lo que falta

Ante la disyuntiva de escoger entre caminos, uno fácil, el otro difícil, tomé el difícil porque el otro podía recorrerlo cualquiera. Ése soy yo. De los que nunca toman el camino fácil.

Lo aprendí de mi padre, que jamás ha escogido el camino fácil. Tampoco toma ascensores. A menos que se esté impedido para andar, dice, un hombre jamás debería permitirse el lujo de tomar un ascensor. Mi madre no es tan radical en este aspecto. Ha dedicado la vida al canto (principalmente lieds, pero también ha formado parte de grupos corales y cosas así).

En el momento de escribir esto ambos están de crucero. No un crucero vulgar, de esos que haces cuando te retiras. Es un viaje especial que les ha regalado el Gobierno porque se lo han ganado. Han planeado bajarse en alguno de los lugares donde hagan escala y no volver a subir a bordo. Eso me lo cuentan durante la cena. Se ríen. Vaya si se ríen. Mi padre dice que dejarse llevar por ahí de un lado a otro es lo que hacen los demás —en esto no puede negarse cierta coherencia con la opinión que le merecen los ascensores—. Mi madre no está muy convencida, pero ha accedido a cambio de ser ella quien escoja el lugar del desembarco. Mis padres son míticos. Esos son mis padres. De los que nunca toman el camino fácil.

Con los postres hablamos de Julia, mi hermana, que no ha podido venir porque tiene guardia en el hospital. Luego, puesta la cafetera al fuego, me preparo para aguantar la monserga del viaje. El vamos a hacer esto y aquello. Pero no: Se ponen ambos muy serios y me entregan una caja de zapatos, de cuyo interior asoma un montón de fotografías de cuando éramos pequeños.

Tenías razón. (Esto lo dice mi padre, que se coge de manos sobre la mesa y me parece inquieto.) La encontramos, pero el muñeco…

No era un muñeco. (Mi madre lo interrumpe porque es de esas personas que no pueden convivir con la palabra incorrecta.) Era un peluche o algo parecido.

Rebusco en la caja. Es de las primeras. Hace unos días les pedí mis fotos de pequeño, y ya entonces les adelanté que no encontraría exactamente lo que buscaba. Todo viene a raíz de ese cúmulo de cosas que me han ido sucediendo, pero sobre todo debido al primero de los sueños (en el momento de celebrarse esta cena aún ignoro que habrá un segundo sueño, mucho más profundo y estremecedor).

Miro a mis padres por el borde de la fotografía. Ellos a su vez no pierden detalle de mi reacción, sin comprender por qué esa imagen de cuando era niño es tan importante para mí.

No se trata de lo que hay en ella, sino de lo que falta.

el parque del terror

En la foto estamos Golfo y yo. Golfo era mi mascota guardiana. Con el tiempo se convirtió en un león, le cambié el nombre y no creo que lo encajara muy bien. Sé que cuidó de mí, tal como atestigua la imagen: clava sus ojos saltones en la figura situada a mi izquierda, parte de la silueta de la Bestia Aulladora convertida en ilusión fantasmagórica, ausente pero presente, desaparecida pero percibida. Ese niño que fui yo se aferra a la red del parque infantil con una fuerza que nace de la desesperación. Me pregunto si implora ayuda a quien lo mira al otro lado de la lente. Más allá de la superficie del papel fotográfico.

Tampoco era precisamente un peluche.

He recuperado cosas que había olvidado. Recuerdo que se hacía un hondo silencio cuando mi madre me dejaba a solas a la hora del desayuno y la bestia, después de comerse las galletas, se bebía la leche. También recuerdo su olor a tierra húmeda, el tacto gélido de la piel escamosa que le surcaba el cuello de sierpe. Le acompañaban a todas partes los ladridos, que parecían salirle de dentro, ladridos como de dos veces treinta perros. El torso manchado, como la piel de un leopardo. Los ojos crueles, capaces de infundir desaliento en los corazones limpios como el mío. ¿En qué agujero profundo se habrá ocultado mi memoria de esa época?

Ésa fue la primera vez que Glatissant, la fabulosa Bestia Aulladora, se cruzó en mi camino. Y si mi empresa tiene éxito, no será la última.

15 Respuestas a “lo que falta”


  • Continúa escribiendo, mi niño, y seguro que recuperas muchas más cosas… o más. Hoy aconsejaba (sólo lo hago en casos extremos, vamos, que me parecen extremos) a una amiga que anda literalmente desorientada, ya sabemos que unos tratamientos son buenos para el corazón pero fastidian las ideas. Le decía (era en catalán pero intentaré traducirlo sin faltar a la verdad… o no…): compra una libreta que te guste, una que te entre por los ojos, que te enamore, y escribe. Escribe todo lo que cruce tu mente. Todas las palabras, todas las situaciones que vayas recordando. Si las repites, las repites. Y así ve recuperando la persona que un día fuiste. Quizá así eres capaz de reconstruirte, de modelarte de nuevo. Y salir adelante, claro. De eso se trata.
    Te leo cada vez, pero no siempre tengo las ganas de intervenir, pero no siempre tengo el tiempo… Si tu perseveras, yo te sigo. Hasta el infinito y más allá… Estoy por aquí.

  • Vaya, Laura, ahora mismo tengo una sonrisa boba en los labios. Me parece un buen plan lo de reconstruirse. Quizá descubra que no se ha alejado tanto. O puede que sí. Haz una búsqueda en este blog del verbo «deconstruir». Encontrarás algo al respecto, una especie de «huevo de pascua» oculto por ahí…

  • Querido Miguel, entrañable, solo puedo decir eso. Bueno en realidad no en realidad puedo decir que yo de niño tenia o la misma mascota o una muy similar, a ver si hago caso de esta sana terapia tuya y me miro las fotos. Lo que pasa es que ahora pronto un año de la ausencia, y en estos momentos los recuerdos se han de tratar con precaucion, porque donde menos te lo esperas se vuelven mas intensos de lo razonable.

  • yo de niño tenia o la misma mascota o una muy similar

    Se me ocurre que lo más que probable es que, después de serlo tuya, fuera mía. Yo creo que la perdí poco después de cambiarle el nombre. Seguramente se marchó a ser la mascota de otro, alguien a quien pudiera hacerle mayor servicio. Respecto a las fotos y los recuerdos, es algo tan personal… (claro que esto puede ser interpretado como una falta de compromiso por mi parte a dar una respuesta o hacer un comentario). Es una tontería que yo te diga esto, puesto que no he estado ahí, pero el estómago me pide que te diga…
    Sé valiente.

  • El que em faltava… No només estaré enganxat al bloc sinó també als comentaris. Jo callo, però vigilo.

  • No només estaré enganxat al bloc sinó també als comentaris.

    ¿Acaso pensaste que podrías limitarte a leer las entradas? Los comentarios son el metarelato, la muñeca rusa dentro de la muñeca rusa.

  • Después de leer lo que acabo de leer (si me permites la confianza: lo mejor que he leído de ti) puedo afirmar que este tu blog pinta a algo, no sé qué, climático de narices que espero sea interminable.

    Conociéndote como te conozco desde la infancia y redescubriéndote como te estoy redescubriendo ahora, déjame que te dé las gracias por haber podido leer lo que nos has regalado con este relato y por el mensaje que nos has transmitido a través de él: se puede ser adulto y ser niño a la vez (¡Viva!), convivir sin frontera alguna, congeniando lo real con lo irreal.

    Tú sabes, y si no lo confieso, que por oficio, por apatía o por el motivo que sea, la lectura no es mi fuerte, sobre todo desde que tomé como amante a una cámara. Pero a partir de hoy, si alguién me pregunta por algo que me haya gustado de lo que he leído últimamente, le responderé: “Por supuesto: Glatissant”.

    PD: Releo otra vez la narración antes de cerrar el post y me viene la pregunta: ¿Por qué nos obcecamos en buscar una explicación racional a las pequeñas cosas cotidianas, que agrade a nuestro cerebro, cuando podemos inventarnos una justificación fantasiosa que enamore al corazón?

  • ¿Por qué nos obcecamos en buscar una explicación racional a las pequeñas cosas cotidianas, que agrade a nuestro cerebro, cuando podemos inventarnos una justificación fantasiosa que enamore al corazón?

    Gracias por el apoyo. No sé muy bien a qué te refieres con eso de «justificación fantasiosa»… Se han (nos hemos) empeñado en convencernos de que lo real es lo único que existe. Pero no es verdad. Suceden constantemente cosas que son más propias de la ficción que de esa supuesta realidad.

    Imagino que buscar esa explicación racional nos hace sentir más seguros. Insisto: «imagino» es la palabra.

  • Ya sabes lo que le pasó a don Quijote… Lo tomaron por loco. Porque la gente se empeña en lo establecido, no sé si por seguro… Por eso me interesa la gente diferente a lo convenido, incluso aunque cuestione sus actos. Ayer vi un episodio de “Les tres bessones” sobre Gaudí. Otro visionario… No sé si tomaba sustancias que le hicieron abrirse a otros mundos o era sólo su imaginación. Así de simple. Detrás de las formas que él creó puede que encontremos a tu bestia…
    El mundo es seguro… ¡Qué va! Eso sí que son fantasías para sentirse seguro. Yo digo que la realidad no existe y la imaginación, sí. Ahora observo a través de mi ventana un transeúnte con un impermeable rojo y dos perros con un impermeable rojo… Me froto los ojos: ¿es realidad? A veces hay que reparar la realidad con un poco de imaginación.

  • ¡Qué interesante el uso del verbo «reparar», Laura! Con tu permiso voy a tomar nota de esa frase.

  • Es cierto, la palabra es “imaginación”, concepto fronterizo entre lo real y la fantasía.

    Laura: Mucho gusto en conocerla, a usted y a sus acertadas disertaciones. Me rindo a sus pies y a sus pensamientos.

    En cuanto a mi, gracias a lo que leo por aquí empiezo a comprender ciertas cosas que me persiguen o que persigo sin saber muy bien el porqué…

  • De nuevo los perros y el transeúnte… Ahora él va a cuatro patas y los perros, de rojo chillón, con tacones de aguja y falda corta, tiran de una cuerda que está a punto de estallar. Y, ¡coño!, eso sí parece realidad. Me estoy poniendo cachonda… La imaginación es capaz de eso y más.
    Amigo de la luz y del sonido, persigue siempre y, aún más, si no sabes el porqué. Y deja que te persigan…

  • Laura, supongo que no debería preocuparme hasta que veas a esos misteriosos vecinos volando por ahí.

  • Me apunto a lo que dice Joanca: vigilo en silencio los pasos de la Bestia, pero no pierdo detalle. Promete ser un viaje de lo más interesante.

  • Bienvenido, Bordo, y gracias por la fe.

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