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todo queda atrás

Las bicicletas. Los teléfonos. La timidez.

La puerta.

El reloj. ¿En qué momento me deshice de él? Lleva conmigo casi veinte años, y en los momentos de duda acerco la oreja a la esfera y compruebo que algo permanece inmutable.

Dicen que todo queda atrás cuando estamos a gusto. Incluso la hora. El día. La semana.

El mes.

tic

Por dentro la casa tiene una superficie mayor de lo que pensaba. A diario descubro una estancia nueva.

Ah, eso es porque de noche un regimiento de duendes la transforma de arriba abajo (¿bromea? Max al volver de la estación, adonde ha llevado a Ángel, que deserta so pretexto de volver con la familia).

Las niñas (así las llama él) ríen. ¿Cómo no?, puede que con el paso de las horas la escasa altura del humor de Max también me alcance a mí, y acabe sumando mi risa a la ellas.

Descubro toda clase de exquisiteces, pero digo que no a ciertas sustancias. Ante todo debo mantener el control, o la ilusión que proporciona.

Pero a la altura de la segunda (¿o la tercera?) de las noches que paso allí me dejo arrastrar por una apuesta: Rosa me desafía y yo acepto el guante porque tiene los brazos muy largos, tipo Gilda, y da gusto ver cómo los mueve de un lado a otro, mientras la voz hipnotizadora de Alex cuenta hasta diez para ver cuánto tardo en decir que sí.

¡Es tan complaciente!, exclama Andrea entre el coro de risas que nunca me cansa.

Alex entiende de cosas que me han gustado siempre. Le gusta contar historias. Cuando anochece nos reunimos ante la chimenea, Rosa y Eva se encargan de preparar una cena frugal regada por diversos licores. Los hay que se saborean antes de hincar siquiera el diente; licores para el durante, para el después y para el más tarde. Es increíble la cantidad que hay, tantos como…

«Tengo que irme» es la única constante que conocen mis labios.

Al menos hasta la noche, no sé muy bien cuál, en que al terminar la ronda de bebidas, después del «mañana tengo que irme», me veo acompañado en la cama, y sé que más allá del olor a especias que se desprende de la piel negra, perfumada, y de los ojos de ella que ven a través de mi sudor, en plena oscuridad, hubo otra mujer que fue la que me llevó a ese lugar.

O lo hicieron mis sueños. O lo que sepultó ese alud que es el olvido.

Me gustan los juegos, asegura Alex en otra ocasión, al acabar, cuando yo, en pleno duermevela, recorro la geografía confusa de lo que creí en el pasado que sería mi vida y en lo que se convertiría después; el trazado borroso de los proyectos y las fuerzas aplicadas a esto o aquello, para lograr objetivos que se perfilaban con mayor claridad.

Entonces recuerdo algo, no sé bien qué. Tal vez el tacto frío del tirador de una puerta, o el rostro de ella visto bajo una sábana. Me sonríe, triste, pero no sé por…

Alex impone su voz al crepitar de las llamas:

El río nos arrastró con fuerza. Por mucho que paleamos fuimos incapaces de alcanzar la orilla.

¿Y qué pasó?, pregunta, inocente, Rosa.

Sumido en pleno duermevela me parece oír risas procedentes del pasillo. O de otro dormitorio.

Atrás, al otro lado, más allá de una puerta que no conducía a ninguna parte he dejado un incendio. Cuando el norte está en todas partes y ninguna, ¿qué importa que el fuego consuma la esfera de la brújula?

tac

con voz de miel

puerta

No moriré a manos de un loco armado con una motosierra. Ángel tampoco. Max tiene uno de esos bronceados artificiales y asoma en el camino situado al otro lado de la verja. Se quita las gafas de plástico que usa para protegerse de la viruta y nos mira miope y con recelo, antes de esbozar una sonrisa.

Vista desde fuera la casa es imponente. La pintura de la fachada está algo desconchada, pero las cortinas vaporosas ondean en todos los balcones de la segunda planta a merced de la corriente; de vez en cuando golpea alguna de las puertas; un par de chimeneas asoma en lo alto, y el porche que da a la planta baja está bordeado de macetas altas y pimpollos a los flancos. En el porche hay hamacas, escoltadas por mesillas con revistas que el viento maltrata cuando no arrastra hasta la balaustres. El lugar desprende un fuerte olor a naturaleza, a campo húmedo, y en ese momento nos alcanza un aroma especiado procedente del interior. Nos informa el guía:

Andrea está en la cocina. Os quedáis a comer.

No es una pregunta, sino una afirmación. Después de pedalear toda la mañana, pasamos una hora bregando con el barro en busca de esa finca que supera con creces la descripción de mi amigo.

Será mejor que dejéis las bicis allí, continúa Max, que señala un apartado rincón del patio. Ya en el porche, miro a un lado y otro, y veo que Ángel le confía la mochila. Para mi sorpresa también le tiende el teléfono como el capitán que rinde la espada al patrón de un barco enemigo. Aunque estas costumbres me parecen impuestas, artificiales, cada cual es amo y señor de su casa, y no seré yo quien proteste por renunciar a todo ese lastre, de modo que vacío los bolsillos y lo meto todo en la bolsa de tamaño mini que Max se echa a la espalda.

Adelante, entrad. Yo iré a poner esto a buen recaudo.

Se vuelve en dirección a la caseta de la entrada. No me había fijado, pero acusa una leve cojera.

Ángel dice no acordarse bien de la distribución y camina inseguro hasta que llegamos a una cocina que haría las delicias de propios y extraños, exceptuándonos a los torpes, porque total, lo que es para hacernos un huevo frito, tanto da.

Ángel y Andrea se saludan como viejos amigos. La primera impresión que tengo es que hay dinero. Tendría que haberme dado cuenta antes incluso de franquear la verja. Quizá sea la despreocupación que deriva de la riqueza bien administrada. No hay excesos, ni mal gusto. Todo es tacto, simpatía, pura educación. Solemos llamarlos campechanos. Gente sencilla.

Andrea y Max no están solos. Los acompañan dos amigas de Andrea de cuando estudiaban en la universidad, Eva y Rosa, ambas mujeres atractivas que apenas habrán superado los treinta años. Da gusto tenerlas cerca porque siempre ríen o sonríen. Tras las presentaciones, cucharón en mano, Andrea confiesa:

Alex está arriba, tumbada. Le ha venido la regla. No creo que baje.

Pregunto dónde está el baño cuando se inicia la ronda de preguntas sobre asuntos laborales, parientes, amistades comunes, niños, planes de futuro. Andrea, que tiene el pelo rizado, rubio, alguna cana bien llevada y, en general, una belleza de libro de texto, me hace complejas indicaciones a las que no presto mucha atención, distraído por la claridad de sus ojos, por lo grandes que son y la perfecta simetría de su mirada.

Me pierdo tras dar cuatro o cinco pasos. Tal vez exagero. Me acerco a las ventanas. O no me sitúo al mirar afuera o las encuentro cubiertas por postigos. Al cabo doy con un pasillo, cuyo extremo opuesto ilumina una solitaria bombilla. Al fondo no hay más que una puerta doble que necesita una mano de pintura. Debe de dar al trastero.

Desde luego no es el baño, pienso con la mano en el tirador.

Un ruido a mi espalda. Más bien es la sensación de que algo se me acerca deprisa.

Me vuelvo. Ante mí se alza una mujer de piel morena y ojos negros. Pero muy negros.

Ahí no encontrarás el servicio, me dice Alex con voz de miel. Y continúa diciendo: Ésa es la única puerta que nadie debe abrir porque no conduce a nada.

un modo de entrar

La verja se alza unos tres metros. Tiene motivos florales forjados en hierro y la coronan flechas herrumbrosas que miran al cielo. Hubo un tiempo en que fue azul turquesa, pero ni cae la lluvia ni sopla el viento en vano, y la pintura está descascarillada. La recubre una próspera enredadera.

Tiene que haber un modo de entrar. Lo que cuesta es encontrarlo.

Ángel se vuelve hacia mí con su disfraz de ciclista de fin de semana y la frente sudorosa. A pesar de sus promesas mientras almorzamos en un pueblo costero, la casa de sus amigos no está a un tiro de piedra de la salida del paseo marítimo. Hay que atravesar la Nacional, eso para empezar, lo que no es problema porque hay túneles y escaleras que te permiten pasar por debajo.

Y como Ángel me propone visitarlos, nos convertimos en topos ataviados con paravientos de color chillón, pantalón culotte y ese casco que parece un orinal mal hecho. Me mira y me dice, como si hiciera falta:

Bueno, ya hemos llegado.

El túnel que pasa bajo la carretera no nos plantea mayores problemas. Salimos al pueblo, que luego recorremos de mar a montaña: Calles y calles estrechas donde a menudo es necesario apearse de la bici para no incordiar a los transeúntes. Somos gente educada.

¿Sólo será un rato?, pregunto, insisto, a Ángel, que no responde de lo mucho que se concentra en dar con la forma de llamar a la verja. Más allá el camino está bordeado de vegetación y serpentea hacia la cima de la montaña.

de camino a la verja

Pasado el pueblo, subimos una interminable cuesta asfaltada hasta llegar a la iglesia. Allí, por suerte, encontramos una fuente. Es durante el alto cuando descubro que Ángel no sabe muy bien qué camino tomar.

Perro se pone a ladrar.

Por cierto que ya tiene nombre, pero ando enfadado con él y, antes de describir con pelos y señales cómo se lo ganó (puede que más adelante cuente esa historia, si se me pasa el cabreo), me limitaré a decir que no le cae bien Ángel. Cuando no le gruñe, perro aprovecha la menor oportunidad para demostrarle que no valora su amistad; ni la busca, ni la pretende. El sentimiento es mutuo:

Y ahora vas y adoptas una mascota. ¿Qué será la próxima vez?, pregunta Ángel, que fuma al finalizar el almuerzo. Como está de espaldas no ve que perro levanta una pata y se orina, con una mueca que recuerda la sonrisa torcida de un chucho de dibujos animados, en las llantas de una bicicleta de montaña hecha de materiales más adecuados para quienes practican de verdad el ciclismo.

Pienso en todo ello mucho antes de llegar a la verja, cuando recorremos el camino que ha escogido Ángel hasta que el barro nos llega a veces al tobillo. No hay más remedio que apearse de la bici y continuar a pie.

Tal vez los ladridos de perro en la iglesia sean su forma de advertirnos que tomamos el sendero equivocado. Pero resulta que no: al cabo de una hora larga alcanzamos, agotados, la dichosa verja.

Ángel busca aún la forma de llamar, y yo paseo la vista a mi alrededor, aguzando la mirada.

El pointer no asoma el hocico por ninguna parte. Debe de haber ido a buscarse otro compañero de viaje al pie del puente de piedra. La intuición me dice que ese puente es especial, y que no sólo por el hecho de ser lo que es (un puente) simboliza el paso a otro… Ángel me distrae dándole una patada a la verja. Y yo miro y miro, pero no encuentro a perro.

Una motosierra sepulta el canto de los pájaros, el rumor del viento, de las hojas que mueve, así como el silencio ruidoso de los pensamientos.

asta de lanza

¿Un perro?

Esto lo pregunta mi madre, a quien le parece la mar de gracioso que me haya dado por meter un animal en casa.

Sabrás que no tienen botón de encendido y apagado, ¿verdad?

La conversación —mejor dicho, el monólogo— prosigue unos minutos por estos derroteros, a pesar del esfuerzo que hago por averiguar qué tal está yendo el crucero. Todos los vientos le acompañan la voz porque sopla un auténtico vendaval donde ha atracado el transatlántico. La imagino con los codos en la regala, apuntalándose como puede la pamela mientras el daiquiri tiembla en la mesita de teca, junto a la hamaca de cubierta.

Nos lo estamos pasando tan bien que aún no nos hemos decidido a desembarcar. Tu padre anda por ahí, haciendo de detective…

Resulta que a mi progenitor lo ha reclutado un grupo de viajeros que se dedica a organizar jornadas de esos juegos raros en los que aparece alguien supuestamente asesinado y los participantes tienen que resolver el caso con la ayuda de uno enterado de qué va el asunto que hace las veces de moderador. Imagino que todo se resuelve como en las novelas de Agatha Christie, con los detectives reunidos en el salón, lugar donde exponen sus conclusiones ante los presentes. Todo muy civilizado.

¿Y qué piensas hacer con él?, inquiere después de confiarme su teoría de que el mayordomo es el asesino.

Cuando comento lo del perro todos me hacen esa pregunta. Qué poca fe tiene la gente. A ver cuándo se enteran de que nada, ni nadie, es lo que parece.

Me pregunta por Julia, mi hermana. Luego promete llamar pronto, aunque será en otro puerto. Antes de colgar me dice:

Ahí viene tu padre. Míralo, el muy gañán está en su salsa.

A mí me gustaría poder decir lo mismo. No he dejado de dormir mal por las noches. En sueños mi amiga la escultora me pide que la lleve de vuelta al lago. No duermo tan poco como para que se me escape el significado simbólico de todo esto. Detrás de nosotros, los ladridos, que suenan cada vez más fuerte.

Más cerca.

Sigo suspendido en ese momento en el que no me lanzo a hacer lo que debo por la sencilla razón de que parece una locura. Es el momento de la duda, que no tarda en resolverse, pero hasta que lo hace me planteo incluso la posibilidad de visitar a uno de esos médicos que toman notas mientras te escuchan y miran el reloj. Igual me recetaría algo que me hiciese dormir como una piedra.

Puestos a hacer un repaso de los elementos, tengo un primer sueño intenso (e interrumpido); una misteriosa fotografía de cuando era pequeño; las opiniones de algunos amigos cercanos: Berto, Ángel, Clara; un misterioso perfil dibujado en las baldosas del cuarto de baño de uno de ellos; el mapa donde figuran algunos lugares de esa geografía simbólica que ilustraba al texto sobre la aventura de la ventana, y, antes de que me decida a poner palabras al segundo y más intenso de los sueños, lo que haré pronto, muy pronto, el asta que…

poste de lanza (antes fue una simple barra)Sé que no he contado lo del asta. El motivo es que de todas las cosas que me empujan a, parece la más endeble. Además, cuando lo cuento yo no tiene la menor gracia porque me limito a decir que el clavo que aguantaba la barra de la cortina por uno de los extremos cedió, y la barra acabó apoyada en el rincón. Por lo menos lleva allí siete años. Clara sostiene que no es una barra, sino el poste (así lo llama ella) de la lanza con la que debo hostigar a la bestia cuando me la encuentre en mitad del laberinto. Dice que por algo sigo sin cortina.

Cuando lo hablo con Berto, lo veo encogerse de hombros como hizo el perro cuando pinché cerca del puente. Me da la espalda y le dedica unas caricias. El pointer me lo está poniendo todo perdido de pelos, resulta que sólo le gusta el jamón serrano y me paso medio día fuera con él, llevándolo de un lado a otro.

Vale. De acuerdo. En realidad es él quien me lleva a mí.

hic sunt dracones

Al cabo de tres noches sucede otra de esas cosas que me empujan a. Se trata de una advertencia, una demostración de lo que me depara el camino.

Sopla un fuerte viento que zarandea el toldo del balcón. Se me ha hecho tarde y ya no tengo ni fuerzas para leer en la cama. Me caigo de sueño.

Vuelvo al salón con el cepillo de dientes en la boca. Allí me dedico a cambiar de canal, hasta que encuentro la escena de una película en la que un pobre caballero tiene que devolver la espada al lago porque se lo ha pedido su rey, que agoniza en un mar de sangre que a mí me sabe a menta. Es el ocaso, pero el caballero, de cuya lealtad no duda nadie, se resiste a obedecer. Alberga la esperanza de que si desobedece el monarca se repondrá y las cosas volverán a ser como en el mejor de los tiempos. Esa espada, ese trozo de hierro, simboliza algo.

El rey insiste en que debe desprenderse de ella. Pero el caballero duda.

De pronto estalla un ruido de mil demonios. Cristales rotos, y no es como en las películas, sino mucho más fuerte. Procede del dormitorio. Es tarde, el estruendo es tal que parece que se haya derrumbado toda la pared.

La hoja móvil de la ventana de guillotina ha podido con los topes que la sujetaban y se ha precipitado al vacío sobre su eje hasta golpear la otra, la fija. La fuerza del impacto ha roto el vidrio. Aún hay restos en el marco, pero la mayoría ha ido a caer sobre la cabecera de la cama. Cristales, algunos pequeños, otros grandes, dentados, cortantes, ahí, en el lugar donde debía estar mi cabeza. Es la duda de un personaje de ficción lo que me ha salvado la vida.

mapa glatissantClara llama para interesarse por mí. Respondo que estoy perfectamente, pero ella no me cree. Pregunta qué me han dicho los otros. Resopla cuando le cuento lo de Ángel. La comida con él, y la frase que encuentro pintada al poco de salir de su casa, me mueven en otra dirección. Aún no estoy convencido, y prefiero esperar a que el sueño deje de repetirse, porque no deja de hacerlo: Cada noche acabo arrastrando a mi amiga la escultora hacia un lugar que ya no puedo encontrar, mientras los ladridos suenan cada vez más cerca. Dibujo un trazado del territorio qué conozco. ¿Qué habrá más allá? ¿Otras ventanas mortíferas? ¿Los dragones de cuya presencia advertían los mapas antiguos? ¿Cuántas trampas me aguardan?

Si logro dormir del tirón, sin correr en sueños a ningún lado, quizá pueda pensar con claridad.

Clara me recuerda que aún tengo pendiente recabar una opinión.

Es irónico que los argumentos racionales de Ángel carezcan de solidez, pero el amigo que se empeña en disuadirte de soñar no te quiere bien. Debe creer que dar consejos es fácil, y lo es excepto cuando duelen, porque entonces se paga un precio. Con nosotros mismos. Con los demás. Ni siquiera llegamos a imaginar lo que cuestan las palabras.

Hay noches en que despierto bañado en sudor, convencido de haberme adentrado en el bosque sin darme cuenta, seguro de haber logrado atravesar la frontera que separa ambos mundos. Puede que sea más fácil de lo que nadie imagina.

Quizá me equivoque.

Es en la duda que gotean los días.

pedid lo imposible

Está claro que todo suma. Todo contribuye a. Lo de la ventana; lo del asta que descansa apoyada en un rincón del salón. Muchas otras cosas. El rostro de Merlín (sin ir más lejos); el inquietante sueño (yendo lejos, o más bien yendo hondo), y, por último quizá, el otro sueño, si cabe más inquietante (y por supuesto mucho más lejano, o más bien mucho más hondo).

Me refiero al sueño que todo lo define porque cambia las cosas hasta el punto de que nada vuelve a ser igual. A ese sueño. Pero es después del primero que busco ayuda en la opinión de quienes me rodean, como Ángel, por ejemplo:

Eso era lo que hacías de pequeño, soñar. Y sigues igual. ¿No crees que ya va siendo hora?

La vida lo ha ido tratando con justicia, mientras él tenía el juicio necesario para respetar las normas, reconocía qué caminos debía tomar, y, por qué no decirlo, la suerte lo acompañaba durante el recorrido. Las personas como Ángel sustentan su existencia en pilares de bruma y viento (como hacemos todos), pero han obtenido la recompensa del éxito. Su mayor engaño consiste en el convencimiento de que esfuerzo y tesón conducen al mismo lugar adonde ellos han llegado. Qué importará: al final todos sin excepción vamos pasando por la amoladera. Entonces se oye el agudo chirrido del metal sobre la piedra.

Y no es bonito.

Tienes que ser realista (insiste mi anfitrión). Con los años te va a resultar más difícil poner los pies en el suelo.

Ángel tiene varios críos y trabaja incansablemente. Sara pasa mucho tiempo fuera, de modo que una chica que no es de aquí se encarga de los niños casi todo el día. Cuando los lleva al colegio, o de vuelta a casa, tira de ellos como quien hace volar un manojo de cometas.

Saboreo el estofado. No tengo gran cosa que decir después de que hayamos hablado de su trabajo, de su familia y sus hijos. Aprendí a no hablar mucho cuando caí en la cuenta de que siempre, invariablemente, me escuchaba con mirada vidriosa. La educación lo empuja a preguntar, pero hay un punto, al inicio de cada respuesta, en el que evade la conciencia a un lugar que nadie vislumbra.

Nos despedimos con eternas promesas de quedar algún fin de semana. Antes de cerrarme una puerta que por lo menos alcanza los dos metros y medio de altura, me repite:

Ah… Y sé realista.

De camino a casa no me pregunto por qué lo aprecio —el amor no tiene por qué ser recíproco—, pero sí por qué insiste en hacer algo (quedar con nosotros tres) que a todas luces parece suponerle un esfuerzo. Hace tiempo que dejó de entristecernos la distancia. Con el paso de los años a todos se nos escurren muchas cosas entre los dedos. O se quedan donde estaban. Tan malo parece lo uno como lo otro cuando es otra cosa lo que tendría que suceder. No sé muy bien qué. Después de todo, es muy posible que esto sea lo que la gente considera normal.

A pesar de que es invierno y no tardará en anochecer, vuelvo a casa andando. En la valla de un local encuentro la respuesta a los ángeles que revolotean en torno a quienes no tememos ver en el prójimo la prueba fehaciente de nuestras propias carencias.

Y los ángeles nos miran con ojos de vidrio y hacen oídos sordos.

sed realistas