historia de los reyes de Bretaña

Por Sergio Escuriet.

Historia Regum Britannie, edición de Neil WrightHistoria Regum Britanniae es la referencia más antigua de la materia de Bretaña. Fue escrita por Godofredo [Geoffrey] de Monmouth hacia el año 1135 o 1138, en pleno origen de la Anarquía, y debe interpretarse tanto en clave política como en clave artúrica.

El propósito de Godofredo de Monmouth es dual. Por un lado, justifica la invasión normanda, proyectándola como una liberación y no una conquista, para lo que traza la línea histórica de los reyes de los britanos desde Bruto, bisnieto de Eneas de Troya, hasta Cadvaladro, último rey britano, quien abandonó la isla para asentarse como sus antepasados en Armórica (antiguo nombre de la Bretaña francesa), a pesar de que moriría en Roma después de recibir la tonsura de manos del papa Sergio.

Pero también Monmouth toma claramente partido en el enfrentamiento entre el rey Esteban de Inglaterra y Matilde de Bolonia, a favor de esta última, ya desde la dedicatoria que hace a Roberto, duque de Gloucester, hermano bastardo de Matilde. Más que un normando, Esteban era considerado un franco, pues era hijo del conde de Blois.

Las fuentes de las que bebe Godofredo de Monmouth para trazar la dinastía de los reyes britanos son varias, pero principalmente se basa en De excidio et conquestu Britanniae, de Gildas, y en Historia ecclesiastica gentis Alglorum, de Beda. También utiliza como fuente la Historia Britonum, de Nennio. Aunque ninguna cita explícitamente a Arturo, merecen capítulo aparte. Otra de estas fuentes, tal vez la más importante, la constituyen las tradiciones orales celticas. No olvidemos que Monmouth, pueblo natal de Godofredo, está situado en Gales, crisol del folclore que posteriormente adoptó la Materia de Bretaña.

Historia Regum Britanniae, la «obrita» —como Godofredo de Monmouth la denomina—, consta de 200 páginas (Historia de los reyes de Bretaña. Alianza, 2004) y arranca con una descripción de la Isla de Bretaña como si de un paraíso terrenal deshabitado se tratara, recurso muy utilizado por los eclesiásticos metidos a escritores. Consta de cinco partes bastante definidas:

  • Los orígenes, o de cómo Bruto llego a Britania y lo que aconteció a sus descendientes.
  • La conquista romana y sus sucesivos gobernadores.
  • Los barbaros, con Vortiger [Vortigern], el rey traidor, como tema principal.
  • Los Grandes Días de los reyes britanos, con el clímax artúrico como eje central.
  • La caída del imperio britano, con las pertinentes explicaciones de los grandes pecados cometidos por los últimos reyes britanos y de cómo Dios los condenó a perder el paraíso britano.

En clave política es interesante observar que, según Godofredo de Monmouth, durante el periplo o epopeya de Bruto después de partir de Troya, uno de los lugares donde atraca con sus guerreros es en la desembocadura del Loira, a los pies de Bretaña y en lo que en el futuro sería parte del ducado de Normandía, Allí, después de batallar contra los galos, deciden volver a embarcarse, conscientes de que el número de sus enemigos no cesa de aumentar y de que, a pesar de las derrotas infligidas, estos no parecen dispuestos a permitir que los invasores troyanos ocupen sus tierras.

Tras dejar la Galia, las naves troyanas llegan a una isla habitada por gigantes que son rápidamente eliminados. El lugar se llama Albión, y sus tierras se distribuyen rápidamente entre los diferentes caudillos troyanos, que la rebautizan Britania en honor a Bruto. Bruto busca un lugar para establecer su capital, y lo encuentra en uno de los meandros del río Támesis, donde funda Nueva Troya, posteriormente conocida como Trinovanto, hasta que Lud, hermano de Casivelauno, que combatió a Julio César, cambia su nombre por el de Kaerlud («Ciudad de Lud»).

La epopeya de Bruto y sus guerreros troyanos finaliza con un reino establecido en un paraíso terrenal y con el rey repartiendo sus tierras entre sus tres hijos Locrino, Albanacto y Cambro. A la muerte de Bruto, el reino se divide de esa manera, y Locrino obtiene la mitad de la isla, que desde entonces se conoce como Logres; a Cambro le tocan las tierras mas allá del Severn, conocidas desde entonces como Cambria, y Albanacto ocupa los territorios septentrionales, Albania o Alban, nombre antiguo de lo que hoy conocemos como Escocia.

Y de lo que sucedió después hablaremos en otra entrada.

la forjadora

Asomó la cabeza por el extremo de una hilera de cosas apiladas y la vio allí, de pie en el cobertizo que era como el desván de un cuento. El joven extraviado se apoyó el objeto metálico en los pies, sin soltarlo, y la miró con los ojos muy abiertos.

La mujer hablaba sola mientras recorría con los dedos la superficie de una armadura. ¿Qué más necesita?, se preguntaba. Qué otras cosas puedo añadir.

La contempló fascinado, rendido ante el embrujo de los pies descalzos que se movían alrededor de la panoplia. Ante sus ojos ella hacía y deshacía con la ayuda del buril, el martillo y el fuego de una forja chica que se extinguía una vez utilizado, para después avivarse en cuanto lo necesitaba. Y porque las cosas físicas se hacen una después de la otra, ella…

Golpeaba, grababa, calentaba, moldeaba, fundía y soldaba.

Cuando no, obraba también de forma mágica. No sólo por la luz que permanecía flotando suspendida sobre ella, sino por las veces que repasaba con la mano las imperfecciones, quejándose de ellas en voz alta, aplaudiéndose a continuación tras hacerlas desaparecer. El metal reflejaba diversas tonalidades, pues no se mostraba convencida de su obra en ese detalle concreto, el color.

—Tengo que verla con luz natural —decía. Y entonces la luz experimentaba un cambio significativo, se contraía o expandía, y adoptaba otro color hasta convertirse en un sol diminuto que se había hecho a sí mismo. Y porque las cosas mágicas no siguen un orden, se encabalgan y son una melodía compleja, ella…

Tejía e imbricaba, engranaba y urdía, tramaba y fraguaba.

La miró embobado, atento a cosas que no había visto jamás o que tal vez había olvidado. Las puertas que dan a otros lugares; lo que creemos haber vivido con anterioridad; lo que nos llama la atención y nos parece mágico. La miró aturdido, haciendo oídos sordos a lo terrenal. Las puertas que no conducen a nada. Lo que hemos vivido con anterioridad y desearíamos dejar atrás. Lo que no tiene nada de extraordinario. Lo mundano.

En ese hechizo quedó suspendido el paso del tiempo.

—¿Qué habré olvidado? —se preguntó ella—. ¿Qué le falta?

La vio mirar a su alrededor, dar un giro contrario a las agujas del reloj hasta quedar de espaldas a la panoplia y clavar sus ojos en él, en la esquina desde donde la observaba. No debía de verlo porque aquella luz probablemente la cegaba.

—¿Qué haces tú aquí? —preguntó en el silencio, transformada la voz, ahora ronca, aterradora—. Devuélvemelo.

El joven extraviado se dio la vuelta y salió huyendo, lejos de la luz. A cada tropiezo, cada vez que se golpeó con algo y cayó desorientado, se esforzó en recordar que no hallaría cobijo ni consuelo en el interior de aquel lugar oscuro, que ella lo perseguía, que lo increpaba en la distancia con la voz cruel de una pesadilla.

Con esa voz formuló preguntas que ningún oído quiere escuchar. Pero las preguntas quedaron en el aire, insatisfechas.

Salió de allí y cerró el cobertizo con los gritos dentro. Recostó la espalda en la puerta y se dejó caer en el suelo. A su lado lo hizo el objeto, con ruido de metal.

Pasa el tiempo. Anochece.

Las estrellas le sugieren historias fabulosas mientras desfilan en el firmamento como nubes de luz.

las cosas buenas

Justo cuando el joven empezaba a hacerse un hueco en el mundo, volvió a extraviarse. Fue después de que el anciano pescador lo enviara al cobertizo en busca de algo llamado aguamanil. Como no sabía qué era, y no preguntó porque los hombres no hacen preguntas ni necesitan ayuda, tuvo que adentrarse más allá de la entrada donde estaban las herramientas, la tina agujereada, los baldes, la leña y la carretilla herrumbrosa.

Más allá la luz que se filtraba del exterior empezó a adelgazarse hasta convertirse en recuerdo. El joven avanzó a ciegas, tanteando el camino con pies y manos, evitando los objetos que surgían a su paso, esquivando las trampas a las que le sometía un cobertizo que visto por fuera era de modestas dimensiones, pero por dentro era amplio, espacioso, extenso.

Gigantesco.

Buscó en los bolsillos el cuscurro de pan que creía haber guardado ahí durante el almuerzo, pero no estaba. Pensó que si dejaba caer unas migas podría encontrar el camino de vuelta, y en esa oscuridad le pareció una idea extraña. Luego se le ocurrió arrancar el roto del calzón, tirar del hilo, atarlo a algún lugar y no soltar el otro extremo para regresar luego a ese punto. Aquella segunda ocurrencia le hizo sonreír, pues también la juzgó peculiar: La idea de verse desnudo de cintura para abajo, de vuelta a un sitio que le era tan desconocido como cualquier otro, no le pareció nada del otro mundo.

Se había perdido.

Al fondo, después de darse un buen coscorrón con algo metálico que cayó al suelo con estruendo y que recogió tras tocarse la herida, ya húmeda, surgió una luz que iba más allá de su imaginación.

Fue acercándose poco a poco, paso a paso, sin hacer ruido por temor a extinguirla, por miedo a imponer con su cercanía la negrura que reina en el vientre de la ballena, negrura que él, a pesar de haberlo olvidado, conocía bien.

Se disponía a doblar una esquina dibujada por una pila de objetos diversos, más cerca ya de la luz.

«Al otro lado. Las cosas buenas siempre están al otro lado», pensó aferrándose con fuerza al pesado objeto metálico, tanteando los roblones que recorrían el borde.

Y entonces la vio.

el pez gordo

Es de noche y a la luz de la chimenea el anciano habla sin cesar. Le está contando la historia de cuando vio el pez más gordo del riachuelo que susurra cerca de la cabaña.

—Las aguas del río habían crecido tanto que no sólo las barcas se deslizaban con dificultad por ellas, sino también buques de gran calado. Cocas e incluso galeones, cáscaras de nuez que se pierden en el mar con toda su tripulación cuando no regresan con el cargamento arracimado en cubierta: las especias de Oriente, las joyas de los sultanes y otros tesoros que no podemos ni soñar, filósofos y sabios, astrólogos y pitonisas, papeles que se deshacen nada más leer lo que reza en su superficie, magos de la mente, mujeres cuya hermosura hace llorar. Palabras de poder. Criaturas fabulosas.

Por alguna razón, esto último arranca un brillo fugaz a los ojos de huevo del joven. Se intuye en ellos el azul claro que el tiempo agrisó. El sol ya no es un disco blanco tras las nubes. Sencillamente no es. Tiene que preguntar al anciano qué historias le sugieren las estrellas (el cielo está lleno de ellas), pero antes…

librohp

—Y estando yo en el río al final de mi jornada, sentí en la quilla un fuerte golpe que me habría enviado al fondo de no ser porque llevaba bien estibada la pesca. Los peces temblaban aún con fuerza en la red. Miré a babor y estribor (esto es, a izquierda y derecha, muchacho, que parece que hayas nacido ayer), luego eché un vistazo a la proa y la popa, aferré la caña del timón y puse rumbo a la orilla para que el río comprendiera que ya había tomado lo bastante de él.

»Cuando la vela se hinchó al viento y la proa miró a la costa, las aguas se agitaron más aún y se alzó de pronto a mi alrededor, coronado de palomillas, un oleaje repentino. Fue entonces cuando mis ojos contemplaron el pez más gordo que he visto en la vida.

»Los viejos del lugar aseguran que se muestra ante los pescadores que han sido más ambiciosos de la cuenta. Eso les sirve de advertencia porque es así de grande. —Separa los brazos todo lo que le da el cuerpo—. Y así de gordo. —De nuevo separa los brazos todo lo que le da el cuerpo—. ¿Y sabes qué?

El joven niega con la cabeza. No entiende ni la mitad de las cosas que dice el anciano, pero esa voz se ha convertido, junto al olor a pescado, en todo su mundo.

—Pues que logré ganar la orilla, como bien supondrás aunque se te haya comido la lengua el gato. Y cuando volví a casa después de pasar por la lonja y vender lo mío, me encontré al pez gordo sentado en esa misma silla donde estás tú ahora.

Y ríe. Su risa es como cuando pisan la uva en esas tinas enormes. Su risa le suena así al muchacho. Cree que también huele así, a uva pisada. E incluso diría que tiene el mismo sabor. Puede, no sin cierto esfuerzo, ver su risa. Cómo se alza entre las llamas del fuego, cómo abandona la habitación, y cómo, tras salir por la ventana, se deshace bajo el cielo antes de convertirse en polvo de estrellas.

todo su mundo

Nada más sacarlo del agua, el anciano le preguntó qué era lo que buscaba. Cuando vio que el joven no respondía (no dice gran cosa; no habla mucho: en realidad, nadie recuerda cuándo fue la última vez que habló) le dijo: «Alcánzame eso de ahí.» El joven miró a su alrededor con extravío, solo que estaba tragando agua y había en su expresión un extravío mayor del que sugiere esa palabra. Había urgencia. Miedo. Sus ojos eran como huevos agujereados. Cuando quiso obedecer se dibujaron los objetos a su alrededor, flotando.

—Recoge todo eso, anda. Yo te ayudo. —Y al ver la expresión perdida del joven, añadió—: Sé lo que estás pensando. Si no puedes librarte de las cosas intangibles, ¿cómo ibas a separarte de todo lo que puede tocarse?

filigrana hpyle

—Alcánzame eso de ahí —dice el anciano, agachado ante la leña.

El joven mira en derredor con cara de pasmo, como si no supiera qué le piden. Hay una tina agujereada, tres o cuatro baldes mal apilados, odres vacíos, una carretilla, tierra y guijarros en el suelo. Herramientas. No entra mucha luz en el cobertizo porque afuera el sol es una circunferencia blanca tras la capa de nubes.

Una salamandra se escurre entre las rocas que bordean el huerto.

—El azadón, muchacho, el azadón.

Ah, y apesta a pescado.

Todo su mundo apesta a pescado.

libro III: el bosque salvaje

«Miras el montón de folios impresos y te dices que si ahora desaparecieras o renunciases, todo eso moriría ahí.»
Arturo Pérez-Reverte

mapa de las constelaciones

En esta era salvaje, un puñado de jinetes cruza el prado para adentrarse en un bosque que se conoce por el nombre de Perdido. Pero en el interior hay tan poca luz que al cabo dejan de oírse los cascos de los caballos y se impone una quietud que espanta al más valiente de los hombres. Acuden allí en busca de algo, puesto que jamás cabalgan sin motivo. Una aventura. Un desafío. Se cruzan con una dama hermosa, virgen inmaculada, a quien persigue un viejo sacerdote que adora a un dios de las antiguas creencias cuya existencia no recogen los pocos libros que se han escrito en esta era salvaje.

En este bosque perdido, el puñado de jinetes encuentra a otro viajero, un extraño que los contempla como si fueran la cosa más peculiar del mundo. No habla, ni tiene su aspecto, ni parece llegado de norte, sur, este u oeste.

He aquí el inicio de una historia, una de tantas, en esta era salvaje.

Y ahora juguemos a cambiar el orden de los elementos. En esta era perdida. En este bosque salvaje.

amite de corbenic

Sirva esta entrada para inaugurar una nueva subcategoría en Artúrica, titulada Nombres propios, cuyo objetivo consiste en aportar breves apuntes sobre personajes, hechos y lugares del ciclo artúrico. Es una de las principales novedades que quería introducir de cara al nuevo curso, que se inicia en septiembre. De aquí a entonces mucho me temo que todas las entradas están escritas de antemano y programadas, porque no sé muy bien cuándo regresaré.

elaine de astolat

Pero no voy a empezar con un caballero, sino con una dama y un castillo, un bebedizo que lleva a engaños, y la concepción del caballero que encontrará el santo Grial. Casi nada.

Hija del buen rey Pelés (el rey Pescador, uno de los guardianes nada menos que del santo Grial), Amite es conocida también como Elaine de Corbenic. No confundir con Elaine de Astolat, quien en obras posteriores encontramos convertida en la dama de Shalott del famoso poema de Tennyson y de la imaginería prerrafaelista, la misma que, tras enamorarse de Lanzarote, muere de pena por su amor no correspondido, dejándose llevar las aguas del río hasta la corte de Camelot.

Insisto. Ambas Elaines no son una y la misma, a pesar de:

  • Tener el mismo nombre de pila.
  • Estar vinculadas con Lanzarote.
  • La evidente intención de los diversos autores por confundirnos.

Todas las versiones cuentan más o menos la misma historia acerca de Elaine de Corbenic [Carbonek]. Corbenic es el castillo de las Aventuras, un lugar espléndido (para encontrar un castillo igual, nos dice Chrétien de Troyes en su Perceval, hay que ir a la mismísima Beirut) situado físicamente en las tierras de Listenois. El nombre de este lugar podría provenir del francés cor benoit, «cuerpo bendito», y estoy insistiendo tanto con él porque es el castillo del santo Grial.

Pues bien, según nos cuenta la Vulgata Lanzarote se dejó caer por esos lares, y allí yació con Amite gracias a un bebedizo mágico, cuyo efecto consistió en confundirlo para que la tomara por la reina Ginebra. Aquí «yacer» se entiende en su acepción de «tener trato carnal con alguien». La unión de ambos acarrea una montaña de problemas para Lanzarote por parte de la celosa Ginebra, aunque por otro lado Amite alumbra a Galaz [Galahad], el caballero celeste que acabaría convertido en pieza clave para la obtención del santo cáliz.

La ilustración que encabeza esta entrada corresponde, sin embargo, a la otra Elaine, la de Astolat. Si las innumerables manos que tejieron los relatos artúricos crearon a las dos Elaines enamoradas, o relacionadas, con Lanzarote, y en la búsqueda de sus hechos y orígenes he tenido que recurrir a tantas fuentes distintas para asegurarme de no meter la pata, ¿por qué no aportar mi granito de arena para descolocar también al lector?

en clave de jazz

Igual que el departamento de prensa de la Casa Blanca reserva las noticias más anecdóticas para la rueda de los viernes, mucho me temo que en Glatissant lo que queda de verano va ser algo descafeinado mientras preparo mi siguiente viaje (tengo planeadas algunas sorpresas), optimizo un poco el blog (tal vez sería un buen momento para actualizar a la versión 3.0 de Wordpress e introducir algunos cambios de diseño), y en general echo un vistazo a ver qué puedo mejorar de cara al nuevo curso escolar.

Sirva eso de débil excusa porque tendría que darme vergüenza hablar antes de esta monumental obra musical que del libro que la inspira, el Parzival de Wolfram von Eschenbach, que aquí en España publica Siruela en su colección Biblioteca Medieval (en edición de Antonio Regales). Qué le vamos a hacer. Pensad si leéis esto en pleno invierno que ahora mismo, al menos aquí, hace un calor asfixiante que me ha reblandecido (un poco más) el cerebro.

De Chris Hize poco puedo decir aparte de que es compositor de jazz, un músico inquieto que vive desde mediados de los noventa en Ibiza. Lo demás lo encontraréis en la Wikipedia, o trasteando por ahí.

En 1976, cuando aún existía un telón de acero y la gente vestía de forma peculiar, estrenó en el festival de Holanda una obra que toma el título de la de von Eschenbach. Del libreto se encargó James Batton. Voy a incluir una muestra para que os hagáis una idea.

El propio Hinze la definió como «música descriptiva que abarca la totalidad musical de nuestro tiempo, con un énfasis particular en el jazz.» Ambos artistas recurrieron a diversas fuentes, pero sobre todo a von Eschenbach.

Para la ejecución de esta composición de casi dos horas se necesita una orquesta, un sintetizador, una big band, un ensamble de jazz, solistas, y un coro clásico, además de otro coro de soul…

Casi nada. Vosotros juzgaréis por las muestras incluidas si para escucharla también se necesita una gran dosis de paciencia.

la bestia según Malory

Y allí acudió a él la esposa del rey Lot de Orkney, en manera de embajada, aunque era enviada para que espiase la corte del rey Arturo; y llegó ricamente ataviada, con sus cuatro hijos: Gawain, Gaheris, Agravain y Gareth, con muchos otros caballeros y damas. Y como era muy hermosa dama, el rey concibió gran amor por ella, y deseó yacer con ella. Y acordados ambos, engendró en ella a Mordred, siendo como era su hermana, por parte de la madre, Igraine. Y permaneció ella un mes, y finalmente partió.

Entonces el rey tuvo un sueño maravilloso del que se sintió muy espantado (pero en todo este tiempo el rey Arturo no sabía que la mujer del rey Lot era su hermana). Éste fue el sueño de Arturo:

Imaginó que entraban en esta tierra grifos y serpientes, y que quemaban y mataban a toda la gente; después imaginó que luchaba con ellos, y que le infligían muchísimo daño, y le herían dolorosamente; pero al final los mataba.

Arturo y la Bestia AulladoraCuando el rey despertó, se sintió muy afectado por el sueño; y para apartarlo de su pensamiento, se aprestó con muchos caballeros a salir a montear.

Y estando así sentado, le pareció oír voces de perros, como de unos treinta. Y en eso vio venir hacia él a la más extraña bestia que había visto ni oído nombrar. Se acercó la bestia a la fuente a beber, y el ruido que salía de su vientre era como el gañido de treinta pares de perros; pero todo el tiempo que la bestia estuvo bebiendo no salió estruendo ninguno de su vientre; y seguidamente partió la bestia con gran ruido, de lo que tuvo el rey gran maravilla. Y se quedó ensimismado, y poco después le venció el sueño. Y llegó seguidamente un caballero a pie a donde estaba Arturo, y le dijo:

—Caballero absorto y somnoliento, dime si has visto pasar por aquí una bestia extraña.»

Malory, Thomas, La muerte de Arturo, Libro I, capítulo 19, Ediciones Siruela, 2005 (trad. Francisco Torres Oliver).

el reverso de la puerta

Es de madrugada. Por las ventanas se anuncia un nuevo día. Me pregunto, para variar, cuánto llevo aquí. Lo curioso es que para mí la única salida es la que se encuentra más allá del pasillo, al otro lado de la puerta. Recuerdo el propósito que me hice al principio, tomado de los versos de Chrétien de Troyes. Todo eso de prefiero morir a retornar. Tal vez vivir ya no dependa de mí, quizá me lleva una corriente y no está en mi mano ganar la superficie. Respirar. Vivir.

Abro la puerta que da a un nuevo mundo. Me dijeron que no conduce a nada y lo hicieron con voz de miel. Es normal: Sólo los cantos de sirena desvían a un barco de su rumbo.

Lo contemplo en lo que tarda una gota en descomponerse en el agua, apenas un instante. Sé que las hojas de los árboles poseen el verde que les otorga la lluvia recién caída, y que todo desprende un fuerte olor a naturaleza. No obstante el cielo es blanco y negro, no hay matices ni colores en él, está como recortado y pegado sobre aquello que tendría que ser en realidad.

Pero esa palabra da pie a engaño. Lo hace allá donde va. Para definirla con torpeza nos necesitamos a nosotros mismos, pero casi nunca nos tenemos. Siempre estamos en otro lugar, siempre en manos de imposturas ajenas.

Vislumbro ese otro sitio. El campo y su alfombra de hierba alta y descuidada; las hojas y los árboles, a lo lejos; los arbustos, a lo lejos. La linde del bosque.

Sucede entonces, porque tras vislumbrar ese Otro Lugar la luz se apaga. Oigo un ruido inquietante a mi espalda, y la puerta, su reverso, corresponde a otra, distinta, y poco a poco se cubre de enredadera, las raíces se extienden por ella y no puedo decir que el ruido que hacen al arrastrarse sea agradable, sino todo lo contrario: Es desapacible; es el cuchillo mellado que desgarra con sus dientes y su tesón. El metal que corta el hueso mientras las esquirlas saltan aquí y allá.

el reverso de la puerta de la duda

Cuando vuelvo la vista veo a Golfo, que es el nombre de perro —justo es decir que no fui yo quien se lo puso, pero ahora, en este poco tiempo que me queda, ya no tengo espacio para contar cómo sucedió—. Me mira con la lengua fuera, y al cabo agacha la vista cuando el agua empieza a cubrirle las patas. Noto entonces la humedad en los pies. Cuando el agua me llega a los tobillos, acompaño mis palabras de un gesto. Corre, le digo. Corre, Golfo. Salgamos de aquí.

Pero ¿cómo si no hay salida? Se da la vuelta y sale disparado hacia la pared del fondo, excavada en roca. Dudo que la habitación se encuentre físicamente en la casa. Debe de estar en otra parte, en la frontera de un lugar cuyo cielo es blanquinegro, donde el verde es más intenso y huele a humedad. Un mundo entre raíces. Un mundo entre la gota de agua y el grano de arena que empapa, junto al lago (pienso). Junto a ella (pienso esperanzado).

Su cola desaparece en la roca. Es un perro cazador, no se le escapa una y ha encontrado la forma de salir. Me dirijo hacia allí, arrastrando los pies en el agua, que me alcanza las rodillas. Apenas veo en la oscuridad. Tanteo la pared y encuentro el hueco, el túnel, pero cuando me agacho no veo luz al otro lado. No parece que haya salida.

Me introduzco en él, pero al poco rato el agua se cuela conmigo. Es muy estrecho. Un zumbido agudo acompaña al borboteo. Me abro paso como un gusano, palmo a palmo el culebreo de mi cuerpo me empuja hacia adelante en esa pétrea tráquea donde todo es asfixia. Me corto con la roca y la roca me hiere.

En los últimos momentos junto un puñado de recuerdos. No es que la vida te pase por delante, más bien son ciertas cosas. Pocas. Algunas las había olvidado.

Me hundo como una piedra en un plano horizontal porque el mundo se ha vuelto del revés o me falta aire para razonar. Todo se mueve. Quizá. Me he convertido en mi propio lastre. Me voy conmigo al fondo, devorado por un pez gordo, y es en su vientre, el vientre de la ballena, donde muero solo.

fin del libro II: el vientre de la ballenaFIN del libro II: el vientre de la ballena
libro III: el bosque salvaje, octubre de 2010