.

Hoy no me gusta nada mi vida. Lo que hay fuera, lo que existe más allá de esta barrera, es un silencio que se convierte de pronto en el gemido espectral que corre de noche en un puerto, la certeza de una aventura irresistible.

El exterior es una promesa de puro diamante.

Tentadora, juguetona, una textura de ala de mariposa permanece suspendida entre el televisor y el mueble que le sirve de sostén. El tono pardo de la madera se aclara y me zambullo en la plenitud irisada. La vida ya no parece tan mala. Es en la luz inmensa que renazco.

Emprender la huida. Franquear, atravesar, salir. Y cuando la trayectoria que traza el agua de la fuente me hace de cataviento sé que estoy a punto de abandonar los límites que me impone este granito. A partir de ahora ya no debo atenerme a tanta norma. Son mis piernas que me sirven de impulso. La mente se vacía, sólo existen el siguiente obstáculo, el cálculo constante de las distancias que separan a los cuerpos. A mi derecha ruge el mar, rompe el mar, se rebulle el mar, y yo vuelvo a donde debo, a su lado. No en el mar, sino cerca. Próximo de su luz, que refleja, de sus colores, que irradia. Cerca de su promesa que es tumba, de lo bueno y de lo malo. De la vez que chapaleé en su orilla de lágrimas primeras, y también de las risas: los juegos en el mar. Con ella. Cuando no sólo el agua era salada, también lo era su piel.

Es en la superficie del mar, en el guiño fugaz del millar de flashes que la recorren como al inicio de un encuentro deportivo, que entreveo la sonrisa de ella, hurtada por el paso del tiempo, ya disfrazada la memoria de mentira.

Es en el viento, en la inercia del pedaleo, en la atención que presto al siguiente obstáculo, que hallo por fin el silencio anhelado. El vaivén me ha revuelto el pelo, tengo tal cara de velocidad que se me han afilado los rasgos (no, la nariz no), y a estas alturas ya visto manga corta. Estoy en tensión cuando afronto el descenso. Preveo barro, los charcos de otras lluvias, pero qué importa. Ganaré impulso y descenderé a rueda libre. Cuando superas los treinta y largos cualquier cosa se convierte en una herida de guerra: las manchas, los roces, la piel que levanta una caída, la abrasión del terreno y las cicatrices que no desaparecerán, todas preferibles a otras heridas más hondas que no se curan por mucho que vivas subido al sillín. Pedaleando.

detalle bici glatissantLa bicicleta no es mía. Es un préstamo de Berto. Me confiesa tras un incómodo silencio que no está muy seguro de que le haya puesto al corriente de todo. Tal vez el vino tenga la culpa de que me sincere con él, a pesar del temor de decepcionar a Clara (perdóname).

¿Tiene que ver con ella? (pregunta Berto) ¿En el sueño la acompañas al lago?

Más bien la arrastro.

Respondo en voz tan baja que apenas me oye. Berto, amigo mío, ese corcel tuyo de aluminio me ha cambiado la vida. Quiero que lo sepas si es que tus letras te dejan ver las palabras. Cuando estoy a disgusto con lo que me rodea me aprieto como puedo la armadura y marcho sobre dos ruedas. Voy solo, dispuesto a guardar cualquier puente porque busco riña. El sol danza en el metal, y cuando cae la noche me aplico piedra pómez en los callos de la mano. A mi vuelta soy otro: bronceado, más rubio, un milímetro más delgado, medio centímetro más alto de lo que me engallo. Un jodido dios dorado que debe los andares de vaquero al incómodo sillín.

Primero a la derecha, después a la izquierda con un viento que ha mudado la piel, está la mar que ruge, y que rompe y que se rebulle, y que muere en tierra pero renace al apartarse, blanca, de ella. Sé que tendría que haberla olvidado. Pero siempre vuelve a esta orilla.

¿Cómo desterrar lo que has amado?