Archivo de la Categoría '3. Bosque'

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todo su mundo

Nada más sacarlo del agua, el anciano le preguntó qué era lo que buscaba. Cuando vio que el joven no respondía (no dice gran cosa; no habla mucho: en realidad, nadie recuerda cuándo fue la última vez que habló) le dijo: «Alcánzame eso de ahí.» El joven miró a su alrededor con extravío, solo que estaba tragando agua y había en su expresión un extravío mayor del que sugiere esa palabra. Había urgencia. Miedo. Sus ojos eran como huevos agujereados. Cuando quiso obedecer se dibujaron los objetos a su alrededor, flotando.

—Recoge todo eso, anda. Yo te ayudo. —Y al ver la expresión perdida del joven, añadió—: Sé lo que estás pensando. Si no puedes librarte de las cosas intangibles, ¿cómo ibas a separarte de todo lo que puede tocarse?

filigrana hpyle

—Alcánzame eso de ahí —dice el anciano, agachado ante la leña.

El joven mira en derredor con cara de pasmo, como si no supiera qué le piden. Hay una tina agujereada, tres o cuatro baldes mal apilados, odres vacíos, una carretilla, tierra y guijarros en el suelo. Herramientas. No entra mucha luz en el cobertizo porque afuera el sol es una circunferencia blanca tras la capa de nubes.

Una salamandra se escurre entre las rocas que bordean el huerto.

—El azadón, muchacho, el azadón.

Ah, y apesta a pescado.

Todo su mundo apesta a pescado.

libro III: el bosque salvaje

«Miras el montón de folios impresos y te dices que si ahora desaparecieras o renunciases, todo eso moriría ahí.»
Arturo Pérez-Reverte

mapa de las constelaciones

En esta era salvaje, un puñado de jinetes cruza el prado para adentrarse en un bosque que se conoce por el nombre de Perdido. Pero en el interior hay tan poca luz que al cabo dejan de oírse los cascos de los caballos y se impone una quietud que espanta al más valiente de los hombres. Acuden allí en busca de algo, puesto que jamás cabalgan sin motivo. Una aventura. Un desafío. Se cruzan con una dama hermosa, virgen inmaculada, a quien persigue un viejo sacerdote que adora a un dios de las antiguas creencias cuya existencia no recogen los pocos libros que se han escrito en esta era salvaje.

En este bosque perdido, el puñado de jinetes encuentra a otro viajero, un extraño que los contempla como si fueran la cosa más peculiar del mundo. No habla, ni tiene su aspecto, ni parece llegado de norte, sur, este u oeste.

He aquí el inicio de una historia, una de tantas, en esta era salvaje.

Y ahora juguemos a cambiar el orden de los elementos. En esta era perdida. En este bosque salvaje.