Archivo Diario para 21 Febrero 2010

la zanahoria imaginaria

luz parrish

Soy consciente de los parajes que recorre el hilo de una narración. Sé que lo cotidiano es el punto de partida del viaje del héroe. De principio a fin, no necesariamente por ese orden, mi periplo también es la confirmación del cambio, única constante de la vida. De quien fui a quien soy y a quien seré. De quienes fuimos, a quienes somos y a quienes seremos.

Me muevo aún en la linde del bosque, así que debo empezar por el principio y poner en antecedentes al lector. Hablar, se supone, de lo común, de lo ordinario.

Lo sé. No revelo ningún misterio. Basta con mirar a nuestro alrededor. Hagámoslo una sola vez, ya que el exceso podría llevarnos a intuir el otro lado y aún es pronto para eso.

Parte de lo cotidiano es aquello que nos impide avanzar a donde nos propusimos ir. Es el lodo. El cenagal. El terreno que hay en torno al baúl lleno de luces que planeamos encender en un futuro que no existe. Lo cerramos con candado, convencidos de que llegará el momento de abrirlo, el momento de aparcar lo habitual. Y así seguimos adelante tras la zanahoria imaginaria, en pos de algo cuyo significado a menudo se desdibuja con el tiempo y las circunstancias. Cierro el párrafo como lo abrí, es decir, lo acabo como lo empecé, haciendo honor y mención a lo cotidiano.

Me pregunto qué sucede si aparto la vista de la zanahoria siquiera un instante. Supongo que se alejará aún más de mí. ¿Acaso no es ése el miedo que tenemos todos? Miradla. Allá va. Pero si recupero fuerzas y me permito el lujo de mirar a mi alrededor, quizá sea yo quien acabe yendo por delante de ella. De todos modos, bajo la incómoda égida de la realidad me resultaría imposible salir; extraviarme sin andar perdido; deambular con una dirección. Voy hacia ese canto de sirena que se oye a lo lejos porque nadie me ata a ningún palo ni me ciega los oídos con cera.

¿Ése eres tú?, me pregunta una voz del pasado. ¿Es así como te ves?, añade.

He compuesto una especie de engendro con algunos de los restos que hay en el estudio de una amiga escultora. Me ha pedido que haga un autorretrato y a mí me ha salido un auténtico bodrio, tocado con una especie de penacho compuesto por alambres, todo ello visto de perfil. Después de observarlo un rato tira la toalla y pregunta qué es, y yo respondo que es un yelmo visto de lado, como el del logotipo aquel.

¿Es así como te ves?, insiste la voz.

Me encojo de hombros, pienso en las últimas palabras del trágico personaje de una obra de teatro, y digo:

Joder, podría ser peor. (Éstas no son las últimas palabras del trágico personaje de la obra de teatro.)

Lo siento, dice ella algo compungida. Boquiabierta.

No lo sientas, pienso. No creo una sola palabra de lo que acabo de decir, pienso. Y sigo pensando: No podría ser peor, es lo que es y a mí me parece bien.

Hecha de restos de madera y metal, virutas de cobre, alambres retorcidos de colores, la chapuza descansa sobre una pieza de plástico que tiene toda la pinta de haber servido en más de una ocasión de cenicero. Eso somos yo y mi penacho. Algo así.

No sólo no me disgusta la idea, sino que hay algo que se me remueve dentro. Un calor. El fuego de lo que fue una vez y no ha dejado de ser y pronto volverá a ser o morirá en el intento. Si soy capaz de recuperarlo alcanzaré de nuevo la altura de una torre. El canto de sirena me ha devuelto el aliento del desafío, pero aún no lo sé. Aún es temprano. Lo intuyo cuando contemplo el reflejo de mi amiga en el espejo, que es la imagen más vívida que conservo de esa tarde. Sé que debo guardar silencio, dejar que siga sintiendo pena de mí, y luego cerrar los ojos, que pase el momento con su fluir de aguas. Regresar a lo ordinario.

Pero antes de marcharme le digo unas palabras sin pronunciarlas: No tengas pena de mí. No lo merezco.

Ya en el presente, mientras recobro el aliento y la zanahoria se aleja, os confieso que son varios los principios y que tan válidos son unos como otros, excepto por los sabios consejos que me susurran al oído Joseph Campbell y la Poética de Aristóteles.

Mi historia empieza por la misteriosa fotografía de un niño pequeño. Fue la primera vez que la bestia asomó, cruel y burlona, en mi vida.