Archivo de la Categoría '1. Linde'

ni una hoja

…la orilla

la orilla

l a  o r i l l a

la orilla

El último trecho lo cubre a rastras. Es como si no pudiera mover las piernas, como si se hubiera quedado paralizada de cintura para abajo. No se vuelve para mirarme. Ni me pide ayuda. Tan sólo avanza, y en su lento progreso leo el afán que tiene de vivir.

Hemos superado la línea que dibujan los árboles y ni siquiera nuestros pasos se dejan oír en la playa de guijarro. Alguien le ha quitado el volumen a este lugar. Pruebo a gritar su nombre, pero no se oye nada. Nos hemos convertido en personajes de una película muda.

Vuelvo la vista. En el albor del bosque es una sacudida breve que pronto se abre paso a través de los últimos árboles. Ahí está, asomando la cabeza de la negrura verde, la serpiente que he conjurado en este segundo sueño. Parece salida de un bestiario de criaturas fabulosas. Cuando la vegetación cede ante su fuerza, reparo en las patas delanteras, que son las de un ciervo. Poco después la piel de reptil se funde con el pelaje manchado de un leopardo.

A la bestia le acompaña una multitud de ladridos que le salen de dentro. Eso despierta en mí el recuerdo de una lectura, un texto breve, unas líneas entreveradas en las hojas de una playa virgen, leídas al amparo de una sombrilla.

El miedo tiene la sorprendente capacidad de paralizarlo todo, y mientras la bestia se nos acerca siento como si algo me tirase hacia arriba del pescuezo, como si un par de dedos enormes me pellizcaran dispuestos a arrancarme al alma.

Lo sé. Piensas que en sueños así la impresión es tal que tu cuerpo hace que despiertes. El ritmo cardíaco se te acelera, o tu organismo segrega alguna sustancia que hace que abras los ojos. Pero no se trata de una pesadilla normal. Y en realidad eres tú el responsable de todo. Es decir, tú, y no yo, eres quien la ha llevado casi a rastras hasta esa orilla que antes no pudiste encontrar.

Tú eres quien se ha vuelto a mirar si os seguían. La línea de los árboles tiene un color verde oscuro, y de ella ha salido… Bueno, tú ya sabes qué es. Lo sabes porque lo leíste en esa playa, de niño, por mucho que al despertar no lo recuerdes. Se te acerca con su cuerpo a medio camino entre el leopardo y la serpiente. El sapo que lleva atrapado en la lengua bífida acaba engullido sin más, y en sus ojos no ves mayor maldad que la inmanente a la naturaleza.

Quieres mirarlas a ambas. La bestia. Tu amiga. No perder detalle. Pero no puedes porque, mientras retrocedes paso a paso, las manos crispadas en el aire, los brazos separados del cuerpo, tu mirada no puede abarcarlas. Por fin, cuando te das la vuelta, ella no está.

A tu lado, a cierta distancia, la bestia toma unos sorbos de agua en la orilla. Luego se vuelve hacia ti y te mira unos instantes. Te preguntarías si son los últimos de tu vida si no te hubieras convertido en algo que no has sido nunca: un trozo de carne sin voluntad.

Se vuelve en dirección al bosque, sacudiendo lo que se antoja una cola de león.

Casi es de noche cuando se sienta al pie de los árboles, medio vuelta hacia un lado. En la oscuridad sus ojos son negros abismos cegadores. Poco rato después, siglos tal vez, echa una última mirada mientras voltea la cola sobre el cuerpo, se incorpora, y, cuando crees que te ha llegado la hora, se da la vuelta y se adentra de nuevo en el bosque, la Bestia Distinta, la Bestia Aulladora, la Bestia Ladradora.

Poco a poco vuelves en sí. Como mínimo vuelves a ser algo que se te parece. Abres los ojos.

Despiertas creyéndote a salvo, hasta que recuerdas lo que dejaste en el camino.

Y cuando vuelvas no olvides que ahí en la orilla, la orilla vacía donde ni siquiera se distinguen sus huellas, las pisadas de ella, el rastro de tu amiga la escultora, cuando la bestia sorbió el agua del lago no se oyó un solo ruido.

No se movió ni una hoja.

fin del Libro I, en la linde del bosque

FIN del libro I: en la linde del bosque
libro II: el vientre de la ballena, 23 de mayo de 2010

asta de lanza

¿Un perro?

Esto lo pregunta mi madre, a quien le parece la mar de gracioso que me haya dado por meter un animal en casa.

Sabrás que no tienen botón de encendido y apagado, ¿verdad?

La conversación —mejor dicho, el monólogo— prosigue unos minutos por estos derroteros, a pesar del esfuerzo que hago por averiguar qué tal está yendo el crucero. Todos los vientos le acompañan la voz porque sopla un auténtico vendaval donde ha atracado el transatlántico. La imagino con los codos en la regala, apuntalándose como puede la pamela mientras el daiquiri tiembla en la mesita de teca, junto a la hamaca de cubierta.

Nos lo estamos pasando tan bien que aún no nos hemos decidido a desembarcar. Tu padre anda por ahí, haciendo de detective…

Resulta que a mi progenitor lo ha reclutado un grupo de viajeros que se dedica a organizar jornadas de esos juegos raros en los que aparece alguien supuestamente asesinado y los participantes tienen que resolver el caso con la ayuda de uno enterado de qué va el asunto que hace las veces de moderador. Imagino que todo se resuelve como en las novelas de Agatha Christie, con los detectives reunidos en el salón, lugar donde exponen sus conclusiones ante los presentes. Todo muy civilizado.

¿Y qué piensas hacer con él?, inquiere después de confiarme su teoría de que el mayordomo es el asesino.

Cuando comento lo del perro todos me hacen esa pregunta. Qué poca fe tiene la gente. A ver cuándo se enteran de que nada, ni nadie, es lo que parece.

Me pregunta por Julia, mi hermana. Luego promete llamar pronto, aunque será en otro puerto. Antes de colgar me dice:

Ahí viene tu padre. Míralo, el muy gañán está en su salsa.

A mí me gustaría poder decir lo mismo. No he dejado de dormir mal por las noches. En sueños mi amiga la escultora me pide que la lleve de vuelta al lago. No duermo tan poco como para que se me escape el significado simbólico de todo esto. Detrás de nosotros, los ladridos, que suenan cada vez más fuerte.

Más cerca.

Sigo suspendido en ese momento en el que no me lanzo a hacer lo que debo por la sencilla razón de que parece una locura. Es el momento de la duda, que no tarda en resolverse, pero hasta que lo hace me planteo incluso la posibilidad de visitar a uno de esos médicos que toman notas mientras te escuchan y miran el reloj. Igual me recetaría algo que me hiciese dormir como una piedra.

Puestos a hacer un repaso de los elementos, tengo un primer sueño intenso (e interrumpido); una misteriosa fotografía de cuando era pequeño; las opiniones de algunos amigos cercanos: Berto, Ángel, Clara; un misterioso perfil dibujado en las baldosas del cuarto de baño de uno de ellos; el mapa donde figuran algunos lugares de esa geografía simbólica que ilustraba al texto sobre la aventura de la ventana, y, antes de que me decida a poner palabras al segundo y más intenso de los sueños, lo que haré pronto, muy pronto, el asta que…

poste de lanza (antes fue una simple barra)Sé que no he contado lo del asta. El motivo es que de todas las cosas que me empujan a, parece la más endeble. Además, cuando lo cuento yo no tiene la menor gracia porque me limito a decir que el clavo que aguantaba la barra de la cortina por uno de los extremos cedió, y la barra acabó apoyada en el rincón. Por lo menos lleva allí siete años. Clara sostiene que no es una barra, sino el poste (así lo llama ella) de la lanza con la que debo hostigar a la bestia cuando me la encuentre en mitad del laberinto. Dice que por algo sigo sin cortina.

Cuando lo hablo con Berto, lo veo encogerse de hombros como hizo el perro cuando pinché cerca del puente. Me da la espalda y le dedica unas caricias. El pointer me lo está poniendo todo perdido de pelos, resulta que sólo le gusta el jamón serrano y me paso medio día fuera con él, llevándolo de un lado a otro.

Vale. De acuerdo. En realidad es él quien me lleva a mí.

?errores¿

perro

Ojo. No es que no me gusten los perros (o los animales). El problema es que no sé muy bien qué hacer con ellos. La gente suele dedicarles gestos cariñosos. Debo de ser un desalmado (pensaréis). Quizá sí.

Pero yo no lo creo.

En mis historias siempre aparece un labrador de pelo negro. Es el homenaje que hago al de un amigo que ya se marchó a dondequiera que se retiren los perros buenos. Suelo ponerles Sombra por nombre, lo que también constituye un homenaje a ese animal concreto y a tantas otras cosas.

Pero retomo lo de que no sé muy bien qué hacer con ellos porque eso me lleva a la situación en que me veo inmerso.

He seguido el trazado de la costa abriendo caminos. Cuando el paseo marítimo se interrumpe, me desvío hacia el interior hasta regresar a la orilla. La operación no comporta mayores riesgos, pues conservo el mar a mi derecha. Si me adentro mucho sólo tengo que volver a él.

Hay un momento en que el granito es una certeza a lo lejos, bajo la nube gris que lo envuelve. Asoma algún edificio significativo, pero todo eso ha quedado muy atrás.

Sigo la costa cuando veo un perro a unas siete pedaladas de distancia. Surge tras las piedras que bordean el camino que separa la arena del paseo. Estira mucho el cuello y me mira. Es como si me estuviera esperando. Al pasar de largo junto a él le sonrío y vuelvo a concentrarme en el recorrido.

Es posible que no me sienta digno de tener perro («evitar» es algo muy propio de mi familia: mi padre rehuye los ascensores, y mi madre nunca ha puesto el pie en una bolera porque la sola idea de calzar los zapatos de otro la enerva); pero hay más cosas: por un lado he cometido ya el error de escribir la palabra «tener», como si fuera algo mío, y también odio con todas mis fuerzas la palabra «mascota».

Puede que sea pura cobardía. El labrador de mi amigo murió en sus brazos. A mí se me partiría el corazón. No soy lo bastante fuerte, y en la vida ya sufrimos bastantes pérdidas.

Desciendo a rueda libre por la pendiente de tierra que me lleva al acceso lateral del puerto deportivo cuando reparo en que me está siguiendo. No llevo mucha velocidad, así que aprieto un poco. No es que quiera huir de él…

O tal vez sí.

Recupero el paseo y encuentro al perro en lo alto del camino. Una vez en puerto siempre voy por abajo, junto a las fachadas de los restaurantes, pero el camino más rápido es el del aparcamiento, así que él ha tomado un atajo.

Pasa una hora y seguimos juntos. No me siento un intruso a estas alturas del año en la playa nudista porque no se ve un alma. Sentado en la arena, con la bicicleta apoyada en la enorme roca, estoy frente al mar, que hoy es un espejo. Las nubes avanzan sobre la costa.

El collar no revela ninguna información. Revuelvo la mochila y pregunto:

¿Quieres una mandarina… perro?

Diablos. Ya he cometido el error de hablarle.

pie del puente

Más adelante, pasados tres o cuatro pueblos costeros, encuentro un puente de piedra que no recuerdo haber visto ahí. Tiene la piel cubierta de esa vegetación empeñada en echar raíces en rincones insospechados.

Me acerco entre los fuertes ladridos del perro. Me doy la vuelta para ver qué le pasa. Entonces pincho. Vaya si pincho. Pero de verdad. Un pinchazo de libro de texto.

El silbido del aire da paso a los tacos de rigor. No llevo ni parches ni cámara de repuesto. Sí, lo sé. Las aventuras comportan riesgos, y ésta la he emprendido con la despreocupación de un insensato. Le digo al perro:

Ya me contarás tú cómo coño vuelvo a casa.

Él me mira con la cabeza ladeada y la lengua fuera. Luego hace como que bosteza. Después, palabra de honor…

Después vuelve fugaz la vista atrás, en dirección al granito, y cuando me encara de nuevo hace un gesto inconfundible.

Inequívoco.

Se encoge de hombros.

a rueda libre

rueda delantera glatissantSentado con los pies en la mesa, la vista en lo alto. Entra tal luz que distingo la negritud intermitente que bordea el punto de encuentro entre el techo y las paredes necesitadas de pintura.

Hoy no me gusta nada mi vida. Lo que hay fuera, lo que existe más allá de esta barrera, es un silencio que se convierte de pronto en el gemido espectral que corre de noche en un puerto, la certeza de una aventura irresistible.

El exterior es una promesa de puro diamante.

Tentadora, juguetona, una textura de ala de mariposa permanece suspendida entre el televisor y el mueble que le sirve de sostén. El tono pardo de la madera se aclara y me zambullo en la plenitud irisada. La vida ya no parece tan mala. Es en la luz inmensa que renazco.

Emprender la huida. Franquear, atravesar, salir. Y cuando la trayectoria que traza el agua de la fuente me hace de cataviento sé que estoy a punto de abandonar los límites que me impone este granito. A partir de ahora ya no debo atenerme a tanta norma. Son mis piernas que me sirven de impulso. La mente se vacía, sólo existen el siguiente obstáculo, el cálculo constante de las distancias que separan a los cuerpos. A mi derecha ruge el mar, rompe el mar, se rebulle el mar, y yo vuelvo a donde debo, a su lado. No en el mar, sino cerca. Próximo de su luz, que refleja, de sus colores, que irradia. Cerca de su promesa que es tumba, de lo bueno y de lo malo. De la vez que chapaleé en su orilla de lágrimas primeras, y también de las risas: los juegos en el mar. Con ella. Cuando no sólo el agua era salada, también lo era su piel.

Es en la superficie del mar, en el guiño fugaz del millar de flashes que la recorren como al inicio de un encuentro deportivo, que entreveo la sonrisa de ella, hurtada por el paso del tiempo, ya disfrazada la memoria de mentira.

Es en el viento, en la inercia del pedaleo, en la atención que presto al siguiente obstáculo, que hallo por fin el silencio anhelado. El vaivén me ha revuelto el pelo, tengo tal cara de velocidad que se me han afilado los rasgos (no, la nariz no), y a estas alturas ya visto manga corta. Estoy en tensión cuando afronto el descenso. Preveo barro, los charcos de otras lluvias, pero qué importa. Ganaré impulso y descenderé a rueda libre. Cuando superas los treinta y largos cualquier cosa se convierte en una herida de guerra: las manchas, los roces, la piel que levanta una caída, la abrasión del terreno y las cicatrices que no desaparecerán, todas preferibles a otras heridas más hondas que no se curan por mucho que vivas subido al sillín. Pedaleando.

detalle bici glatissantLa bicicleta no es mía. Es un préstamo de Berto. Me confiesa tras un incómodo silencio que no está muy seguro de que le haya puesto al corriente de todo. Tal vez el vino tenga la culpa de que me sincere con él, a pesar del temor de decepcionar a Clara (perdóname).

¿Tiene que ver con ella? (pregunta Berto) ¿En el sueño la acompañas al lago?

Más bien la arrastro.

Respondo en voz tan baja que apenas me oye. Berto, amigo mío, ese corcel tuyo de aluminio me ha cambiado la vida. Quiero que lo sepas si es que tus letras te dejan ver las palabras. Cuando estoy a disgusto con lo que me rodea me aprieto como puedo la armadura y marcho sobre dos ruedas. Voy solo, dispuesto a guardar cualquier puente porque busco riña. El sol danza en el metal, y cuando cae la noche me aplico piedra pómez en los callos de la mano. A mi vuelta soy otro: bronceado, más rubio, un milímetro más delgado, medio centímetro más alto de lo que me engallo. Un jodido dios dorado que debe los andares de vaquero al incómodo sillín.

Primero a la derecha, después a la izquierda con un viento que ha mudado la piel, está la mar que ruge, y que rompe y que se rebulle, y que muere en tierra pero renace al apartarse, blanca, de ella. Sé que tendría que haberla olvidado. Pero siempre vuelve a esta orilla.

¿Cómo desterrar lo que has amado?

pliegues entre aguas

Nos hemos regalado sendos filetones en nuestro Día del solomillo, jornada no apta para vegetarianos con la que celebramos la llegada de la cuaresma. Clara ha preferido quedarse en su casa, cuidando de los niños; del grande, y también del otro, el pequeño.

Tal vez el baño del piso de mi amigo Berto (a mí me gusta la palabra «escusado») sea el rincón menos agradable. Estoy sentado en el retrete a instancias suyas, conste: Ni se te ocurra hacerlo de pie porque hoy he fregado, me ha advertido como si coger la fregona fuera algo que no hiciese con la deseada regularidad.

Mientras repaso con la mirada las feas aguas que surcan las baldosas del suelo, deseando ver en el perfil que me ha señalado Berto cualquier otra cosa —por ejemplo una jirafa, o un elefante («no todos los días aparece un elefante en nuestras vidas», afirma Saramago)—, dirijo hacia otro lugar la poca sangre que no ha decidido abandonar el cerebro rumbo al estómago y su digestión.

Nos conocimos en Grrr (http://www NULL.grrr NULL.ws/filosofia NULL.php), un colectivo de grafistas de marcado carácter iconoclasta que, con el tiempo, ha ido convirtiéndose en otra cosa, no necesariamente mejor o peor. Aunque es tipógrafo, para ganarse la vida diseña desde catálogos de tornillos hasta lo que los anglosajones llaman stationery. Es un tipo alto, grande como un oso, que iba para ala pívot hasta que una fractura de tobillo lo apartó de la cancha cuando casi había metido una de sus enormes zarpas en lo que él denomina, con cierta amargura, siempre con voz queda, las «ligas mayores». Tiene el cabello negro, crespo, y la pereza le impide afeitarse más de una vez por semana, de modo que lo habitual es verle rasposa la cara de pan, donde destacan los ojos, perpetuamente agrandados por el asombro que le producen el mundo y sus cosas.

Berto es de esa gente a la que encorva su propia altura, y siempre anda por ahí con la bolsa de mensajero a cuestas, el ordenador portátil dentro, haciendo fotografías de paredes donde la lluvia, la acción del hombre y un sinfín de carteles superpuestos han dado pie a «texturas bizarras» que aprovechar en futuros proyectos.

Con media botella de vino en el estómago, todo lo que le cuento no le causa el asombro necesario para evitar que la modorra le entorne los ojos. Sentado en el sofá, es un Nerón moderno que ha olvidado momentáneamente las ganas de prender fuego a una ciudad, la nuestra, que cada día que pasa nos resulta más ajena. De pronto parece espabilarlo el borboteo de la cafetera.

Al volver de la cocina se dispone a darme su opinión acerca del primer sueño, cuando recuerdo el extraño perfil que he visto dibujado en el cuarto de baño.

Antes de entrar allí, justo antes de recordarme que ese día ha fregado, Berto apoya la mano en mi hombro y, en tono de confidencia, más encorvado de lo habitual, me dice mientras enciende la luz y señala los pliegues que forman las aguas:

Mira, es Merlín visto de perfil.

perfil de Merlín

hic sunt dracones

Al cabo de tres noches sucede otra de esas cosas que me empujan a. Se trata de una advertencia, una demostración de lo que me depara el camino.

Sopla un fuerte viento que zarandea el toldo del balcón. Se me ha hecho tarde y ya no tengo ni fuerzas para leer en la cama. Me caigo de sueño.

Vuelvo al salón con el cepillo de dientes en la boca. Allí me dedico a cambiar de canal, hasta que encuentro la escena de una película en la que un pobre caballero tiene que devolver la espada al lago porque se lo ha pedido su rey, que agoniza en un mar de sangre que a mí me sabe a menta. Es el ocaso, pero el caballero, de cuya lealtad no duda nadie, se resiste a obedecer. Alberga la esperanza de que si desobedece el monarca se repondrá y las cosas volverán a ser como en el mejor de los tiempos. Esa espada, ese trozo de hierro, simboliza algo.

El rey insiste en que debe desprenderse de ella. Pero el caballero duda.

De pronto estalla un ruido de mil demonios. Cristales rotos, y no es como en las películas, sino mucho más fuerte. Procede del dormitorio. Es tarde, el estruendo es tal que parece que se haya derrumbado toda la pared.

La hoja móvil de la ventana de guillotina ha podido con los topes que la sujetaban y se ha precipitado al vacío sobre su eje hasta golpear la otra, la fija. La fuerza del impacto ha roto el vidrio. Aún hay restos en el marco, pero la mayoría ha ido a caer sobre la cabecera de la cama. Cristales, algunos pequeños, otros grandes, dentados, cortantes, ahí, en el lugar donde debía estar mi cabeza. Es la duda de un personaje de ficción lo que me ha salvado la vida.

mapa glatissantClara llama para interesarse por mí. Respondo que estoy perfectamente, pero ella no me cree. Pregunta qué me han dicho los otros. Resopla cuando le cuento lo de Ángel. La comida con él, y la frase que encuentro pintada al poco de salir de su casa, me mueven en otra dirección. Aún no estoy convencido, y prefiero esperar a que el sueño deje de repetirse, porque no deja de hacerlo: Cada noche acabo arrastrando a mi amiga la escultora hacia un lugar que ya no puedo encontrar, mientras los ladridos suenan cada vez más cerca. Dibujo un trazado del territorio qué conozco. ¿Qué habrá más allá? ¿Otras ventanas mortíferas? ¿Los dragones de cuya presencia advertían los mapas antiguos? ¿Cuántas trampas me aguardan?

Si logro dormir del tirón, sin correr en sueños a ningún lado, quizá pueda pensar con claridad.

Clara me recuerda que aún tengo pendiente recabar una opinión.

Es irónico que los argumentos racionales de Ángel carezcan de solidez, pero el amigo que se empeña en disuadirte de soñar no te quiere bien. Debe creer que dar consejos es fácil, y lo es excepto cuando duelen, porque entonces se paga un precio. Con nosotros mismos. Con los demás. Ni siquiera llegamos a imaginar lo que cuestan las palabras.

Hay noches en que despierto bañado en sudor, convencido de haberme adentrado en el bosque sin darme cuenta, seguro de haber logrado atravesar la frontera que separa ambos mundos. Puede que sea más fácil de lo que nadie imagina.

Quizá me equivoque.

Es en la duda que gotean los días.

bosques son laberintos

en mitad…A Clara sólo le he hablado del bosque. No he compartido con ella todo lo demás, de modo que su información es muy parcial, incompleta. No es que no quiera contarlo, pero me cuesta pensar que sea posible extraer una conclusión; considerarlo de manera científica, lógica, pensar que pueda reducirlo a una serie de elementos cuya relación mutua dé un resultado concreto.

Es confuso, como todos los sueños, y como todos los sueños está poblado por daimones.

Mi visita se produce al cabo de un par de días. Le hablo del bosque y la persecución, de la angustia y de los ladridos, pero omito el resto: lo que sucedió antes de buscar la orilla, y también lo que pasó después. Clara ha estado tomando notas. Por último, dice:

Intuyo la necesidad de un cambio, es como si te empujaras a ti mismo a deconstruir aquello en lo que te has convertido. En latín persona es el disfraz, la máscara, y no lo que entendemos ahora. La tuya sufre un asedio, se siente acosada.

Clara guarda silencio unos instantes. Pestañea y, antes de continuar, se muerde el labio, pensativa:

Pero para ello debes aceptar el desafío que te propones. Tu bosque es un laberinto, y no sólo tienes que dar con la entrada, sino tomar parte en el juego que te ha planteado tu propio subconsciente. Seguir el recorrido, buscar quizá el hilo que te lleve a la salida.

La miro con poca fe. Hay algo en mi cara que la empuja a ponerse a la defensiva. Lo noto por la postura que adopta. Pregunto:

¿Es como si me estuviera tendiendo una trampa a mí mismo?

No me pongas esa cara de vinagre: Eres tú quien busca ese cambio. Qué gracia que utilices la palabra «trampa». No sería la primera vez. ¡No, no! (se apresura a

la bestia aulladora

añadir al verme entre enfadado y confundido). No lo digo por ti. Me refiero a que eso, tendernos trampas, es algo que todos hacemos a menudo.

A su lado el bebé se pone a llorar, y no hay manera de conversar hasta que se calma al cabo de unos minutos, momento que aprovecho para decir:

La idea de adentrarme en ese bosque, siempre y cuando sea capaz de dar con él, no me seduce nada. ¿Qué pasa si no hago caso?

Clara ríe. Me gusta verla feliz.

Si haces como que esto no va contigo, quizá el sueño se vuelva más intenso. Si finges no oír esa voz apremiante, se repetirá. Hay quienes son capaces de gritar el nombre de quien duerme al lado para que los despierte de una pesadilla.

Y añade:

Pero no debes tomarlo en sentido literal. Me refiero a que no debes buscar un bosque y meterte en él. Insisto: el bosque es la representación simbólica de tu subconsciente.

Clara, a mí todo esto me suena a palabrería barata.

Suena el teléfono y atiende la llamada. Por suerte para mí, el timbre ha estrangulado la última palabra. Cuando cuelga, me mira muy seria, y dice:

Conque palabrería, ¿eh? Te haré una propuesta: Háblalo con los demás. Pregúntales qué opinan.

Con la chaqueta puesta, me cuelgo la bolsa a la espalda. Clara apoya la mano en mi hombro y me da un beso en la mejilla. Hay en su mirada algo indescifrable. Me cruza por la mente la sensación (¿el temor?) de que se despide de mí.

Y por último, mientras abre la puerta, me dice:

Sabes qué aguarda en mitad del laberinto, ¿verdad?

…del laberinto

verde agua

No sé qué hacemos ahí, pero es bonito estar con ella. Otra vez. Cuando me alcanza el mal olor del agua estancada me arrimo a su cabello. Me gusta cuando deja ese olor en la almohada. Cuando se marcha duermo abrazado a ella,

y es su olor lo que me envuelve los sueños.

alfa El agua tiene el color del amor. Echa la vista atrás y me invita a dar un paseo. Cogidos de la mano, a veces me adelanto y la ayudo a saltar un obstáculo, pero no porque sea débil: Una vez me salvó la vida después de bajar una pendiente que de pronto se volvió muy pronunciada; me bastó con verla tan dispuesta a ayudar para comprender que no era para tanto. Y entonces

subí hasta donde estaba ella y de nuevo me puse en pie.

Cuando dejamos atrás el lago penetramos en la espesura de un bosque que lo es todo. Al principio no es tan denso como para que las copas de los árboles enfríen el ambiente. Paramos un rato y nos sentamos a descansar, pero se levanta el aire y ella me dice:

Volvamos. Allí hay más luz.

Después de mucho andar no logramos dar con la orilla que baña el agua, ni con el fondo que es verde y opaco, un fondo opaco del que nada distinguiríamos si estuviéramos allí.

Entonces la luz bosteza. Somnolienta.

Atardece.

Me asalta el pensamiento de que nuestro extravío debe de ser como el amor. Si por algo se caracteriza es por ser frágil. Su sustento lo es, lo son los hilos que se parten sin hacer ruido, y lo son los recuerdos que lo envuelven. Todas esas personas que olvidan. Todas esas personas que olvidas. Y los olores y las cosas. Los besos robados. Los otros. Los dados.

Los besos que te dieron. Los que te robaron.

Hay un punto en la distancia donde el agua titila tras los arbustos y las cañas. Más allá del viento que nos hiere entre las hojas y la copas de los árboles, cada vez más espesas, el sol apenas nos consuela del frío. Mi amiga la escultora ha moldeado formas hermosas; ha cortado la madera con toda clase de sierras; ha limado superficies con paciencia y tesón. Ha creado en su vida muchas cosas con las manos, y ahora las tiene cubiertas de arañazos.

Tropieza y cae. La bruma nos envuelve cuando la alcanzo. No sé por qué me he separado de ella. Me dice:

Ayúdame a llegar.

omegaMe rodea los hombros con el brazo y apoya parte del peso en mí. Doy por sentado que se ha hecho daño al caer, pero no pregunto. El tobillo, supongo. No lo sé. Nuestra andadura pierde fuerzas mientras me pregunto adónde se supone que vamos. Tengo que concentrarme y recordar. Recordar, sin ir más lejos, qué hacemos ahí.

Personas que olvidan. Personas que olvidas.

Pero los ladridos no ayudan. Cada vez están más cerca. Ensordecedores. Crispa la mano en mi hombro y se vuelve hacia mí con un ruego en la voz:

La orilla.

Seguimos adelante mientras susurra una y otra vez lo mismo, pero por mucho que insiste no sé en qué dirección está

l a  o r i l l a

la orilla

la orilla…

pedid lo imposible

Está claro que todo suma. Todo contribuye a. Lo de la ventana; lo del asta que descansa apoyada en un rincón del salón. Muchas otras cosas. El rostro de Merlín (sin ir más lejos); el inquietante sueño (yendo lejos, o más bien yendo hondo), y, por último quizá, el otro sueño, si cabe más inquietante (y por supuesto mucho más lejano, o más bien mucho más hondo).

Me refiero al sueño que todo lo define porque cambia las cosas hasta el punto de que nada vuelve a ser igual. A ese sueño. Pero es después del primero que busco ayuda en la opinión de quienes me rodean, como Ángel, por ejemplo:

Eso era lo que hacías de pequeño, soñar. Y sigues igual. ¿No crees que ya va siendo hora?

La vida lo ha ido tratando con justicia, mientras él tenía el juicio necesario para respetar las normas, reconocía qué caminos debía tomar, y, por qué no decirlo, la suerte lo acompañaba durante el recorrido. Las personas como Ángel sustentan su existencia en pilares de bruma y viento (como hacemos todos), pero han obtenido la recompensa del éxito. Su mayor engaño consiste en el convencimiento de que esfuerzo y tesón conducen al mismo lugar adonde ellos han llegado. Qué importará: al final todos sin excepción vamos pasando por la amoladera. Entonces se oye el agudo chirrido del metal sobre la piedra.

Y no es bonito.

Tienes que ser realista (insiste mi anfitrión). Con los años te va a resultar más difícil poner los pies en el suelo.

Ángel tiene varios críos y trabaja incansablemente. Sara pasa mucho tiempo fuera, de modo que una chica que no es de aquí se encarga de los niños casi todo el día. Cuando los lleva al colegio, o de vuelta a casa, tira de ellos como quien hace volar un manojo de cometas.

Saboreo el estofado. No tengo gran cosa que decir después de que hayamos hablado de su trabajo, de su familia y sus hijos. Aprendí a no hablar mucho cuando caí en la cuenta de que siempre, invariablemente, me escuchaba con mirada vidriosa. La educación lo empuja a preguntar, pero hay un punto, al inicio de cada respuesta, en el que evade la conciencia a un lugar que nadie vislumbra.

Nos despedimos con eternas promesas de quedar algún fin de semana. Antes de cerrarme una puerta que por lo menos alcanza los dos metros y medio de altura, me repite:

Ah… Y sé realista.

De camino a casa no me pregunto por qué lo aprecio —el amor no tiene por qué ser recíproco—, pero sí por qué insiste en hacer algo (quedar con nosotros tres) que a todas luces parece suponerle un esfuerzo. Hace tiempo que dejó de entristecernos la distancia. Con el paso de los años a todos se nos escurren muchas cosas entre los dedos. O se quedan donde estaban. Tan malo parece lo uno como lo otro cuando es otra cosa lo que tendría que suceder. No sé muy bien qué. Después de todo, es muy posible que esto sea lo que la gente considera normal.

A pesar de que es invierno y no tardará en anochecer, vuelvo a casa andando. En la valla de un local encuentro la respuesta a los ángeles que revolotean en torno a quienes no tememos ver en el prójimo la prueba fehaciente de nuestras propias carencias.

Y los ángeles nos miran con ojos de vidrio y hacen oídos sordos.

sed realistas

lo que falta

Ante la disyuntiva de escoger entre caminos, uno fácil, el otro difícil, tomé el difícil porque el otro podía recorrerlo cualquiera. Ése soy yo. De los que nunca toman el camino fácil.

Lo aprendí de mi padre, que jamás ha escogido el camino fácil. Tampoco toma ascensores. A menos que se esté impedido para andar, dice, un hombre jamás debería permitirse el lujo de tomar un ascensor. Mi madre no es tan radical en este aspecto. Ha dedicado la vida al canto (principalmente lieds, pero también ha formado parte de grupos corales y cosas así).

En el momento de escribir esto ambos están de crucero. No un crucero vulgar, de esos que haces cuando te retiras. Es un viaje especial que les ha regalado el Gobierno porque se lo han ganado. Han planeado bajarse en alguno de los lugares donde hagan escala y no volver a subir a bordo. Eso me lo cuentan durante la cena. Se ríen. Vaya si se ríen. Mi padre dice que dejarse llevar por ahí de un lado a otro es lo que hacen los demás —en esto no puede negarse cierta coherencia con la opinión que le merecen los ascensores—. Mi madre no está muy convencida, pero ha accedido a cambio de ser ella quien escoja el lugar del desembarco. Mis padres son míticos. Esos son mis padres. De los que nunca toman el camino fácil.

Con los postres hablamos de Julia, mi hermana, que no ha podido venir porque tiene guardia en el hospital. Luego, puesta la cafetera al fuego, me preparo para aguantar la monserga del viaje. El vamos a hacer esto y aquello. Pero no: Se ponen ambos muy serios y me entregan una caja de zapatos, de cuyo interior asoma un montón de fotografías de cuando éramos pequeños.

Tenías razón. (Esto lo dice mi padre, que se coge de manos sobre la mesa y me parece inquieto.) La encontramos, pero el muñeco…

No era un muñeco. (Mi madre lo interrumpe porque es de esas personas que no pueden convivir con la palabra incorrecta.) Era un peluche o algo parecido.

Rebusco en la caja. Es de las primeras. Hace unos días les pedí mis fotos de pequeño, y ya entonces les adelanté que no encontraría exactamente lo que buscaba. Todo viene a raíz de ese cúmulo de cosas que me han ido sucediendo, pero sobre todo debido al primero de los sueños (en el momento de celebrarse esta cena aún ignoro que habrá un segundo sueño, mucho más profundo y estremecedor).

Miro a mis padres por el borde de la fotografía. Ellos a su vez no pierden detalle de mi reacción, sin comprender por qué esa imagen de cuando era niño es tan importante para mí.

No se trata de lo que hay en ella, sino de lo que falta.

el parque del terror

En la foto estamos Golfo y yo. Golfo era mi mascota guardiana. Con el tiempo se convirtió en un león, le cambié el nombre y no creo que lo encajara muy bien. Sé que cuidó de mí, tal como atestigua la imagen: clava sus ojos saltones en la figura situada a mi izquierda, parte de la silueta de la Bestia Aulladora convertida en ilusión fantasmagórica, ausente pero presente, desaparecida pero percibida. Ese niño que fui yo se aferra a la red del parque infantil con una fuerza que nace de la desesperación. Me pregunto si implora ayuda a quien lo mira al otro lado de la lente. Más allá de la superficie del papel fotográfico.

Tampoco era precisamente un peluche.

He recuperado cosas que había olvidado. Recuerdo que se hacía un hondo silencio cuando mi madre me dejaba a solas a la hora del desayuno y la bestia, después de comerse las galletas, se bebía la leche. También recuerdo su olor a tierra húmeda, el tacto gélido de la piel escamosa que le surcaba el cuello de sierpe. Le acompañaban a todas partes los ladridos, que parecían salirle de dentro, ladridos como de dos veces treinta perros. El torso manchado, como la piel de un leopardo. Los ojos crueles, capaces de infundir desaliento en los corazones limpios como el mío. ¿En qué agujero profundo se habrá ocultado mi memoria de esa época?

Ésa fue la primera vez que Glatissant, la fabulosa Bestia Aulladora, se cruzó en mi camino. Y si mi empresa tiene éxito, no será la última.