Archivo de la Categoría '2. Vientre'

el reverso de la puerta

Es de madrugada. Por las ventanas se anuncia un nuevo día. Me pregunto, para variar, cuánto llevo aquí. Lo curioso es que para mí la única salida es la que se encuentra más allá del pasillo, al otro lado de la puerta. Recuerdo el propósito que me hice al principio, tomado de los versos de Chrétien de Troyes. Todo eso de prefiero morir a retornar. Tal vez vivir ya no dependa de mí, quizá me lleva una corriente y no está en mi mano ganar la superficie. Respirar. Vivir.

Abro la puerta que da a un nuevo mundo. Me dijeron que no conduce a nada y lo hicieron con voz de miel. Es normal: Sólo los cantos de sirena desvían a un barco de su rumbo.

Lo contemplo en lo que tarda una gota en descomponerse en el agua, apenas un instante. Sé que las hojas de los árboles poseen el verde que les otorga la lluvia recién caída, y que todo desprende un fuerte olor a naturaleza. No obstante el cielo es blanco y negro, no hay matices ni colores en él, está como recortado y pegado sobre aquello que tendría que ser en realidad.

Pero esa palabra da pie a engaño. Lo hace allá donde va. Para definirla con torpeza nos necesitamos a nosotros mismos, pero casi nunca nos tenemos. Siempre estamos en otro lugar, siempre en manos de imposturas ajenas.

Vislumbro ese otro sitio. El campo y su alfombra de hierba alta y descuidada; las hojas y los árboles, a lo lejos; los arbustos, a lo lejos. La linde del bosque.

Sucede entonces, porque tras vislumbrar ese Otro Lugar la luz se apaga. Oigo un ruido inquietante a mi espalda, y la puerta, su reverso, corresponde a otra, distinta, y poco a poco se cubre de enredadera, las raíces se extienden por ella y no puedo decir que el ruido que hacen al arrastrarse sea agradable, sino todo lo contrario: Es desapacible; es el cuchillo mellado que desgarra con sus dientes y su tesón. El metal que corta el hueso mientras las esquirlas saltan aquí y allá.

el reverso de la puerta de la duda

Cuando vuelvo la vista veo a Golfo, que es el nombre de perro —justo es decir que no fui yo quien se lo puso, pero ahora, en este poco tiempo que me queda, ya no tengo espacio para contar cómo sucedió—. Me mira con la lengua fuera, y al cabo agacha la vista cuando el agua empieza a cubrirle las patas. Noto entonces la humedad en los pies. Cuando el agua me llega a los tobillos, acompaño mis palabras de un gesto. Corre, le digo. Corre, Golfo. Salgamos de aquí.

Pero ¿cómo si no hay salida? Se da la vuelta y sale disparado hacia la pared del fondo, excavada en roca. Dudo que la habitación se encuentre físicamente en la casa. Debe de estar en otra parte, en la frontera de un lugar cuyo cielo es blanquinegro, donde el verde es más intenso y huele a humedad. Un mundo entre raíces. Un mundo entre la gota de agua y el grano de arena que empapa, junto al lago (pienso). Junto a ella (pienso esperanzado).

Su cola desaparece en la roca. Es un perro cazador, no se le escapa una y ha encontrado la forma de salir. Me dirijo hacia allí, arrastrando los pies en el agua, que me alcanza las rodillas. Apenas veo en la oscuridad. Tanteo la pared y encuentro el hueco, el túnel, pero cuando me agacho no veo luz al otro lado. No parece que haya salida.

Me introduzco en él, pero al poco rato el agua se cuela conmigo. Es muy estrecho. Un zumbido agudo acompaña al borboteo. Me abro paso como un gusano, palmo a palmo el culebreo de mi cuerpo me empuja hacia adelante en esa pétrea tráquea donde todo es asfixia. Me corto con la roca y la roca me hiere.

En los últimos momentos junto un puñado de recuerdos. No es que la vida te pase por delante, más bien son ciertas cosas. Pocas. Algunas las había olvidado.

Me hundo como una piedra en un plano horizontal porque el mundo se ha vuelto del revés o me falta aire para razonar. Todo se mueve. Quizá. Me he convertido en mi propio lastre. Me voy conmigo al fondo, devorado por un pez gordo, y es en su vientre, el vientre de la ballena, donde muero solo.

fin del libro II: el vientre de la ballenaFIN del libro II: el vientre de la ballena
libro III: el bosque salvaje, octubre de 2010

la locura y la muerte

Me preguntas a qué me refiero cuando digo que morirás. Antes de explicártelo recuerda que en esta casa hacemos lo posible por ser felices. Tal vez le demos la espalda a la realidad. Vivimos aislados, sin normas o leyes, y procuramos que nuestros invitados adopten nuestra manera de hacer las cosas.

Vamos, no pongas esa cara. A ti no te costado mucho.

Cuando acabe tendrás que decidir qué haces. No volveremos a cruzar una palabra al respecto. Insisto: será como si la puerta, incluso el pasillo que conduce a ella, desaparecieran. No hablo de una desaparición intelectual, sino física. Después de tu decisión, entres o no ahí, la puerta dejará de existir. No para nosotras, que vivimos en la casa, sino para ti.

(Alex me señala uno de los sofás y toma asiento en su sillón favorito. Sólo hay silencio.)

parte luz, parte oscuridad

Llegué con una pareja, amigos de Andrea. Pasaron unos días antes de que preguntaran por la puerta. Andrea explicó que al comprar la casa fue lo último de lo que se ocuparon. Que fue como si la hubieran olvidado. Ya sabes que Max pasa todo el tiempo que puede fuera, en el terreno. Cuando no está cortando leña, tala pinos para prevenir los incendios en verano.

No dieron crédito. ¿Cómo era posible olvidar una puerta? ¿Se refería Andrea a que nunca habían entrado en la habitación, en la sala o en lo que sea que hubiera al otro lado? Max respondió que nunca habían sentido la necesidad de averiguarlo. La mujer preguntó si no les preocupaba que pudiese haber un nido de ratas… o algo parecido.

(Alex se rebulle en el sillón y estira el brazo largo, negro, en busca del cenicero que hay en la mesilla, a su lado.)

Andrea respondió que las únicas ratas de las que había que preocuparse habían quedado atrás, al otro lado de la verja. El tema quedó… ¿zanjado? No. Días después oímos gritos en la casa. Estábamos fuera, en el porche, descansando en las tumbonas. Entramos. La vimos tendida en ese mismo sofá donde estás tú ahora. Parecía ida. Dijo que su marido ya no estaba. No que se había marchado, ni que había desaparecido.

Sólo que ya no estaba.

Cuando preguntamos qué quería decir con eso se limitó a mirar en dirección al pasillo que lleva a la puerta, que encontramos cerrada. De su marido no se ha vuelto a tener noticia.

(Enciende el cigarrillo y da una larga chupada antes de continuar. Luego me habla de los demás. Un largo desfile de nombres. Cada uno de los casos es más exagerado que el anterior. Los hay incluso que rozan el ridículo.)

La experiencia demuestra que abrir la puerta conduce a la desaparición, y también que ninguna de las conversaciones que tuvimos con los invitados que se interesaron por ella sirvieron de nada. La gente no es más que eso, gente. Curiosa y frágil.

(Y mientras la nube de humo le enturbia la mirada, me pregunto si vale la pena hacerlo. Querría contar con el consejo de propios y extraños, escuchar los pros y los contras de hacer caso, o de desoír, las advertencias de quienes habitan la finca, auténticos guardianes de un portal que me había propuesto franquear hasta verme ante él y cobrar conciencia de que tal vez sea verdad que más allá me esperan la locura y la muerte.)

lo demás ha fallado

Con los tiempos que corren no sé quién va a querer contratar a un payaso.

Eso lo suelto una noche, en el salón. De acuerdo, cabe la posibilidad de que hayan bajado las persianas: El ambiente está tan cargado que el pasillo que lleva a la puerta del trastero se ha fundido con la pared gris, hasta tal punto que es como si hubiera desaparecido.

Salón de la Casa de los cuatro balcones

En Eva y Rosa se dibujan sendos mohines entre el tintineo de las copas. Alex, sentada sobre una pierna, y con la otra, larga, negra, estirada y desnuda, me observa desde el amplio sillón con una expresión inescrutable antes de preguntar a qué me refiero.

Y yo respondo:

Quiero decir que con lo mal que está todo no sé yo si esa amiga vuestra podrá contratar un payaso para que anime la fiesta de cumpleaños.

Risas. Eva es la primera en responder.

Pues claro que podrá. Qué gracioso eres.

Alex me alcanza la copa para que pruebe su bebida, que es más suave, y luego me dice:

Qué sentido tiene que huyas de la realidad, si aprovechas cualquier excusa para hablar de ella.

Mi perplejidad dura lo que tardo en echar otro trago. No sé qué tendrán estos combinados, pero de pronto se me hace cuesta arriba replicar. Qué más da.

Tardo unas horas en recordar esa conversación. Las paso entre sábanas, dormido o sin dormir. Querría poder contar algo emocionante, como que desperté colgado de los brazos y que ellas, convertidas en malvadas vampiras, me tenían preso para chuparme poco a poco la sangre. Sería como en esas historias que ahora están tan de moda, sólo que sin tanto adolescente.

Me levanto y me cruzo en el salón con Alex, que descansa el cuerpo en el respaldo de una silla y me observa mientras repaso la pared gris con la mirada, en busca del corredor que conduce al trastero, el mismo que lleva a la puerta que me advirtió que no debía abrir porque no conduce a nada.

¿Qué buscas?, me pregunta sin preámbulos.

Estaba aquí, pero no lo encuentro.

Antes te hice una pregunta que no llegaste a responder.

Yo miro a mi alrededor. Intento poner en orden las ideas. No es fácil, pero inicio mi discurso con una breve referencia al pasado. A todo esto, ella me observa con los ojos muy abiertos. Son redondos. Llenos. Prosigo hablándole de que mi viaje no tiene nada que ver con huir de la realidad, sino con afrontarla. Ella cabecea. Asiente pero no dice nada. Le pregunto si tiene alguna deuda pendiente con alguien, pero no responde de inmediato.

O sea que no huyes, sino que te has propuesto afrontar la realidad, dice en voz baja, dudosa.

Quiero encontrar la manera de volverla del revés. De hallar los pasajes secretos y atravesarlos.

¿A eso se debe tu interés por esa puerta? ¿Crees que es uno de los pasajes que debes atravesar?

Le respondo que sí, que es posible.

Te dije que no debe abrirse porque no conduce a nada, pero seré franca contigo.

La miro de soslayo. Pensad que el salón sigue en penumbra. Imaginaos un cuarto decorado a la antigua, como muy cargado de cosas: Un espejo de pared, una alfombra, sillones y sofás. Hay incluso un piano que nadie toca. Ahora añadidle el humo que exhalaría un par de fumadores de puro con cada chupada. Pues bien, ahí estamos ella y yo de pie. La miro de soslayo, decía, y retrocedo un paso, o más bien echo el cuerpo hacia atrás.

Seré franca contigo (insiste). Debo serlo puesto que todo lo demás ha fallado.

Cuando me dispongo a decir algo, ella me lo impide poniéndome el dedo en los labios.

Si atraviesas esa puerta morirás.

todo queda atrás

Las bicicletas. Los teléfonos. La timidez.

La puerta.

El reloj. ¿En qué momento me deshice de él? Lleva conmigo casi veinte años, y en los momentos de duda acerco la oreja a la esfera y compruebo que algo permanece inmutable.

Dicen que todo queda atrás cuando estamos a gusto. Incluso la hora. El día. La semana.

El mes.

tic

Por dentro la casa tiene una superficie mayor de lo que pensaba. A diario descubro una estancia nueva.

Ah, eso es porque de noche un regimiento de duendes la transforma de arriba abajo (¿bromea? Max al volver de la estación, adonde ha llevado a Ángel, que deserta so pretexto de volver con la familia).

Las niñas (así las llama él) ríen. ¿Cómo no?, puede que con el paso de las horas la escasa altura del humor de Max también me alcance a mí, y acabe sumando mi risa a la ellas.

Descubro toda clase de exquisiteces, pero digo que no a ciertas sustancias. Ante todo debo mantener el control, o la ilusión que proporciona.

Pero a la altura de la segunda (¿o la tercera?) de las noches que paso allí me dejo arrastrar por una apuesta: Rosa me desafía y yo acepto el guante porque tiene los brazos muy largos, tipo Gilda, y da gusto ver cómo los mueve de un lado a otro, mientras la voz hipnotizadora de Alex cuenta hasta diez para ver cuánto tardo en decir que sí.

¡Es tan complaciente!, exclama Andrea entre el coro de risas que nunca me cansa.

Alex entiende de cosas que me han gustado siempre. Le gusta contar historias. Cuando anochece nos reunimos ante la chimenea, Rosa y Eva se encargan de preparar una cena frugal regada por diversos licores. Los hay que se saborean antes de hincar siquiera el diente; licores para el durante, para el después y para el más tarde. Es increíble la cantidad que hay, tantos como…

«Tengo que irme» es la única constante que conocen mis labios.

Al menos hasta la noche, no sé muy bien cuál, en que al terminar la ronda de bebidas, después del «mañana tengo que irme», me veo acompañado en la cama, y sé que más allá del olor a especias que se desprende de la piel negra, perfumada, y de los ojos de ella que ven a través de mi sudor, en plena oscuridad, hubo otra mujer que fue la que me llevó a ese lugar.

O lo hicieron mis sueños. O lo que sepultó ese alud que es el olvido.

Me gustan los juegos, asegura Alex en otra ocasión, al acabar, cuando yo, en pleno duermevela, recorro la geografía confusa de lo que creí en el pasado que sería mi vida y en lo que se convertiría después; el trazado borroso de los proyectos y las fuerzas aplicadas a esto o aquello, para lograr objetivos que se perfilaban con mayor claridad.

Entonces recuerdo algo, no sé bien qué. Tal vez el tacto frío del tirador de una puerta, o el rostro de ella visto bajo una sábana. Me sonríe, triste, pero no sé por…

Alex impone su voz al crepitar de las llamas:

El río nos arrastró con fuerza. Por mucho que paleamos fuimos incapaces de alcanzar la orilla.

¿Y qué pasó?, pregunta, inocente, Rosa.

Sumido en pleno duermevela me parece oír risas procedentes del pasillo. O de otro dormitorio.

Atrás, al otro lado, más allá de una puerta que no conducía a ninguna parte he dejado un incendio. Cuando el norte está en todas partes y ninguna, ¿qué importa que el fuego consuma la esfera de la brújula?

tac

con voz de miel

puerta

No moriré a manos de un loco armado con una motosierra. Ángel tampoco. Max tiene uno de esos bronceados artificiales y asoma en el camino situado al otro lado de la verja. Se quita las gafas de plástico que usa para protegerse de la viruta y nos mira miope y con recelo, antes de esbozar una sonrisa.

Vista desde fuera la casa es imponente. La pintura de la fachada está algo desconchada, pero las cortinas vaporosas ondean en todos los balcones de la segunda planta a merced de la corriente; de vez en cuando golpea alguna de las puertas; un par de chimeneas asoma en lo alto, y el porche que da a la planta baja está bordeado de macetas altas y pimpollos a los flancos. En el porche hay hamacas, escoltadas por mesillas con revistas que el viento maltrata cuando no arrastra hasta la balaustres. El lugar desprende un fuerte olor a naturaleza, a campo húmedo, y en ese momento nos alcanza un aroma especiado procedente del interior. Nos informa el guía:

Andrea está en la cocina. Os quedáis a comer.

No es una pregunta, sino una afirmación. Después de pedalear toda la mañana, pasamos una hora bregando con el barro en busca de esa finca que supera con creces la descripción de mi amigo.

Será mejor que dejéis las bicis allí, continúa Max, que señala un apartado rincón del patio. Ya en el porche, miro a un lado y otro, y veo que Ángel le confía la mochila. Para mi sorpresa también le tiende el teléfono como el capitán que rinde la espada al patrón de un barco enemigo. Aunque estas costumbres me parecen impuestas, artificiales, cada cual es amo y señor de su casa, y no seré yo quien proteste por renunciar a todo ese lastre, de modo que vacío los bolsillos y lo meto todo en la bolsa de tamaño mini que Max se echa a la espalda.

Adelante, entrad. Yo iré a poner esto a buen recaudo.

Se vuelve en dirección a la caseta de la entrada. No me había fijado, pero acusa una leve cojera.

Ángel dice no acordarse bien de la distribución y camina inseguro hasta que llegamos a una cocina que haría las delicias de propios y extraños, exceptuándonos a los torpes, porque total, lo que es para hacernos un huevo frito, tanto da.

Ángel y Andrea se saludan como viejos amigos. La primera impresión que tengo es que hay dinero. Tendría que haberme dado cuenta antes incluso de franquear la verja. Quizá sea la despreocupación que deriva de la riqueza bien administrada. No hay excesos, ni mal gusto. Todo es tacto, simpatía, pura educación. Solemos llamarlos campechanos. Gente sencilla.

Andrea y Max no están solos. Los acompañan dos amigas de Andrea de cuando estudiaban en la universidad, Eva y Rosa, ambas mujeres atractivas que apenas habrán superado los treinta años. Da gusto tenerlas cerca porque siempre ríen o sonríen. Tras las presentaciones, cucharón en mano, Andrea confiesa:

Alex está arriba, tumbada. Le ha venido la regla. No creo que baje.

Pregunto dónde está el baño cuando se inicia la ronda de preguntas sobre asuntos laborales, parientes, amistades comunes, niños, planes de futuro. Andrea, que tiene el pelo rizado, rubio, alguna cana bien llevada y, en general, una belleza de libro de texto, me hace complejas indicaciones a las que no presto mucha atención, distraído por la claridad de sus ojos, por lo grandes que son y la perfecta simetría de su mirada.

Me pierdo tras dar cuatro o cinco pasos. Tal vez exagero. Me acerco a las ventanas. O no me sitúo al mirar afuera o las encuentro cubiertas por postigos. Al cabo doy con un pasillo, cuyo extremo opuesto ilumina una solitaria bombilla. Al fondo no hay más que una puerta doble que necesita una mano de pintura. Debe de dar al trastero.

Desde luego no es el baño, pienso con la mano en el tirador.

Un ruido a mi espalda. Más bien es la sensación de que algo se me acerca deprisa.

Me vuelvo. Ante mí se alza una mujer de piel morena y ojos negros. Pero muy negros.

Ahí no encontrarás el servicio, me dice Alex con voz de miel. Y continúa diciendo: Ésa es la única puerta que nadie debe abrir porque no conduce a nada.

un modo de entrar

La verja se alza unos tres metros. Tiene motivos florales forjados en hierro y la coronan flechas herrumbrosas que miran al cielo. Hubo un tiempo en que fue azul turquesa, pero ni cae la lluvia ni sopla el viento en vano, y la pintura está descascarillada. La recubre una próspera enredadera.

Tiene que haber un modo de entrar. Lo que cuesta es encontrarlo.

Ángel se vuelve hacia mí con su disfraz de ciclista de fin de semana y la frente sudorosa. A pesar de sus promesas mientras almorzamos en un pueblo costero, la casa de sus amigos no está a un tiro de piedra de la salida del paseo marítimo. Hay que atravesar la Nacional, eso para empezar, lo que no es problema porque hay túneles y escaleras que te permiten pasar por debajo.

Y como Ángel me propone visitarlos, nos convertimos en topos ataviados con paravientos de color chillón, pantalón culotte y ese casco que parece un orinal mal hecho. Me mira y me dice, como si hiciera falta:

Bueno, ya hemos llegado.

El túnel que pasa bajo la carretera no nos plantea mayores problemas. Salimos al pueblo, que luego recorremos de mar a montaña: Calles y calles estrechas donde a menudo es necesario apearse de la bici para no incordiar a los transeúntes. Somos gente educada.

¿Sólo será un rato?, pregunto, insisto, a Ángel, que no responde de lo mucho que se concentra en dar con la forma de llamar a la verja. Más allá el camino está bordeado de vegetación y serpentea hacia la cima de la montaña.

de camino a la verja

Pasado el pueblo, subimos una interminable cuesta asfaltada hasta llegar a la iglesia. Allí, por suerte, encontramos una fuente. Es durante el alto cuando descubro que Ángel no sabe muy bien qué camino tomar.

Perro se pone a ladrar.

Por cierto que ya tiene nombre, pero ando enfadado con él y, antes de describir con pelos y señales cómo se lo ganó (puede que más adelante cuente esa historia, si se me pasa el cabreo), me limitaré a decir que no le cae bien Ángel. Cuando no le gruñe, perro aprovecha la menor oportunidad para demostrarle que no valora su amistad; ni la busca, ni la pretende. El sentimiento es mutuo:

Y ahora vas y adoptas una mascota. ¿Qué será la próxima vez?, pregunta Ángel, que fuma al finalizar el almuerzo. Como está de espaldas no ve que perro levanta una pata y se orina, con una mueca que recuerda la sonrisa torcida de un chucho de dibujos animados, en las llantas de una bicicleta de montaña hecha de materiales más adecuados para quienes practican de verdad el ciclismo.

Pienso en todo ello mucho antes de llegar a la verja, cuando recorremos el camino que ha escogido Ángel hasta que el barro nos llega a veces al tobillo. No hay más remedio que apearse de la bici y continuar a pie.

Tal vez los ladridos de perro en la iglesia sean su forma de advertirnos que tomamos el sendero equivocado. Pero resulta que no: al cabo de una hora larga alcanzamos, agotados, la dichosa verja.

Ángel busca aún la forma de llamar, y yo paseo la vista a mi alrededor, aguzando la mirada.

El pointer no asoma el hocico por ninguna parte. Debe de haber ido a buscarse otro compañero de viaje al pie del puente de piedra. La intuición me dice que ese puente es especial, y que no sólo por el hecho de ser lo que es (un puente) simboliza el paso a otro… Ángel me distrae dándole una patada a la verja. Y yo miro y miro, pero no encuentro a perro.

Una motosierra sepulta el canto de los pájaros, el rumor del viento, de las hojas que mueve, así como el silencio ruidoso de los pensamientos.

libro II: el vientre de la ballena

… Porque nadie en su negro bajel pasa aquí sin que atienda
a esta voz que en dulzores de miel de los labios nos fluye.
Quien la escucha contento se va conociendo mil cosas …

libro II, en el vientre de la ballena

Odisea, de Homero