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antes de la palabra

A lo largo de buena parte de mi vida adulta he percibido señales de lo que se extiende más allá. Los signos de la aventura. Rumores de las hojas que visten ese bosque viejo que desprende un olor intenso. A veces nos llega estando cómodamente sentados en un lugar que no podría ser más ajeno a lo irreal: la butaca del comedor; el asiento de un tren; un banco que mira al río, o la superficie blanca de la pantalla de un ordenador. No hay nada irreal y todo lo es, siempre y cuando se esté dispuesto a mirar con los ojos adecuados.

Antes de comenzar a explicar por qué decidí adentrarme en el bosque debo hacer algunas advertencias al lector. Nada de lo que aquí se cuenta es estrictamente cierto, pero tampoco se trata de una mentira. A veces las cosas se disfrazan porque resultan anodinas, otras precisamente por todo lo contrario. Quienes me conocen un poco saben que la débil frontera que separa lo que entendemos por realidad de lo que entendemos por ficción constituye uno de mis temas predilectos. Quede aquí constancia de esta declaración de intenciones, para que pueda referirme a ella cuando las entradas de este diario se acumulen y estas palabras queden enterradas por el olvido.

No sé cuánto tiempo tardaré en explicar la historia de mi búsqueda, lo que me llevó a embarcarme en ella, lo que supone para mí y las cosas que voy descubriendo durante mi viaje. Me encantaría que estos textos dejasen a quien los lea con la duda del qué sucederá, que tendieran puentes a otros parajes, y que estas distracciones me permitiesen (como si fuera un hábil prestidigitador) distraerlo, cuando no hacerlo bostezar antes de despertarlo con un golpe de efecto inesperado. Asombrarlo. Maravillarlo.

Y sin duda sería capaz de hacerlo si fuera un hábil prestidigitador. Otro hijo del diablo, como el famoso mago y adivino que asomará por aquí de vez en cuando. Pero sucede que eso me definiría con tanta torpeza como pueda hacerlo aquello a lo que me dedico profesionalmente. A mí sólo me define mi demanda.

La de dar caza a la bestia fabulosa.

y les respondió riendo:

Señores, os agradezco
que tanto os inquietéis por mí;
tal os pasa por vuestra nobleza y amor.
Sé que jamás me querríais desgracia,
pero tengo gran fe y creencia
en que Dios me protegerá de todo.
No temo ni este puente ni esta agua
más que esta tierra dura.
Quiero ponerme en la aventura
de atravesarlo.
Preferiría morir a regresar.

El caballero de la carreta, de Chrétien de Troyes
(vv. 3078-3090, tomado, en buena parte, de una traducción de Victoria Cirlot.)