Archivos del Mes para Octubre, 2010

las cosas buenas

Justo cuando el joven empezaba a hacerse un hueco en el mundo, volvió a extraviarse. Fue después de que el anciano pescador lo enviara al cobertizo en busca de algo llamado aguamanil. Como no sabía qué era, y no preguntó porque los hombres no hacen preguntas ni necesitan ayuda, tuvo que adentrarse más allá de la entrada donde estaban las herramientas, la tina agujereada, los baldes, la leña y la carretilla herrumbrosa.

Más allá la luz que se filtraba del exterior empezó a adelgazarse hasta convertirse en recuerdo. El joven avanzó a ciegas, tanteando el camino con pies y manos, evitando los objetos que surgían a su paso, esquivando las trampas a las que le sometía un cobertizo que visto por fuera era de modestas dimensiones, pero por dentro era amplio, espacioso, extenso.

Gigantesco.

Buscó en los bolsillos el cuscurro de pan que creía haber guardado ahí durante el almuerzo, pero no estaba. Pensó que si dejaba caer unas migas podría encontrar el camino de vuelta, y en esa oscuridad le pareció una idea extraña. Luego se le ocurrió arrancar el roto del calzón, tirar del hilo, atarlo a algún lugar y no soltar el otro extremo para regresar luego a ese punto. Aquella segunda ocurrencia le hizo sonreír, pues también la juzgó peculiar: La idea de verse desnudo de cintura para abajo, de vuelta a un sitio que le era tan desconocido como cualquier otro, no le pareció nada del otro mundo.

Se había perdido.

Al fondo, después de darse un buen coscorrón con algo metálico que cayó al suelo con estruendo y que recogió tras tocarse la herida, ya húmeda, surgió una luz que iba más allá de su imaginación.

Fue acercándose poco a poco, paso a paso, sin hacer ruido por temor a extinguirla, por miedo a imponer con su cercanía la negrura que reina en el vientre de la ballena, negrura que él, a pesar de haberlo olvidado, conocía bien.

Se disponía a doblar una esquina dibujada por una pila de objetos diversos, más cerca ya de la luz.

«Al otro lado. Las cosas buenas siempre están al otro lado», pensó aferrándose con fuerza al pesado objeto metálico, tanteando los roblones que recorrían el borde.

Y entonces la vio.

el pez gordo

Es de noche y a la luz de la chimenea el anciano habla sin cesar. Le está contando la historia de cuando vio el pez más gordo del riachuelo que susurra cerca de la cabaña.

—Las aguas del río habían crecido tanto que no sólo las barcas se deslizaban con dificultad por ellas, sino también buques de gran calado. Cocas e incluso galeones, cáscaras de nuez que se pierden en el mar con toda su tripulación cuando no regresan con el cargamento arracimado en cubierta: las especias de Oriente, las joyas de los sultanes y otros tesoros que no podemos ni soñar, filósofos y sabios, astrólogos y pitonisas, papeles que se deshacen nada más leer lo que reza en su superficie, magos de la mente, mujeres cuya hermosura hace llorar. Palabras de poder. Criaturas fabulosas.

Por alguna razón, esto último arranca un brillo fugaz a los ojos de huevo del joven. Se intuye en ellos el azul claro que el tiempo agrisó. El sol ya no es un disco blanco tras las nubes. Sencillamente no es. Tiene que preguntar al anciano qué historias le sugieren las estrellas (el cielo está lleno de ellas), pero antes…

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—Y estando yo en el río al final de mi jornada, sentí en la quilla un fuerte golpe que me habría enviado al fondo de no ser porque llevaba bien estibada la pesca. Los peces temblaban aún con fuerza en la red. Miré a babor y estribor (esto es, a izquierda y derecha, muchacho, que parece que hayas nacido ayer), luego eché un vistazo a la proa y la popa, aferré la caña del timón y puse rumbo a la orilla para que el río comprendiera que ya había tomado lo bastante de él.

»Cuando la vela se hinchó al viento y la proa miró a la costa, las aguas se agitaron más aún y se alzó de pronto a mi alrededor, coronado de palomillas, un oleaje repentino. Fue entonces cuando mis ojos contemplaron el pez más gordo que he visto en la vida.

»Los viejos del lugar aseguran que se muestra ante los pescadores que han sido más ambiciosos de la cuenta. Eso les sirve de advertencia porque es así de grande. —Separa los brazos todo lo que le da el cuerpo—. Y así de gordo. —De nuevo separa los brazos todo lo que le da el cuerpo—. ¿Y sabes qué?

El joven niega con la cabeza. No entiende ni la mitad de las cosas que dice el anciano, pero esa voz se ha convertido, junto al olor a pescado, en todo su mundo.

—Pues que logré ganar la orilla, como bien supondrás aunque se te haya comido la lengua el gato. Y cuando volví a casa después de pasar por la lonja y vender lo mío, me encontré al pez gordo sentado en esa misma silla donde estás tú ahora.

Y ríe. Su risa es como cuando pisan la uva en esas tinas enormes. Su risa le suena así al muchacho. Cree que también huele así, a uva pisada. E incluso diría que tiene el mismo sabor. Puede, no sin cierto esfuerzo, ver su risa. Cómo se alza entre las llamas del fuego, cómo abandona la habitación, y cómo, tras salir por la ventana, se deshace bajo el cielo antes de convertirse en polvo de estrellas.

todo su mundo

Nada más sacarlo del agua, el anciano le preguntó qué era lo que buscaba. Cuando vio que el joven no respondía (no dice gran cosa; no habla mucho: en realidad, nadie recuerda cuándo fue la última vez que habló) le dijo: «Alcánzame eso de ahí.» El joven miró a su alrededor con extravío, solo que estaba tragando agua y había en su expresión un extravío mayor del que sugiere esa palabra. Había urgencia. Miedo. Sus ojos eran como huevos agujereados. Cuando quiso obedecer se dibujaron los objetos a su alrededor, flotando.

—Recoge todo eso, anda. Yo te ayudo. —Y al ver la expresión perdida del joven, añadió—: Sé lo que estás pensando. Si no puedes librarte de las cosas intangibles, ¿cómo ibas a separarte de todo lo que puede tocarse?

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—Alcánzame eso de ahí —dice el anciano, agachado ante la leña.

El joven mira en derredor con cara de pasmo, como si no supiera qué le piden. Hay una tina agujereada, tres o cuatro baldes mal apilados, odres vacíos, una carretilla, tierra y guijarros en el suelo. Herramientas. No entra mucha luz en el cobertizo porque afuera el sol es una circunferencia blanca tras la capa de nubes.

Una salamandra se escurre entre las rocas que bordean el huerto.

—El azadón, muchacho, el azadón.

Ah, y apesta a pescado.

Todo su mundo apesta a pescado.

libro III: el bosque salvaje

«Miras el montón de folios impresos y te dices que si ahora desaparecieras o renunciases, todo eso moriría ahí.»
Arturo Pérez-Reverte

mapa de las constelaciones

En esta era salvaje, un puñado de jinetes cruza el prado para adentrarse en un bosque que se conoce por el nombre de Perdido. Pero en el interior hay tan poca luz que al cabo dejan de oírse los cascos de los caballos y se impone una quietud que espanta al más valiente de los hombres. Acuden allí en busca de algo, puesto que jamás cabalgan sin motivo. Una aventura. Un desafío. Se cruzan con una dama hermosa, virgen inmaculada, a quien persigue un viejo sacerdote que adora a un dios de las antiguas creencias cuya existencia no recogen los pocos libros que se han escrito en esta era salvaje.

En este bosque perdido, el puñado de jinetes encuentra a otro viajero, un extraño que los contempla como si fueran la cosa más peculiar del mundo. No habla, ni tiene su aspecto, ni parece llegado de norte, sur, este u oeste.

He aquí el inicio de una historia, una de tantas, en esta era salvaje.

Y ahora juguemos a cambiar el orden de los elementos. En esta era perdida. En este bosque salvaje.