las cosas buenas

Justo cuando el joven empezaba a hacerse un hueco en el mundo, volvió a extraviarse. Fue después de que el anciano pescador lo enviara al cobertizo en busca de algo llamado aguamanil. Como no sabía qué era, y no preguntó porque los hombres no hacen preguntas ni necesitan ayuda, tuvo que adentrarse más allá de la entrada donde estaban las herramientas, la tina agujereada, los baldes, la leña y la carretilla herrumbrosa.

Más allá la luz que se filtraba del exterior empezó a adelgazarse hasta convertirse en recuerdo. El joven avanzó a ciegas, tanteando el camino con pies y manos, evitando los objetos que surgían a su paso, esquivando las trampas a las que le sometía un cobertizo que visto por fuera era de modestas dimensiones, pero por dentro era amplio, espacioso, extenso.

Gigantesco.

Buscó en los bolsillos el cuscurro de pan que creía haber guardado ahí durante el almuerzo, pero no estaba. Pensó que si dejaba caer unas migas podría encontrar el camino de vuelta, y en esa oscuridad le pareció una idea extraña. Luego se le ocurrió arrancar el roto del calzón, tirar del hilo, atarlo a algún lugar y no soltar el otro extremo para regresar luego a ese punto. Aquella segunda ocurrencia le hizo sonreír, pues también la juzgó peculiar: La idea de verse desnudo de cintura para abajo, de vuelta a un sitio que le era tan desconocido como cualquier otro, no le pareció nada del otro mundo.

Se había perdido.

Al fondo, después de darse un buen coscorrón con algo metálico que cayó al suelo con estruendo y que recogió tras tocarse la herida, ya húmeda, surgió una luz que iba más allá de su imaginación.

Fue acercándose poco a poco, paso a paso, sin hacer ruido por temor a extinguirla, por miedo a imponer con su cercanía la negrura que reina en el vientre de la ballena, negrura que él, a pesar de haberlo olvidado, conocía bien.

Se disponía a doblar una esquina dibujada por una pila de objetos diversos, más cerca ya de la luz.

«Al otro lado. Las cosas buenas siempre están al otro lado», pensó aferrándose con fuerza al pesado objeto metálico, tanteando los roblones que recorrían el borde.

Y entonces la vio.

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