un modo de entrar

La verja se alza unos tres metros. Tiene motivos florales forjados en hierro y la coronan flechas herrumbrosas que miran al cielo. Hubo un tiempo en que fue azul turquesa, pero ni cae la lluvia ni sopla el viento en vano, y la pintura está descascarillada. La recubre una próspera enredadera.

Tiene que haber un modo de entrar. Lo que cuesta es encontrarlo.

Ángel se vuelve hacia mí con su disfraz de ciclista de fin de semana y la frente sudorosa. A pesar de sus promesas mientras almorzamos en un pueblo costero, la casa de sus amigos no está a un tiro de piedra de la salida del paseo marítimo. Hay que atravesar la Nacional, eso para empezar, lo que no es problema porque hay túneles y escaleras que te permiten pasar por debajo.

Y como Ángel me propone visitarlos, nos convertimos en topos ataviados con paravientos de color chillón, pantalón culotte y ese casco que parece un orinal mal hecho. Me mira y me dice, como si hiciera falta:

Bueno, ya hemos llegado.

El túnel que pasa bajo la carretera no nos plantea mayores problemas. Salimos al pueblo, que luego recorremos de mar a montaña: Calles y calles estrechas donde a menudo es necesario apearse de la bici para no incordiar a los transeúntes. Somos gente educada.

¿Sólo será un rato?, pregunto, insisto, a Ángel, que no responde de lo mucho que se concentra en dar con la forma de llamar a la verja. Más allá el camino está bordeado de vegetación y serpentea hacia la cima de la montaña.

de camino a la verja

Pasado el pueblo, subimos una interminable cuesta asfaltada hasta llegar a la iglesia. Allí, por suerte, encontramos una fuente. Es durante el alto cuando descubro que Ángel no sabe muy bien qué camino tomar.

Perro se pone a ladrar.

Por cierto que ya tiene nombre, pero ando enfadado con él y, antes de describir con pelos y señales cómo se lo ganó (puede que más adelante cuente esa historia, si se me pasa el cabreo), me limitaré a decir que no le cae bien Ángel. Cuando no le gruñe, perro aprovecha la menor oportunidad para demostrarle que no valora su amistad; ni la busca, ni la pretende. El sentimiento es mutuo:

Y ahora vas y adoptas una mascota. ¿Qué será la próxima vez?, pregunta Ángel, que fuma al finalizar el almuerzo. Como está de espaldas no ve que perro levanta una pata y se orina, con una mueca que recuerda la sonrisa torcida de un chucho de dibujos animados, en las llantas de una bicicleta de montaña hecha de materiales más adecuados para quienes practican de verdad el ciclismo.

Pienso en todo ello mucho antes de llegar a la verja, cuando recorremos el camino que ha escogido Ángel hasta que el barro nos llega a veces al tobillo. No hay más remedio que apearse de la bici y continuar a pie.

Tal vez los ladridos de perro en la iglesia sean su forma de advertirnos que tomamos el sendero equivocado. Pero resulta que no: al cabo de una hora larga alcanzamos, agotados, la dichosa verja.

Ángel busca aún la forma de llamar, y yo paseo la vista a mi alrededor, aguzando la mirada.

El pointer no asoma el hocico por ninguna parte. Debe de haber ido a buscarse otro compañero de viaje al pie del puente de piedra. La intuición me dice que ese puente es especial, y que no sólo por el hecho de ser lo que es (un puente) simboliza el paso a otro… Ángel me distrae dándole una patada a la verja. Y yo miro y miro, pero no encuentro a perro.

Una motosierra sepulta el canto de los pájaros, el rumor del viento, de las hojas que mueve, así como el silencio ruidoso de los pensamientos.

4 Respuestas a “un modo de entrar”


  • ¿Motosierra? ¿No resultará al final que la bestia que todos estamos buscando es el tipo aquel con careta de portero de hockey sobre hielo de la saga de Viernes 13?

  • ¿Motosierra?

    Nada como incluir en un texto ciertas palabras para llamar la atención del lector…

  • Uf! Vaya con el relatito… No me ha sorprendido que al perro le pusieras perro… Bueno, mola que al menos sea en minúscula, le da más calidad al chucho este… Risitas, sí, sí, fijo que sí. Bueno, y no nos dejes así, nen; “coitus interruptus”, “un modo de entrar”. A mí lo de la motosierra no me ha colado… Es que los hay rebuscados, ¿verdad?

  • ¡Laura!

    no me ha sorprendido que al perro le pusieras perro…

    «perro» es el nombre provisional, y sí, en minúscula. Más adelante contaré la anécdota de cómo se ganó su nombre, que es otro. Aunque no sé si contarlo porque no puedo permitir que un chucho que, además, para más inri, desaparece a las primeras de cambio, se convierta en el protagonista de cada condenada entrada, así que ya veremos.

    A mí lo de la motosierra no me ha colado…

    Lo dicho: no puedo engañar a todo el mundo todo el tiempo…

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