el pez gordo

Es de noche y a la luz de la chimenea el anciano habla sin cesar. Le está contando la historia de cuando vio el pez más gordo del riachuelo que susurra cerca de la cabaña.

—Las aguas del río habían crecido tanto que no sólo las barcas se deslizaban con dificultad por ellas, sino también buques de gran calado. Cocas e incluso galeones, cáscaras de nuez que se pierden en el mar con toda su tripulación cuando no regresan con el cargamento arracimado en cubierta: las especias de Oriente, las joyas de los sultanes y otros tesoros que no podemos ni soñar, filósofos y sabios, astrólogos y pitonisas, papeles que se deshacen nada más leer lo que reza en su superficie, magos de la mente, mujeres cuya hermosura hace llorar. Palabras de poder. Criaturas fabulosas.

Por alguna razón, esto último arranca un brillo fugaz a los ojos de huevo del joven. Se intuye en ellos el azul claro que el tiempo agrisó. El sol ya no es un disco blanco tras las nubes. Sencillamente no es. Tiene que preguntar al anciano qué historias le sugieren las estrellas (el cielo está lleno de ellas), pero antes…

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—Y estando yo en el río al final de mi jornada, sentí en la quilla un fuerte golpe que me habría enviado al fondo de no ser porque llevaba bien estibada la pesca. Los peces temblaban aún con fuerza en la red. Miré a babor y estribor (esto es, a izquierda y derecha, muchacho, que parece que hayas nacido ayer), luego eché un vistazo a la proa y la popa, aferré la caña del timón y puse rumbo a la orilla para que el río comprendiera que ya había tomado lo bastante de él.

»Cuando la vela se hinchó al viento y la proa miró a la costa, las aguas se agitaron más aún y se alzó de pronto a mi alrededor, coronado de palomillas, un oleaje repentino. Fue entonces cuando mis ojos contemplaron el pez más gordo que he visto en la vida.

»Los viejos del lugar aseguran que se muestra ante los pescadores que han sido más ambiciosos de la cuenta. Eso les sirve de advertencia porque es así de grande. —Separa los brazos todo lo que le da el cuerpo—. Y así de gordo. —De nuevo separa los brazos todo lo que le da el cuerpo—. ¿Y sabes qué?

El joven niega con la cabeza. No entiende ni la mitad de las cosas que dice el anciano, pero esa voz se ha convertido, junto al olor a pescado, en todo su mundo.

—Pues que logré ganar la orilla, como bien supondrás aunque se te haya comido la lengua el gato. Y cuando volví a casa después de pasar por la lonja y vender lo mío, me encontré al pez gordo sentado en esa misma silla donde estás tú ahora.

Y ríe. Su risa es como cuando pisan la uva en esas tinas enormes. Su risa le suena así al muchacho. Cree que también huele así, a uva pisada. E incluso diría que tiene el mismo sabor. Puede, no sin cierto esfuerzo, ver su risa. Cómo se alza entre las llamas del fuego, cómo abandona la habitación, y cómo, tras salir por la ventana, se deshace bajo el cielo antes de convertirse en polvo de estrellas.

1 Respuesta a “el pez gordo”


  • “…pero esa voz se ha convertido, junto al olor a pescado, en todo su mundo.”

    Eso va siendo bueno… Es como cuando explicas un cuento inventado a tus hijos. De pronto te das cuenta de que, en ese momento, sólo existe eso para ellos. Y nosotros andamos pensando en mil cosas a la vez y no podemos sentir el placer completo. Dejados ahí sólo con un cuento… Sería fantástico… Lo es ahora para mí.
    Gracias de nuevo, niño.

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