Archivo de la Categoría '3. Bosque'

su pupila de hiel

Anocheció tras cerrarse la puerta, a excepción de la promesa de una luz que flotaba en la distancia. Al frente se alzaban pilas de objetos sobre estantes de polvo, y a su alrededor todo eran telarañas que, a su vez, estaban envueltas por los sonidos de un desván.

Nos cuentan cosas, los sonidos. Algunas incluso las queremos escuchar.

Y preguntó la voz de ella a lo lejos:

¿Qué habré olvidado? ¿Qué le falta?

El recuerdo le devolvió el sonido débil de los pasos descalzos de la Forjadora, y el hombre zurdo avanzó por el camino más oscuro que había. Llevaba bien asido el objeto de metal, cuyo nombre había olvidado por completo. Pesaba.

A medida que fue acercándose, pensó que tanto peso se debía a que no le pertenecía. Se lo había arrebatado a la joven la vez anterior que estuvo allí, en el desván, cuando no oyó los sonidos que envolvían las telarañas que se extendían alrededor de las pilas de objetos que descansaban sobre estantes de polvo.

Sintió el impulso de devolvérselo, pero sin la guía del anciano pescador, el mismo que no sólo le había puesto nombre en dos ocasiones, sino que, además, le había confiado su secreto, no supo si obedecer a ese impulso sería bueno o malo.

Siguió andando. Dejó de pensar cuando la oscuridad se convirtió en todo y dar cada paso fue como un salto al vacío. Empezó a arrastrar los pies, pero reparó en el ruido que hacía.

Pensó que a nadie le conviene hacer ruido cuando tiene a la bestia detrás.

Y este extraño pensamiento cobró vida de pronto. Reparó en que no estaba a solas con la Forjadora en aquel lugar de objetos, polvo y negrura…

El ojoHabía también una respiración que helaba; y unos ojos que le miraban desde ángulos que era imposible describir en términos geométricos; un iris de muchos colores, todos ellos desconcertantes; una pupila de hiel. Una mueca que trascendía la crueldad de los animales más feroces.

No era violencia. No era maldad. Tal vez arrogancia: en el pliegue del mundo que hollaba la Bestia en ese momento, el hombre zurdo no suponía la menor amenaza. No era parte de ningún engranaje. Era como las pilas de objetos, las telarañas que los cubrían, los sonidos del desván.

Lo único que lo diferenciaba era que se movía. Y por eso, la Bestia le siguió.

El hombre zurdo echó a correr con la hiel de la pupila de la Bestia en la mente. Tropezó, trastabilló. Una vez se dio con fuerza por encima de ambas rodillas, su cuerpo se dobló por la cintura, cayó de cabeza al otro lado, y estuvo a punto de dislocarse el brazo derecho. Recuperó el objeto de metal. Pensó que debía de ser importante. Se oyó a lo lejos:

—Ah, ya sé qué le falta. Qué he olvidado.

El hombre zurdo siguió corriendo, cada vez más consciente de su proximidad.

no hay elección

—Hay en ella una parte de todas las mujeres que amamos —asegura el anciano pescador.

El hombre perdido sonríe. El fuego salta a veces en el reflejo cristalino de su mirada. Se pregunta por qué allí las respuestas nunca son claras.

Por qué todo es tan opaco.

—No recuerdo nada, así que no sé cómo eran las mujeres que amé.

El anciano pescador lo mira extrañado.

—Uno puede haberse perdido. Como tú. —Y deja la pregunta suspendida en el aire que huele a leña quemada—. Uno puede haber olvidado cosas. Incluso se puede estar muerto, pero ¿cómo olvidar a las mujeres que has amado? —Da una honda chupada a la pipa y expulsa una nube de humo blanco que, antes de dispersarse, no dibujada nada especial.

El hombre perdido se encoge de hombros.

—Me gustaría recordar. No quiero morirme sin recordarlo todo. Luego podré…

—Podrás… ¿qué? ¿Continuar tu camino?

El hombre perdido asiente cabizbajo.

—Acompáñame.

El anciano pescador se levanta de la orilla del fuego y toma la mano del hombre perdido. Caminan entre los juncos, luego recorren la hierba, pasan de largo los árboles en dirección a la cabaña. El viento juega con las ramas, pero apenas se oye un rumor. Una vez llegan ante la puerta del cobertizo, el anciano pescador dice:

—Dentro está oscuro, pero si quieres recordar no veo otro camino.

—Pero ella es…

—No tienes elección. Puedes seguir anclado en esta orilla. Aquí los días se suceden unos a otros sin apenas altibajos. A veces comes pescado, y otras te alimentas del recuerdo de cuando lo hiciste porque no tienes nada que llevarte al estómago. Pero puedes tomar el camino oscuro, y si perseveras es posible que encuentres respuestas.

El hombre perdido contempla la puerta que hace días cerró, presa del horror, cuando lo perseguía la Forjadora. Echa la vista atrás, a las aguas del río que le devuelve la mirada, inmutable en la distancia.

—No olvides esto —dice el anciano pescador, tendiéndole el pesado objeto de metal.

—¿Qué es?

—Tu escudo. Nadie que busque la verdad debería hacerlo sin uno.

El hombre perdido quiere darle las gracias, pero después de embrazar el escudo comprueba que no queda a su lado más que el vacío que ha dejado el anciano pescador.

Con la derecha embraza el escudo. Con la izquierda aferra el tirador de la puerta.

Acaba de descubrir algo sobre sí mismo.

—Adiós, hombre zurdo —oye en su cabeza—. Fuiste el joven extraviado, y luego el hombre perdido. Pero quienes buscan la verdad caminan hacia algún lado…

»Y por algún nombre hemos de conocerte.

todo es y vuelve al principio

el hombre perdido
Ya en la orilla, empapado, el hombre perdido descansa detrás de unos juncos. Más allá el agua esboza su sonrisa de diamante bajo la caricia de la luna. Oye pasos en la tierra, y las sandalias del anciano pescador se dibujan por el rabillo del ojo. No se vuelve hacia él. Piensa que si se hace el muerto tal vez deje de importunarlo, puede incluso que pierda aquella voz que lo sigue a todas partes.

—No puedes hacerte el muerto porque ya lo estás —insiste el anciano.

Se levanta una brisa pasajera que sacude los juncos. El agua susurra hacia la orilla, donde cantan los grillos. Los insectos se arrastran en la tierra, que exhala un suspiro. Mientras, el firmamento insiste en inundar el mundo de luz y de historias.

Pero el hombre perdido teme que…

—Temes que te cuente qué otras cosas se dibujan en ese cielo que no alcanzamos a ver. Te contentas con saber a qué obedece todo aquello que percibes, pero prefieres enterrar todo lo que te es desconocido.

El aroma de la hierba para pipa sigue los pasos de las palabras. Todo sucede en su momento. Ni una sola nota burla la marca del metrónomo.

—Dices que sacaron al hombre perdido del agua… Como un pescadito.

—Y así sucedió. Y así volverá a suceder.

—Fuiste tú quien lo rescató.

Aunque no mira al Anciano pescador, el hombre perdido oye el roce de la tela y sabe que asiente.

—Tal como hiciste conmigo.

—Tal como hice contigo.

Sigue un largo silencio.

—Entonces también tú formas parte de ese firmamento que no vemos.

—No exactamente.

—Tu brazo, entonces. El contorno de la barca de pesca. La red —aventura el hombre perdido, que contempla las estrellas.

—No figuro en el firmamento porque…

—¿Por qué?

—Porque fui yo quien puso ahí las estrellas.

Así fue cómo descubrió el hombre perdido que todo el cielo, el que vemos y el que no, era obra del anciano pescador. Memoria de las cosas vivas y recuerdo de las muertas, nunca se postró ante señor o villano.

Él es la prueba de que todo es y vuelve al principio.

constelaciones

—Ésa de ahí es la Cazadora. ¿Ves la lanza que empuña? —Señala—. Las estrellas más brillantes dan forman a la punta de acero blanco. Dicen que nació en el norte, antes de que asomara el sol por primera vez y la Corte Blanca comprendiera que eso suponía su final, que se fundirían los hielos, que su reino helado, con sus torres luminosas, desaparecería bajo las aguas y que la noche eterna que había marcado su existencia no sería más que un recuerdo. Con el hielo del septentrión se forjó la punta de la lanza, y por perecedero que sea supera con creces en fuerza al acero, tanto que no hace falta afilarlo y siempre encuentra su presa.

»Eso dicen.

»Luego tenemos las Tres hermanas, que crecen juntas y están unidas entre sí; el Foso, y el Hombre que marcha hacia atrás a la izquierda. ¿Las ves? Más allá, a tu espalda, la Amazona, la Valva con su perla. —Suelta una risilla repentina—. Ah, y desde aquí no pueden verse más que en invierno porque están en otro cielo, pero hay muchos otros motivos tejidos en el firmamento: El Lomo de la ballena; el Perro cazador, que lleva la lengua fuera y nunca abandona a quienquiera que escoja por amo; la Doncella descalza, cuyo cabello de oro infunde aliento a los hombres a quienes arrebata el corazón. Pero sigue recorriendo el cielo con la mirada, a la derecha ahora. Así. ¿Ves la Corona de hielo? La ciñen los monarcas por cuya alma soplan los vientos que recorren los páramos. Debajo están los Caballeros que los sirven, condenados a cabalgar cabizbajos hacia su perdición, abandonada toda esperanza. Y el Pez gordo, que boquea sentado en una modesta silla baja de madera.

—Háblame de esa otra parte del cielo que has mencionado —ruega el hombre perdido, a medio sumergir en el agua del lago, seguro de que todas aquellas palabras encuentran eco en su memoria de pez.

—¿Qué puedo contarte que no intuyas ya? Cualquiera es capaz de ver cosas en el cielo, pero no hay muchos capaces de afrontarlas.

»Sin ir más lejos ahí tienes al Hombre perdido. Durante un tiempo, después de morir, extravió la voz y la identidad. Camina por toda la eternidad en busca de algo, pero no sabe qué. Su mundo se redujo al tamaño de un pañuelo, y eso que ninguno supera el de una servilleta. Cuenta la leyenda que lo pescaron en el río una fría mañana…

»…Y que el hombre perdido se sacudió en la red, temblando como un pescadito.

un mundo de historias

el hombre perdido

El joven extraviado flota boca arriba en el agua. Es de noche. Sólo las hojas, las ramas y los árboles que mueve el viento rompen el silencio.

Sufre un sobresalto. No sabe cómo ha llegado allí.

Flota porque se hace el muerto. O porque lo está.

Le alcanza la voz del anciano pescador cada vez que el agua le sumerge las orejas, y, aunque en cierto modo ha huido para no escuchar, acaba oyendo las cosas que cuenta.

—No siempre estuvieron ahí. Las estrellas.

El joven extraviado flota en el agua, convencido de que la pausa se debe a que el anciano aspira el humo de la pipa antes de continuar. Y no se equivoca.

—Hubo un tiempo en que el mundo era un erial helado. No crecía la vegetación, ningún animal recorría los senderos que se abrirían con el transcurso de los años. Pero había gente. Vivían de la poesía y la música. Lo bello era su único sustento. No sólo hallaban consuelo en la belleza, sino que sobrevivían por ella. Pero entonces, poco a poco, el sol fue conquistando territorios. Cubrió de una belleza distinta aquel mundo donde la gente de antaño había fomentado valores diferentes a los vuestros. Entonces estallaron las guerras del pasado. Conflictos terribles entre quienes desearon abrazar lo que la vida les imponía antes de que fuese demasiado tarde, y entre los que quisieron combatirlo. Ese pueblo tuvo que retirarse a lugares oscuros donde no alcanzaba la luz del sol, y la gente del mundo que conocéis los convirtió en monstruos y los ocultó en las pesadillas. Con el paso de los años llegasteis a olvidarlos por completo.

Flota en el agua. Todo su mundo ya no huele a pescado, pero sigue suspendido en el vientre de aquella ballena que, tras regurgitarlo, lo alumbró a un lugar habitado por un único ser.

El anciano pescador es un cuentacuentos. ¿Cómo hacer oídos sordos? Todo su mundo es una historia. Hacerse el muerto, estarlo, mientras el cielo se cubre de estrellas.

—Háblame de ellas, anciano pescador.

Ésas son las primeras palabras que pronuncia el joven extraviado.

—Ante todo, ahora que el gato te ha devuelto la lengua, dejemos bien claro que no eres un joven extraviado. Si acaso, lo fuiste.

Una larga chupada de la pipa. Tras ella, en la distancia de lo que está y no está, la nube que se alza y se aleja veloz es una larga cabellera que remueve el viento.

—Ahora tan sólo eres un hombre perdido.

oídos que no atienden

El silencio es la superficie sobre la que se escribe esta historia, y en él habita un anciano pescador que no vive muy lejos de las aguas de un río. Cerca, sentado en el suelo, se encuentra el joven extraviado. Y también están el bosque que los envuelve, el fuego que les proporciona calor en la noche y el cielo estrellado en lo alto. Debajo, la tierra húmeda.

—Veo que mis palabras no te sorprenden.

Pero el joven extraviado no habla.

—Todo tiene que terminar —asegura el anciano pescador con tono resignado, mientras señala con la pipa el firmamento—. Incluso esas luces que parecen eternas se apagan tarde o temprano.

Pero el joven extraviado no contesta.

—Tal vez ha llegado el momento de que afrontes la verdad.

Pero el joven extraviado, a quien el anciano acaba de revelar que está muerto, se levanta, se sacude del calzón la hojarasca y la tierra, y se aleja por el sendero que lleva a la cabaña antes de que las explicaciones puedan abrirle los ojos a una verdad que no quiere ver. Aún es pronto y empieza a recordar lo que le supuso la locura y la muerte. Lo hace poco a poco.

El anciano, distraído, sacude la cazoleta antes de llenarla de nuevo, lo que en él precede siempre a una nueva revelación. Por tanto no le oye alejarse. Tose e introduce la mano en el saquito donde guarda el tabaco. Y dice:

—Ha habido un cambio de tiempo. Lo que fue pasado se ha convertido en presente. La muerte no repara en tiempos verbales.

Pero está solo. Nadie le escucha.

El silencio es el lienzo sobre el que se escribe esta historia, y en su superficie se extienden las palabras que pronuncia el anciano. No aparta la vista del cielo e ignora que está a solas. Sigue hablando y contando cosas que nadie atiende. Habla, por ejemplo, de las estrellas y las constelaciones. De su razón de ser. Las enumera, las describe, las fragmenta mediante palabras hasta que toda su luz lejana adquiere la calidez de un millar de soles.

—Puesto que eso es lo que son —dice tras exhalar una nube de humo blanco que se abre como una flor.

Pero nadie escucha sus historias. No existen más allá de él.

No nos alcanzan.

tránsitos

Sueña que sueña que sueña. Es tarde y apenas ha entrado en calor después de que el anciano pescador lo rescatara frente a la puerta del cobertizo. El joven extraviado no da explicaciones, pero el anciano cree entender lo sucedido. No todo, por supuesto. Una parte.

Después del rato que pasa junto al anciano ante el fuego, se tumba a dormir y una lluvia de chispas caída del cielo anuncia la llegada del sueño. Es un sueño dentro del sueño dentro del sueño, como cuando se vio una vez en un espejo, en Otro Lugar, y su reflejo se multiplicó al verse reflejado a su vez en otra superficie cristalina.

Y así su imagen se convirtió en miniatura.

Sueña que sueña. En el sueño se suceden las escenas, episodios de un cuento compartido alrededor del fuego. Reflejo de un arte secuencial, su sueño es un retablo de imágenes yuxtapuestas cuyo orden de lectura no obedece a una única dimensión. No sigue un único sentido. En ese retablo de onírica, lo extraño se convierte en objeto de estudio.

Sueña.

En el sueño. Dentro de él. Visto desde fuera. Por debajo, de través. Situado en un punto ideal, inmóvil, sin que el correr del tiempo, el viento, los huracanes, lo muevan un ápice de su posición. Es espectador y a veces parte.

La ve entre una y otra lluvia de rayos gamma. La contempla mientras se mueve en su prisión de aluminio. Unos brazos la separan de sus escamas, distancia que cubre sobre dos ruedas entre gruñidos y chirridos, entre el eco fantasma de los gemidos que ambos alumbraron a la sombra del amor.

Y el sueño se rompe. Y cuando regresa es de día. En el sueño.

O en la realidad.

saltopyle

El anciano ha encendido la pipa de barro. El aroma del tabaco perdura en el ambiente y alivia el corazón. Lo impregna todo de tal modo que el frío abandona al joven extraviado.

—Verás —revela el anciano con tono conciliador tras un rato de silencio—. El problema es que has muerto.

la forjadora

Asomó la cabeza por el extremo de una hilera de cosas apiladas y la vio allí, de pie en el cobertizo que era como el desván de un cuento. El joven extraviado se apoyó el objeto metálico en los pies, sin soltarlo, y la miró con los ojos muy abiertos.

La mujer hablaba sola mientras recorría con los dedos la superficie de una armadura. ¿Qué más necesita?, se preguntaba. Qué otras cosas puedo añadir.

La contempló fascinado, rendido ante el embrujo de los pies descalzos que se movían alrededor de la panoplia. Ante sus ojos ella hacía y deshacía con la ayuda del buril, el martillo y el fuego de una forja chica que se extinguía una vez utilizado, para después avivarse en cuanto lo necesitaba. Y porque las cosas físicas se hacen una después de la otra, ella…

Golpeaba, grababa, calentaba, moldeaba, fundía y soldaba.

Cuando no, obraba también de forma mágica. No sólo por la luz que permanecía flotando suspendida sobre ella, sino por las veces que repasaba con la mano las imperfecciones, quejándose de ellas en voz alta, aplaudiéndose a continuación tras hacerlas desaparecer. El metal reflejaba diversas tonalidades, pues no se mostraba convencida de su obra en ese detalle concreto, el color.

—Tengo que verla con luz natural —decía. Y entonces la luz experimentaba un cambio significativo, se contraía o expandía, y adoptaba otro color hasta convertirse en un sol diminuto que se había hecho a sí mismo. Y porque las cosas mágicas no siguen un orden, se encabalgan y son una melodía compleja, ella…

Tejía e imbricaba, engranaba y urdía, tramaba y fraguaba.

La miró embobado, atento a cosas que no había visto jamás o que tal vez había olvidado. Las puertas que dan a otros lugares; lo que creemos haber vivido con anterioridad; lo que nos llama la atención y nos parece mágico. La miró aturdido, haciendo oídos sordos a lo terrenal. Las puertas que no conducen a nada. Lo que hemos vivido con anterioridad y desearíamos dejar atrás. Lo que no tiene nada de extraordinario. Lo mundano.

En ese hechizo quedó suspendido el paso del tiempo.

—¿Qué habré olvidado? —se preguntó ella—. ¿Qué le falta?

La vio mirar a su alrededor, dar un giro contrario a las agujas del reloj hasta quedar de espaldas a la panoplia y clavar sus ojos en él, en la esquina desde donde la observaba. No debía de verlo porque aquella luz probablemente la cegaba.

—¿Qué haces tú aquí? —preguntó en el silencio, transformada la voz, ahora ronca, aterradora—. Devuélvemelo.

El joven extraviado se dio la vuelta y salió huyendo, lejos de la luz. A cada tropiezo, cada vez que se golpeó con algo y cayó desorientado, se esforzó en recordar que no hallaría cobijo ni consuelo en el interior de aquel lugar oscuro, que ella lo perseguía, que lo increpaba en la distancia con la voz cruel de una pesadilla.

Con esa voz formuló preguntas que ningún oído quiere escuchar. Pero las preguntas quedaron en el aire, insatisfechas.

Salió de allí y cerró el cobertizo con los gritos dentro. Recostó la espalda en la puerta y se dejó caer en el suelo. A su lado lo hizo el objeto, con ruido de metal.

Pasa el tiempo. Anochece.

Las estrellas le sugieren historias fabulosas mientras desfilan en el firmamento como nubes de luz.

las cosas buenas

Justo cuando el joven empezaba a hacerse un hueco en el mundo, volvió a extraviarse. Fue después de que el anciano pescador lo enviara al cobertizo en busca de algo llamado aguamanil. Como no sabía qué era, y no preguntó porque los hombres no hacen preguntas ni necesitan ayuda, tuvo que adentrarse más allá de la entrada donde estaban las herramientas, la tina agujereada, los baldes, la leña y la carretilla herrumbrosa.

Más allá la luz que se filtraba del exterior empezó a adelgazarse hasta convertirse en recuerdo. El joven avanzó a ciegas, tanteando el camino con pies y manos, evitando los objetos que surgían a su paso, esquivando las trampas a las que le sometía un cobertizo que visto por fuera era de modestas dimensiones, pero por dentro era amplio, espacioso, extenso.

Gigantesco.

Buscó en los bolsillos el cuscurro de pan que creía haber guardado ahí durante el almuerzo, pero no estaba. Pensó que si dejaba caer unas migas podría encontrar el camino de vuelta, y en esa oscuridad le pareció una idea extraña. Luego se le ocurrió arrancar el roto del calzón, tirar del hilo, atarlo a algún lugar y no soltar el otro extremo para regresar luego a ese punto. Aquella segunda ocurrencia le hizo sonreír, pues también la juzgó peculiar: La idea de verse desnudo de cintura para abajo, de vuelta a un sitio que le era tan desconocido como cualquier otro, no le pareció nada del otro mundo.

Se había perdido.

Al fondo, después de darse un buen coscorrón con algo metálico que cayó al suelo con estruendo y que recogió tras tocarse la herida, ya húmeda, surgió una luz que iba más allá de su imaginación.

Fue acercándose poco a poco, paso a paso, sin hacer ruido por temor a extinguirla, por miedo a imponer con su cercanía la negrura que reina en el vientre de la ballena, negrura que él, a pesar de haberlo olvidado, conocía bien.

Se disponía a doblar una esquina dibujada por una pila de objetos diversos, más cerca ya de la luz.

«Al otro lado. Las cosas buenas siempre están al otro lado», pensó aferrándose con fuerza al pesado objeto metálico, tanteando los roblones que recorrían el borde.

Y entonces la vio.

el pez gordo

Es de noche y a la luz de la chimenea el anciano habla sin cesar. Le está contando la historia de cuando vio el pez más gordo del riachuelo que susurra cerca de la cabaña.

—Las aguas del río habían crecido tanto que no sólo las barcas se deslizaban con dificultad por ellas, sino también buques de gran calado. Cocas e incluso galeones, cáscaras de nuez que se pierden en el mar con toda su tripulación cuando no regresan con el cargamento arracimado en cubierta: las especias de Oriente, las joyas de los sultanes y otros tesoros que no podemos ni soñar, filósofos y sabios, astrólogos y pitonisas, papeles que se deshacen nada más leer lo que reza en su superficie, magos de la mente, mujeres cuya hermosura hace llorar. Palabras de poder. Criaturas fabulosas.

Por alguna razón, esto último arranca un brillo fugaz a los ojos de huevo del joven. Se intuye en ellos el azul claro que el tiempo agrisó. El sol ya no es un disco blanco tras las nubes. Sencillamente no es. Tiene que preguntar al anciano qué historias le sugieren las estrellas (el cielo está lleno de ellas), pero antes…

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—Y estando yo en el río al final de mi jornada, sentí en la quilla un fuerte golpe que me habría enviado al fondo de no ser porque llevaba bien estibada la pesca. Los peces temblaban aún con fuerza en la red. Miré a babor y estribor (esto es, a izquierda y derecha, muchacho, que parece que hayas nacido ayer), luego eché un vistazo a la proa y la popa, aferré la caña del timón y puse rumbo a la orilla para que el río comprendiera que ya había tomado lo bastante de él.

»Cuando la vela se hinchó al viento y la proa miró a la costa, las aguas se agitaron más aún y se alzó de pronto a mi alrededor, coronado de palomillas, un oleaje repentino. Fue entonces cuando mis ojos contemplaron el pez más gordo que he visto en la vida.

»Los viejos del lugar aseguran que se muestra ante los pescadores que han sido más ambiciosos de la cuenta. Eso les sirve de advertencia porque es así de grande. —Separa los brazos todo lo que le da el cuerpo—. Y así de gordo. —De nuevo separa los brazos todo lo que le da el cuerpo—. ¿Y sabes qué?

El joven niega con la cabeza. No entiende ni la mitad de las cosas que dice el anciano, pero esa voz se ha convertido, junto al olor a pescado, en todo su mundo.

—Pues que logré ganar la orilla, como bien supondrás aunque se te haya comido la lengua el gato. Y cuando volví a casa después de pasar por la lonja y vender lo mío, me encontré al pez gordo sentado en esa misma silla donde estás tú ahora.

Y ríe. Su risa es como cuando pisan la uva en esas tinas enormes. Su risa le suena así al muchacho. Cree que también huele así, a uva pisada. E incluso diría que tiene el mismo sabor. Puede, no sin cierto esfuerzo, ver su risa. Cómo se alza entre las llamas del fuego, cómo abandona la habitación, y cómo, tras salir por la ventana, se deshace bajo el cielo antes de convertirse en polvo de estrellas.