Author Archive

aubrey beardsley

jueves, marzo 18th, 2010

La dama del lago recupera Excalibur

De niño fue músico prodigio, pero por suerte acabó dedicando seis años, los últimos de su corta vida, a la ilustración. Aubrey Beardsley nació en 1872 y murió de tuberculosis en 1898, después de convertirse al catolicismo y de mucho perseguir a su editor para que retirase aquellas de sus obras que consideraba menos recatadas. (Digo yo que la práctica totalidad.)

En cuanto al estilo, puestos a poner etiquetas, podemos considerarlo adscrito al movimiento Art Noveau. Quizá entre sus obras más famosas se cuenten las ilustraciones para la obra Salomé, escrita por Oscar Wilde. Hizo incluso caricaturas de corte político, faceta esta que no es muy conocida.

The Yellow BookColaboró en prensa. Dirigió por ejemplo la parte artística de The Yellow Book, la publicación literario-cultural más influyente de la última década del siglo XIX, que entre otras contó con colaboraciones de un futuro premio Nobel como el poeta W.B. Yeats, el novelista H.G. Wells y el crítico y narrador Henry James. Beardsley colaboró durante cuatro números, hasta que en 1895 el escándalo que llevó a Wilde a la cárcel lo salpicó por asociación —ni siquiera eran amigos—, y el editor lo puso de patitas en la calle.

En su estilo, caracterizado por la influencia del dibujo japonés y el contraste entre imponentes manchas de blanco y negro (la mayoría de sus ilustraciones son en tinta negra), destaca el trazo erotizante (pongámonos en situación: hablamos de la época victoriana). En cuanto a la elección de temas se movió principalmente en el terreno de la mitología y la fantasía, y sirvió de influencia para los grandes cartelistas de finales del siglo XIX, los simbolistas franceses y el resto de los artistas del Art Noveau. Junto a Arthur Rackham está considerado el ilustrador más importante de su época.

Aubrey BeardsleySu presencia en Glatissant la debemos al primer encargo de calado que recibió, una serie de ilustraciones para una edición publicada en 1893 de La muerte de Arturo, de sir Thomas Malory, último corpus principal del ciclo artúrico antes de que podamos hablar de obras mucho más modernas. Beardsley estuvo completamente volcado en esta labor, a la que dedicó nada menos que dieciocho meses de trabajo.

Aquí Siruela publicó en español una versión (http://tinyurl NULL.com/yeap9ks) para jóvenes de este clásico, escrita por Roger Lancelyn Green, que incluye como valor añadido las ilustraciones artúricas de Aubrey Beardsley, de quien os pido que no os olvidéis puesto que no será la última vez que lo veamos por aquí.

tramas del ciclo artúrico

jueves, marzo 11th, 2010

Existen diversas versiones de la leyenda artúrica. A menudo proceden de tradiciones culturales distintas, por lo que cuesta dar una imagen unitaria de las partes que componen el ciclo. No hay prisa: empezaré por un sencillo resumen, y en sucesivas entradas profundizaré un poco en todos estos aspectos, comentando también, en la medida de lo posible, las diversas variantes.

Vayamos punto por punto, a grandes trazos.

  • Arturo es un rey joven que unifica el reino de Bretaña, ayudado por los consejos de un sabio adivino llamado Merlín, a quien la magia no resulta ajena. Merlín proporciona una serie de ayudas providenciales a Arturo y le hace las veces de tutor. Tras la boda del rey con la reina Ginebra y la institución de la orden de la Tabla Redonda, y a pesar de las amenazas interiores y exteriores (conspiraciones diversas, presión de las tribus del norte, incursiones sajonas…), Bretaña deviene el marco ideal de toda suerte de andanzas caballerescas. Es la edad de oro de la caballería.

sir Galahad

  • Uno de los mejores caballeros de Arturo es Lanzarote del Lago. Llegado a Bretaña procedente de la Gaula (en/o Francia), se enamora de la reina Ginebra, sentimiento que es correspondido. A pesar del esfuerzo de ambos por evitarlo, acabarán consumando su amor, lo que con el tiempo desembocará en el fin del reino. Esta relación introduce un motivo clásico de la literatura medieval: el del amor cortés.
  • Otra importante historia de amor, también con final trágico, es la de Tristán de Leonís e Iseo la Rubia, esposa del rey Marco de Cornualles, nada menos que tío de Tristán. De todas las tramas principales ésta es quizá la que se antoja más engastada en el ciclo artúrico. Su popularidad bastó para incorporarla en el ciclo, a pesar de que en sus inicios fue un relato independiente.
  • La demanda del santo Grial, el cáliz que recogió la sangre de Jesucristo en la cruz, constituye otro de los grandes temas: Se trata de una búsqueda espiritual, que tan sólo los caballeros más puros podrán coronar con éxito. Muchos la emprenden, pero son tres quienes lo alcanzan en mayor o menos grado: Boores, Perceval y Galaz, este último hijo ilegítimo de Lanzarote y una dama llamada Amite, quien le dio un bebedizo para que la tomara por Ginebra. El hallazgo del santo cáliz restaña muchas de las heridas que afligen al reino, pero…
  • En esta fase crepuscular, Mordred (hijo ilegítimo del rey Arturo y su propia hermanastra, la reina Morcadés, aunque según donde se atribuye a Morgana la maternidad, por aquello de simplificar y porque también es hermanastra de Arturo) conspira con parte del clan de Orcania (Galván y sus hermanos, hijos de Morcadés y el rey Lot, sobrinos todos de Arturo) para destapar la relación de Lanzarote y Ginebra. Al rey Arturo se le cae la venda de los ojos y el reino se viene abajo entre batallas, conflictos y retiros a conventos. A estas alturas ni siquiera puede salvarlo Merlín, que ha desaparecido ya de la historia, tras ser engañado por una de las damas del Lago, deseosa de hacerse con todos sus conocimientos arcanos.

Ya veis que entre incestos, relaciones amorosas, desafíos caballerescos, batallas, mortíferos engaños, búsquedas espirituales, profecías, magias y conspiraciones, es fácil entender que los relatos que componen el ciclo artúrico aún sean objeto de lectura y estudio. Es el renacimiento de la prosa europea, tras las bases sentadas por los clásicos griegos y latinos.

Un mar de palabras, aventuras y poderosas imágenes en que sumergirse.

pedid lo imposible

lunes, marzo 8th, 2010

Está claro que todo suma. Todo contribuye a. Lo de la ventana; lo del asta que descansa apoyada en un rincón del salón. Muchas otras cosas. El rostro de Merlín (sin ir más lejos); el inquietante sueño (yendo lejos, o más bien yendo hondo), y, por último quizá, el otro sueño, si cabe más inquietante (y por supuesto mucho más lejano, o más bien mucho más hondo).

Me refiero al sueño que todo lo define porque cambia las cosas hasta el punto de que nada vuelve a ser igual. A ese sueño. Pero es después del primero que busco ayuda en la opinión de quienes me rodean, como Ángel, por ejemplo:

Eso era lo que hacías de pequeño, soñar. Y sigues igual. ¿No crees que ya va siendo hora?

La vida lo ha ido tratando con justicia, mientras él tenía el juicio necesario para respetar las normas, reconocía qué caminos debía tomar, y, por qué no decirlo, la suerte lo acompañaba durante el recorrido. Las personas como Ángel sustentan su existencia en pilares de bruma y viento (como hacemos todos), pero han obtenido la recompensa del éxito. Su mayor engaño consiste en el convencimiento de que esfuerzo y tesón conducen al mismo lugar adonde ellos han llegado. Qué importará: al final todos sin excepción vamos pasando por la amoladera. Entonces se oye el agudo chirrido del metal sobre la piedra.

Y no es bonito.

Tienes que ser realista (insiste mi anfitrión). Con los años te va a resultar más difícil poner los pies en el suelo.

Ángel tiene varios críos y trabaja incansablemente. Sara pasa mucho tiempo fuera, de modo que una chica que no es de aquí se encarga de los niños casi todo el día. Cuando los lleva al colegio, o de vuelta a casa, tira de ellos como quien hace volar un manojo de cometas.

Saboreo el estofado. No tengo gran cosa que decir después de que hayamos hablado de su trabajo, de su familia y sus hijos. Aprendí a no hablar mucho cuando caí en la cuenta de que siempre, invariablemente, me escuchaba con mirada vidriosa. La educación lo empuja a preguntar, pero hay un punto, al inicio de cada respuesta, en el que evade la conciencia a un lugar que nadie vislumbra.

Nos despedimos con eternas promesas de quedar algún fin de semana. Antes de cerrarme una puerta que por lo menos alcanza los dos metros y medio de altura, me repite:

Ah… Y sé realista.

De camino a casa no me pregunto por qué lo aprecio —el amor no tiene por qué ser recíproco—, pero sí por qué insiste en hacer algo (quedar con nosotros tres) que a todas luces parece suponerle un esfuerzo. Hace tiempo que dejó de entristecernos la distancia. Con el paso de los años a todos se nos escurren muchas cosas entre los dedos. O se quedan donde estaban. Tan malo parece lo uno como lo otro cuando es otra cosa lo que tendría que suceder. No sé muy bien qué. Después de todo, es muy posible que esto sea lo que la gente considera normal.

A pesar de que es invierno y no tardará en anochecer, vuelvo a casa andando. En la valla de un local encuentro la respuesta a los ángeles que revolotean en torno a quienes no tememos ver en el prójimo la prueba fehaciente de nuestras propias carencias.

Y los ángeles nos miran con ojos de vidrio y hacen oídos sordos.

sed realistas

escudo, blasón

jueves, marzo 4th, 2010

Dice Juan Eduardo Cirlot en su extraordinario e inspirador Diccionario de símbolos:

… el escudo exhibe; por esto ya desde la Antigüedad fue el lugar donde el guerrero disponía el emblema que juzgaba serle característico y que, entre los siglos XI y XIII, se convirtió en blasón heráldico, hereditario.

Acudo al diccionario de la RAE para aclarar tres de los términos introducidos en la cita de JEC, y expongo mi recorrido paso a paso para que veáis que soy honesto con esto que escribo:

escudo de armas.

m. Heráld. Campo, superficie o espacio de distintas formas en que se representan los blasones de un Estado, población, familia, corporación, etc.

Perfectamente claro. El escudo de armas es el espacio. El lienzo.

emblema.
(Del lat. emblēma, y este del gr. ἔμβλημα, adorno superpuesto.)

  1. m. Jeroglífico, símbolo o empresa en que se representa alguna figura, al pie de la cual se escribe algún verso o lema que declara el concepto o moralidad que encierra. U. t. c. f.
  2. m. Cosa que es representación simbólica de otra.

Me quedo con la segunda acepción. Aunque la primera…

blasón.
(Del fr. blason).

  1. m. Arte de explicar y describir los escudos de armas de cada linaje, ciudad o persona.
  2. m. Cada figura, señal o pieza de las que se ponen en un escudo.

De modo que «blasón» es tanto el arte de explicar y describir los escudos de armas, como cada figura, señal o pieza que lo componen.

Es fácil llegar a la conclusión de que el blasón heráldico es una de las primeras muestras de lo que actualmente conocemos por «imagen de marca», un logotipo, un distintivo, en este caso formado únicamente por imágenes (aunque a veces se incluyeran lemas), útil para distinguir al caballero, separarlo de los demás, y que asimismo puede identificar otras ideas y entidades.

Lanzarote (campo de plata con bandas de gules) riñe con Tristán (campo de sinople con león rampante de oro)

Pienso que es importante que aprendamos a movernos entre los escudos de armas de los compañeros de la Tabla Redonda, puesto que haré mención de ellos a menudo, así que empezaré por algo sencillo. No será necesario profundizar mucho, pues nos alejaríamos de la demanda de este espacio, pero en futuras entradas de Heráldica en Artúrica iremos viendo uno por uno los colores y metales, así como otros detalles, hasta familiarizarnos con el lenguaje, o, al menos, hasta que dispongamos de una serie de enlaces adonde recurrir.

Cinco son los colores principales (llamados esmaltes) que hallamos en el arte heráldico:

  • gules, sinople, azur, púrpura, sable

Y dos son los llamados metales que complementan a los esmaltes:

  • plata, oro

A continuación listo los enlaces internos de los metales y esmaltes completados hasta la fecha: sinople, azur,

En la imagen, Lanzarote del Lago se enfrenta a Tristán de Leonís: En el escudo del primero tenemos bandas de gules sobre campo de plata, mientras que en el de su adversario figura un león rampante en oro sobre campo de sinople.

n.c. wyeth

miércoles, febrero 24th, 2010

N.C. Wyeth en su estudio, 1904

[N.C. Wyeth at work], 1904/unidentified photographer. Photographic print: 1 item: sepia; 14×9 cm. Allen Tupper True and True family papers, 1841-1987. Archives of American Art [www.aaa.si.edu (http://www NULL.aaa NULL.si NULL.edu)].

El hombre que nos mira con expresión burlona desde esta fotografía es Newell Convers Wyeth, uno de los principales ilustradores norteamericanos de la primera mitad del siglo XX. La imagen resulta curiosa: parece enfocada a la altura de la cintura, quizá porque Wyeth era un tipo bajito. El artista sostiene una paleta que es mayor que su pecho, y detrás del lienzo asoma un piano de pared. Por último, el modelo que utiliza —un hombre disfrazado de vaquero— está sentado en una silla de montar, puesta a su vez sobre un potro de madera.

Si suele considerarse que Howard Pyle, con sus fuertes influencias prerrafaelistas y su extraordinaria atención por el detalle, fue el padre de la ilustración estadounidense, N.C. Wyeth no tardaría en erigirse en aventajado discípulo y recoger el testigo cuando Pyle falleció en 1911. Wyeth, convertido en su alumno en 1902, se había desmarcado pronto de su maestro para desarrollar un estilo propio, caracterizado por trazos más expresivos y una atención particular a la creación de atmósferas que dotaban al conjunto de mayor importancia que cualquiera de las figuras que lo conformaban.

Destacó en el terreno de la ilustración de prensa (lo encontramos en algunas de las publicaciones más importantes de la época: Harper’s Monthly, Scribner’s Magazine, etc.), y aunque al principio, como vemos en la fotografía, inspiró su obra casi exclusivamente en la épica norteamericana del salvaje oeste, pronto amplió horizontes y su pincel abarcó otros ámbitos, entre ellos la ilustración de clásicos de la literatura, desde Robinson Crusoe hasta La isla del tesoro, pasando por obras de Joseph Conrad o El último mohicano, así como la ilustración publicitaria (carteles para Coca-cola y Lucky Strike).

El rey Arturo, según WyethPero que N.C. Wyeth figure por mérito propio en Glatissant se debe a una obra titulada The Boy’s King Arthur (algo así como El rey Arturo para jóvenes), escrita por Sidney Lanier, que no ha dejado de reeditarse desde su primera edición de 1880. Debemos parte del mérito al hecho de que en 1917 Wyeth realizó catorce preciosas láminas a color que desde entonces han iluminado el interior de sus páginas.

Y es esta parte de su obra la que reaparecerá en futuras entradas de Arte en Artúrica.

la vulgata

miércoles, febrero 17th, 2010

La Vulgata es una extensa obra en prosa escrita en francés, que se remonta a la primera mitad del siglo XIII. Constituye uno de los principales corpus narrativos que componen la materia de Bretaña. También es conocida como «Lanzarote en prosa», «Lancelot-Graal» o ciclo de «Pseudo-Map» (debido a que en el propio texto se atribuía falsamente la autoría a Walter Map, un historiador medieval que ya había fallecido cuando se escribió).

El nudo de la acción se centra en las peripecias caballerescas de Lanzarote del Lago y su relación con la reina Ginebra. Esta historia desemboca en la búsqueda del Grial (el otro gran motivo del ciclo), y, finalmente, en la muerte del rey Arturo, que marca el fin de las aventuras de los compañeros de la Tabla Redonda. Se diferencian dentro de la Vulgata la siguientes obras:

  • La historia de Lanzarote (parte más larga del ciclo)
  • La búsqueda del Santo Grial (Queste del saint Graal)
  • La muerte de Arturo (La mort Artu)

Algo más tarde se le sumaron otros dos títulos. La acción de estos, sin embargo, precede cronológicamente a La historia de Lanzarote. Se trata de:

  • Historia del Santo Grial (Estoire del saint Graal)
  • Historia de Merlín (Estoire de Merlin)

Lanzarote rescata a la reina Ginebra

Aunque se considera que la obra es anónima, existe polémica entre los investigadores, pues hay quienes apuntan la posibilidad de que existiera un «arquitecto común», cuya labor consistió en dirigir el proyecto y unificar criterios en las tres primeras obras del ciclo; después, otro autor, o autores, se encargaron de respetar la labor de este arquitecto para la redacción de las obras que las precederían cronológicamente. La complejidad del ciclo de la Vulgata es el argumento esgrimido por ambos bandos para defender sus respectivas teorías: los que aseguran que una obra tan compleja tan sólo pudo salir de la pluma de un único autor, y quienes se aferran a esa complejidad para justificar la existencia de un coordinador que escribió buena parte del Lanzarote y estableció las pautas del resto de la obra.

La variedad de la trama es fruto de la técnica empleada, conocida por el nombre de entrelacement (entrelazado). Carlos Alvar, traductor de la obra al español, escribe en la introducción del primer volumen:

La obra que nos ocupa pone en movimiento alrededor de cuatrocientos caballeros, ermitaños, enanos, damas y doncellas anónimos; muchos de ellos no son más que presencias momentáneas, pero son muy numerosos los que aparecen y reaparecen cuando sus huellas y sus recuerdos ya se habían borrado, estableciéndose de este modo un complejo trenzado de aventuras y situaciones, que confieren a la obra una estructura muy característica…

En futuras entradas hablaré de las ediciones española y anglosajona (esta última anotada), así como de la Post-Vulgata.

los jinetes

miércoles, febrero 10th, 2010

¿Quién huella las planicies de oro,
los llanos de bruma y aire,
las numerosas montañas onduladas
y las torres crepusculares?
Ningún pie mortal se extravía en ellas,
ningún arquero vigila en las torres,
sólo pasos más etéreos que los nuestros
recorren colinas y valles.
Las personas que alumbraron los antiguos cuentos,
y la gente que jamás existió,
y quienes deambulan en la frontera
entre la historia de antaño y la fábula sonora,
como el rey que en Camelot tuvo su corte.
Allí camina Ginebra,
así como el caballero Lancelot.
Y, junto a aquel precipicio blanco,
escarpado como Roncesvalles, y más,
a un suspiro de la mirada de la fantasía
cabalga el sin par Roldán.
¡También desde aquí se vislumbra
la punta de la lanza de Don Quijote,
con mucho el mayor de todos ellos!
Mas no, es la estrella vespertina.

Lord Dunsany