su pupila de hiel

Anocheció tras cerrarse la puerta, a excepción de la promesa de una luz que flotaba en la distancia. Al frente se alzaban pilas de objetos sobre estantes de polvo, y a su alrededor todo eran telarañas que, a su vez, estaban envueltas por los sonidos de un desván.

Nos cuentan cosas, los sonidos. Algunas incluso las queremos escuchar.

Y preguntó la voz de ella a lo lejos:

¿Qué habré olvidado? ¿Qué le falta?

El recuerdo le devolvió el sonido débil de los pasos descalzos de la Forjadora, y el hombre zurdo avanzó por el camino más oscuro que había. Llevaba bien asido el objeto de metal, cuyo nombre había olvidado por completo. Pesaba.

A medida que fue acercándose, pensó que tanto peso se debía a que no le pertenecía. Se lo había arrebatado a la joven la vez anterior que estuvo allí, en el desván, cuando no oyó los sonidos que envolvían las telarañas que se extendían alrededor de las pilas de objetos que descansaban sobre estantes de polvo.

Sintió el impulso de devolvérselo, pero sin la guía del anciano pescador, el mismo que no sólo le había puesto nombre en dos ocasiones, sino que, además, le había confiado su secreto, no supo si obedecer a ese impulso sería bueno o malo.

Siguió andando. Dejó de pensar cuando la oscuridad se convirtió en todo y dar cada paso fue como un salto al vacío. Empezó a arrastrar los pies, pero reparó en el ruido que hacía.

Pensó que a nadie le conviene hacer ruido cuando tiene a la bestia detrás.

Y este extraño pensamiento cobró vida de pronto. Reparó en que no estaba a solas con la Forjadora en aquel lugar de objetos, polvo y negrura…

El ojoHabía también una respiración que helaba; y unos ojos que le miraban desde ángulos que era imposible describir en términos geométricos; un iris de muchos colores, todos ellos desconcertantes; una pupila de hiel. Una mueca que trascendía la crueldad de los animales más feroces.

No era violencia. No era maldad. Tal vez arrogancia: en el pliegue del mundo que hollaba la Bestia en ese momento, el hombre zurdo no suponía la menor amenaza. No era parte de ningún engranaje. Era como las pilas de objetos, las telarañas que los cubrían, los sonidos del desván.

Lo único que lo diferenciaba era que se movía. Y por eso, la Bestia le siguió.

El hombre zurdo echó a correr con la hiel de la pupila de la Bestia en la mente. Tropezó, trastabilló. Una vez se dio con fuerza por encima de ambas rodillas, su cuerpo se dobló por la cintura, cayó de cabeza al otro lado, y estuvo a punto de dislocarse el brazo derecho. Recuperó el objeto de metal. Pensó que debía de ser importante. Se oyó a lo lejos:

—Ah, ya sé qué le falta. Qué he olvidado.

El hombre zurdo siguió corriendo, cada vez más consciente de su proximidad.

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2 Respuestas a “su pupila de hiel”


  • Lluis Salvador (http://lecturaserrantes NULL.blogspot NULL.com)

    Un afectuoso saludo, Miguel. Y muchos recuerdos que afloran…

  • Qué gusto tenerte por aquí, Lluis, aunque el blog esté durmiendo. Te escribo pronto, pronto.

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